Música, maestro

Londres 2012 termina, dejándonos para el recuerdo dos ceremonias donde no faltaron los tópicos de rigor, la fantasía, el esperado toque “british” y, cómo no, la música.

La Ceremonia de Clausura de los XXX Juegos Olímpicos ya ha puesto el broche final a dieciséis días en los que el deporte multinacional se convierte en protagonista. No está de más hablar de lo que suponen estos Juegos: otra gran celebración internacional donde, por unas semanas, celebramos la ilusión de un mundo sin fronteras y en armonía, por medio de abundantes y sobreexplotados símbolos donde celebramos la concordia, la tolerancia y la igualdad que desaparecerán tanto dentro como fuera de la pista, antes, durante y después de los Juegos. Nos gusta, en definitiva, creer que el mundo puede ser un lugar maravilloso, y, por unos pocos días, todos (me incluyo) guardamos motivos para la esperanza y disfrutamos de unos días de respiro donde todo lo malo queda apartado. Pero la realidad es que, mientras unos ponen medallas, otros matan y mueren, y que las viejas y nuevas enemistades siguen vigentes en la pista, enmascaradas bajo la apariencia de la hermandad y el juego limpio, y lo seguirán estando fuera de ella cuando el pebetero se apague entre la música y el artificio.

Pero esa es la esencia de los Juegos, tanto ahora como hace un siglo, o hace tres mil años en la Antigua Grecia. Las rivalidades quedan temporalmente aparcadas, y la violencia es sustituida por el deporte. El “quid” de la cuestión está en la competitividad, en demostrar ser mejores que otros. El deporte es el medio más pacífico para canalizar ese anhelo de superioridad. Y ahí reside, en mi opinión, la “belleza” (llamémoslo así, aunque sea un término sentimentaloide) de los Juegos Olímpicos: el acontecimiento deportivo por excelencia debe traducirse, obviamente, en la competición máxima. Y las rivalidades se solucionan no con sangre, sino con puro esfuerzo y autosuperación. Hay un sentimiento muy fuerte en ver cómo un atleta llega al máximo de sus posibilidades sabiendo que el único enemigo al que se enfrenta, en el fondo, no el rival, sino él mismo. Y solo tiene dos opciones: éxito o fracaso. Aún más encomiable es ver que, en primera (en apariencia) y en última (en sentimiento) instancia lo hace en representación de un país. Se pone en juego el honor individual y el colectivo. Los Juegos Olímpicos son el escaparate definitivo del deporte a ambos niveles.

Durante dieciséis días, el espectáculo está servido: las batallas siguen el mismo objetivo, la victoria, pero el escenario es distinto. Por un tiempo muy corto, nos creamos una paz artificial. A mí, me vale.

Danny Boyle ha entendido muy bien ese aspecto del escaparate. Individual y colectivo. Su Ceremonia de Inauguración fue lo que se esperaba: una celebración a los logros del país anfitrión (la parte de autobombo) y a los logros multiculturales de los Juegos Olímpicos. Así que eso es lo que tuvimos cuando se dio el pistoletazo de salida: una ceremonia muy “british” aderezada con el consabido discurso del Espíritu Olímpico. Lo que importaba, pues, no era el fondo, sino la forma: la espectacularidad del evento. La primera gran competición: superar a la sede anterior (el nivel de Pekín 2008 fue muy alto); dejar al mundo boquiabierto y, ante todo, no aburrir.

¿Qué le ha dado la cultura británica al mundo durante la segunda mitad del siglo XX? En pocas palabras: música y literatura infantil. Con todo lo que arrastran: movimientos culturales, tribus urbanas, influencias a otras artes, y un largo etc. Boyle, al menos, lo tuvo claro. Patriotismo británico, rememoración de su historia, espectáculo en torno a su cultura popular. Ni más ni menos. La Revolución Industrial compartía hueco con el Ejército Británico, la Reina Isabel II, James Bond, Mr. Bean (tronchante e inteligente número), Harry Potter, Peter Pan y otros iconos británicos ya universales, aderezados con una selección musical insuperable, en una amalgama que podría pecar de excesiva de no contar con un hilo conductor sólido. Lo tuvo. Hasta cierto punto.

