Recuerdos de lo verde

Año 2019. De alguna colonia del espacio exterior despega una nave. Emprende un incierto viaje a través del vacío. A bordo, seis tripulantes. No son humanos. Sus manos están manchadas de sangre. Y dentro de ellos un ansia los consume: el deseo de vivir.  Y en su viaje vivirán una Odisea de la que ningún humano podrá disfrutar jamás: verán naves de ataque en llamas más allá de la constelación de Orión, rayos C brillando cerca de la Puerta de Thanhausser; colonias lejanas donde parece que los sueños de la humanidad se han hecho realidad, inmensas batallas donde la barbarie tal vez se haya convertido en poesía; la magnitud del cosmos en todo su esplendor.

La nave divisa la Tierra. A medida que se acerca, descubren un escenario tal vez inesperado. Los Angeles es una podredumbre superpoblada y carente de esperanza: lluvia ácida, nubes de polución, un sol muerto, luces de neón, oscuras fábricas que expulsan furiosas lenguas de fuego. La Odisea se interrumpe abruptamente. Acaban de descender al mismísimo infierno.

¿Para qué viajamos? Para conocer, descubrir: aprender. Y el viaje al infierno es el viaje definitivo; afrontamos el gran reto de la Muerte y lo superamos, regresando al punto de partida más sabios, más fuertes e invencibles. El desafío del inframundo, paradójicamente, lejos de significar nuestro fin es la herramienta de nuestro renacer.

Pero eso era antes. Si en la Antigüedad Clásica el héroe siempre regresaba del Hades como vencedor de la Muerte, en Blade Runner ninguno de los replicantes escapa con vida de Los Angeles. Siempre he visto una terrible ironía en ello: aunque Roy Batty descubra su propia e ignorada humanidad al salvar a Deckard, justo a continuación muere, y no podrá vivir para disfrutarla. Una recompensa inútil.

No hay esperanza en Blade Runner, ni cielos azules hacia donde vuelen las palomas, ni verdes montañas donde dos amantes puedan escapar y ser felices para siempre. No queda lugar para el optimismo en el terrible futuro que la película de Scott nos ofreció hace treinta años: Scott, el director curtido en los anuncios de televisión que se vanagloria, y con razón, de saber al instante qué plano quiere ofrecer, por enrevesado que sea, para conseguir el mayor impacto visual hacia el espectador. Blade Runner es un maldito milagro, una suma de casualidades que dio lugar a una película única: tal vez la gran película metafísica de ciencia ficción en la que su propio carácter “metafísico” no resulta pretencioso. Porque Blade Runner no necesita grandilocuentes y rimbombantes discursos para tratar los grandes temas que el cine comercial nunca se atreve a tocar (ahí radicó su inicial fracaso, pero también su tardío triunfo como cinta de culto):  solo precisa de la fuerza de sus imágenes, los gestos de los personajes y unos pocos y contundentes diálogos para agitar conciencias, despertar emociones: ser única.

Y así, debatiendo un poco sobre mi película favorita, sobre los viajes y descensos, sobre los retos futuros y futuros desconcertantes, abro este blog.

Bienvenidos.

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