No tardaron en sacar la artillería pesada. Un impresionante recital de perfección técnica. Una campiña inglesa que, de pronto, se convierte, a los ojos de los espectadores, en una ciudad industrial. Espectacularidad en vivo y en directo, y en colosales proporciones. Kenneth Branagh recitando a Shakespeare, como solo él sabe hacer, mientras vemos resumida en minutos la Revolución Industrial. Asistimos al fin de la naturaleza y la entrada de la técnica, pero una técnica sucia, acompañada además de poderosos cambios sociales: el sufragismo, el auge de la burguesía, el movimiento obrero, la lucha de clases, el infernal trabajo en las fábricas, los movimientos culturales adolescentes. Todos trabajan juntos, codo con codo, aportando algo; en pocos minutos, mientras la impresionante música y la omnipresente percusión va marcando el ritmo, ya no queda nada del escenario inicial. Se está creando algo más. Se enciende la forja. Son anillos olímpicos, al rojo vivo. Y, de pronto, ascienden. Todos, hombres y mujeres, miran hacia lo alto. Lo han conseguido. Londres habla, a los británicos y al mundo: “Aquí estamos. Los Juegos Olímpicos han llegado a Londres. La Historia es testigo. De no ser por lo que hemos vivido, y que habéis visto resumido aquí, este sueño no habría sido posible. Y lo hemos conseguido juntos. Ahí lo tenéis. Mirad cómo brilla en el cielo, recién salido del fuego. Miradlo bien. Es nuestro, es de todos. Y empieza ahora.”

Danny Boyle no se equivocó cuando exigió a la BBC que no hubiese comentarios durante la retransmisión de la Ceremonia (cosa que ningún otro país cumplió: basta bucear en internet para ver las quejas de muchos respecto a la molesta actuación general de unos comentaristas que interrumpieron continuamente el espectáculo con aportaciones inútiles o, para más inri, erradas; aquí en España, a través de TVE, tampoco nos libramos de una pésima retransmisión): el espectáculo se explica por sí solo. Ahí residió su gran acierto. Y el nivel no decae. Toca acordarse de los niños, pero también llegar al espíritu infantil latente en los adultos (el gran logro de la literatura británica). De paso, un homenaje a los servicios de Sanidad pública. Ingredientes perfectos para un emotivo número donde se dieron cita casi todos: Harry Potter, Peter Pan, 101 Dálmatas, Chitty Chitty Bang Bang, Alicia y Mary Poppins. Servido todo con coreografías y marionetas gigantes. Y aderezado, y aquí me detengo un minuto, con la música de un resucitado Mike Oldfield, que del ostracismo al que había condenado a su carrera en los últimos diez años pasa a estar en primera línea en un macroevento internacional. Un homenaje inigualable a su música, que encaja como un guante mientras vemos cómo un ejército de Mary Poppins vence a Lord Voldemort al ritmo de Tubular Bells. Imagen surrealista que nunca pensé que vería, y mucho menos en unos Juegos Olímpicos.

Luego, lamentablemente, la ceremonia no consigue mantener el ritmo, y cae en convencionalismos efectistas, vacíos; interesantes, sí, pero insustanciales. El tercer segmento solo vale como curiosidad, más si se conoce un mínimo de pop-rock británico; no supera el límite de un “quién es quién” musical. Punks, Bowies, Beatles del Sgto. Pepper y Mercurys desfilan y bailan al son de decenas de canciones agrupadas en un caótico mix que repasa desde la psicodelia de los sesenta hasta la eclosión del rock de los noventa. Pero no hay nada más. La historia de amor de fondo es irrelevante. Desde la comodidad del sofá, el espectador recibe primeros planos de cada bailarín, sitúa a los personajes de esta historia de amor perfectamente, y ante su pantalla de televisión desfilan ventanas de conversaciones por chat que ejemplifican el homenaje a la Red (auténtico motor de este segmento); pero, ¿a qué asiste el espectador del estadio? Imagino que a un barullo de pirotecnia, bailes y música, pero con un hilo conductor poco claro y una escenografía pobre. Algo falla si destinas el grueso narrativo de tu espectáculo a la retransmisión televisada, en detrimento del público en directo.

No faltó tampoco el obligatorio protocolo, que Boyle supo aprovechar para convertirlos en parte del espectáculo. Hubo tópicos y momentos empalagosos, pero siempre respondiendo a su objetivo principal: contar algo. Ahí están los coros de niños cantando cuatro himnos en representación de cada nación británica, o el coro infantil de niños sordos entonando el God Save The Queen; muy bonito y previsible, tocando sin contemplaciones ni sutilezas la fibra sensible, oigan, pero funciona (el Danny Boy y el Jerusalem me ponen los pelos de punta escuche donde los escuche). Y ahí tuvimos también símbolos manidos y previsibles, como esa limitada coreografía que evocaba los latidos del corazón (en recuerdo de las víctimas de atentados terroristas) con lacrimógeno himno de rigor de fondo, o los ciclistas disfrazados de palomas de la paz (por si no nos había quedado claro). O el momento cumbre de la ceremonia: el encendido del pebetero en manos de, saquen sus pañuelos, siete jóvenes atletas que reciben la llama de siete legendarios medallistas británicos y encienden una inmensa “rosa” formada por 205 “pétalos” (uno por cada país competidor) que se alzan formando una única antorcha: todo un himno al espíritu multicultural de los Juegos. “Muchas naciones diferentes, pero durante quince días todas formamos un único sueño.”

Simbolismo lacrimógeno y efectista. Pero me convence. Hay un mensaje de fondo muy fuerte en todo esto. Y, si bien es cierto que la forma era lo principal y que solo fue novedosa y llamativa hasta cierto punto, dicho mensaje puede sostener hasta la escenografía más limitada. “Inspirad a una generación”, es el lema de estos Juegos. Esta fue la fiesta de Gran Bretaña para el mundo. Y todos participan: incluso la Reina, que dedica unos minutos de su tiempo para entrar en la ficción y ser acompañada por James Bond hasta el escenario. El público estalla en aplausos solo con ver en el vídeo el Palacio de Buckingham. De nuevo, comprobamos como otro momento protocolario es acompañado por un divertido gag para los espectadores. ¿Dónde hubiese sido posible este espectáculo donde el protocolo y la irreverencia cómica se dan de la mano? Solo en el Reino Unido.

No puedo decir lo mismo de una Ceremonia de Clausura repetitiva y aburrida. Dos horas y media que más bien parecieron un conglomerado de todo lo que quedó fuera de la inauguración, sin un hilo conductor. “Una sinfonía al pop-rock británico”, la definieron. “Sinfonía” me parece un calificativo pretencioso para lo que no fue sino un larguísimo concierto. Si echamos de menos a Queen, Bowie, The Who, George Michael, Pink Floyd, Oasis, Muse, Annie Lennox, Pet Shop Boys y un largo etcétera de celebridades en la inauguración, aquí los tuvimos. No voy a negar que tuvieron su gracia momentos como ese Wish You Were Here, siempre emocionante (y una sorprendente recreación de la portada del disco), aunque sin la presencia de Pink Floyd; o Freddie Mercury, siempre presente, dando paso a lo poco que queda de Queen y un We Will Rock You que no podía faltar; o el playback de las Spice Girls, el secreto peor guardado de la ceremonia; o Eric Idle recordándonos a los inigualables Monty Python y su Always Look On The Bright Side Of Life (que coreó al unísono todo el estadio), que no podían ser ninguneados en estos Juegos.

Y no hay más. No era momento de un espectáculo preparado o con sentido. La escenografía fue olvidable, y apeló de manera más burda a los sentimientos del público: como siempre en un evento de estas característica, no faltaron ni John Lennon ni su Imagine; con otro coro de niños, faltaría más. Dar cabida a sesenta años de cultura popular es una tarea imposible. No fueron todos los que estuvieron, pero sí estuvieron todos los que fueron, son y serán iconos eternos, junto a fenómenos adolescentes actuales que quién sabe si perdurarán o pasarán sin pena ni gloria (hablo, cómo no, de One Direction y de otros músicos de los que nunca había oído hablar; creo que me he quedado estancado).

Un fénix corona el pebetero que se apaga. Más protocolo, luego las llamas se apagan, y estos Juegos quedan clausurados. Próxima parada, Rio de Janeiro 2016. Tuvieron sus ocho minutos de gloria. Se avecina otra fiesta. Por ahora, aquí quedan estos XXX Juegos Olímpicos para el recuerdo. Los Juegos que casi consiguió Madrid. Que se anunciaron empañados por la tragedia de dos terribles atentados. Que han sido, y pueden decirlo con la frente bien alta, el orgullo de una nación. Y que, a nivel deportivo, nos han dado grandes triunfos, leyendas para la posteridad y récords rotos. A nivel patrio, del pánico inicial (por el que parecía que iban a rodar cabezas) pasamos a un más que decente resultado, a pesar de las decepciones en disciplinas muy nuestras como ciclismo o fútbol. Y no está para nada de más felicitar a nuestras enormes deportistas: les debemos 11 de 17 medallas. Grandes, muy grandes, acallando críticas y ninguneos que, sorprendentemente, aún existen.

Pero aquí hemos venido a hablar del espectáculo, no de  resultados deportivos. Para eso ya habrá otra ocasión.

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