La soledad del Ecce Homo

Ni los terribles incendios, ni los Juegos Olímpicos, ni el trágico desenlace de Ruth y José. Se nos ha colado entre las noticias del verano el cachondeo del año, el suceso que habría pasado desapercibido de no ser porque las vacaciones y el tiempo libre disparan nuestra necesidad de carnaza de cotilleos. Estas vacaciones le ha tocado el turno a un desconocido Ecce Homo del pueblo de Borja.

Borja, localidad de Aragón. A una hora escasa de Zaragoza capital. Con algo más de cinco mil habitantes. Invisible a la opinión pública y a la actualidad, hasta hace unas semanas. El pasado día 7 de agosto, el blog Centro de Estudios Borjanos, que recoge noticias de la localidad y sus alrededores, se hizo eco de una insólita noticia: conocida por todos, así que no voy a repetir demasiado; una desastrosa restauración de un ecce homo de la iglesia local, a manos de una vecina octogenaria, Cecilia Giménez.

Y una vez se enciende la mecha, todo explota. Avalancha de medios, fenómeno viral que traspasa fronteras, y la pobre mujer sobrepasada por tantísima exagerada atención. Bienvenidos al circo.

Los medios nos indujeron a pensar que la mujer había trastocado la pintura original a escondidas, a espaldas tanto de la parroquia como de los herederos del pintor original (la obra data de 1930): un atentado contra el patrimonio artístico en toda regla. El asunto toma un giro drástico de los acontecimientos cuando Cecilia confiesa haber repintado el mural con el consentimiento del cura del pueblo; más aún, los nietos del pintor sabían de esta “restauración”, que no era la primera (al parecer, Cecilia ya había colaborado a arreglar los colores de la túnica), pero ahora se echan las manos a la cabeza.

Varias cuestiones me planteo, a raíz del enorme tirón mediático que ha surgido a partir de todo esto. Pero enorme. Descomunal. Desconsiderado. Un motivo de cachondeo a nivel global: no exagero. Las parodias se han sucedido durante semanas, y el Ecce Homo de Borja se ha convertido en un meme de internet rebautizado, no sin cierta mala leche, como “Ecce Mono”.

Ahora bien. ¿”Terrorista” del patrimonio, Cecilia Giménez? Esa exusa se acabó en seguida, cuando toda la alarma mediática de los primeros días se disolvió cuando todos nos dimos cuenta de que, en primer lugar, la pintura en sí no era importante, y en segundo, que Cecilia no era más que una vecina atrapada en la vorágine de las circunstancias: el a priori peligroso vándalo no era sino una pobre vecina del pueblo. La desgracia artística que nos quisieron mostrar se convirtió, al final, en motivo de cachondeo. Esto, más que al drama, invitaba a una incrédula sonrisa.

¿De veras quieren que me crea que esta pobre mujer ha actuado de espaldas a todo un pueblo, a instancias del cura de la parroquia, cuando la pintura está situada a la vista de todo el mundo? ¿De veras nadie en el pueblo se había fijado en que el Cristo, de repente, se había convertido en un esperpento? ¿Nadie habla, más bien, de uno de los problemas más preocupantes de todo el territorio español, y es el desamparo oficial de numerosos pueblos de España que carecen de apoyos gubernamentales suficientes para financiar necesarios proyectos de restauración? El Centro de Estudios Borjanos ya anunció un mes antes el pésimo estado de conservación de la pintura. Cecilia Giménez fue la única interesada en restaurarlo. No es mi intención exculparla: de buenas intenciones está el mundo lleno, pero el destrozo está hecho. Lo que no pienso hacer es demonizarla. Esto no pasa de ser una anécdota pasajera.

Pero no podemos cerrar los ojos al problema que el Ecce Homo de Borja ha puesto al descubierto. Lo ocurrido, por desgracia, no es un hecho aislado: ante falta de medios, los vecinos se ponen en acción. Nos hemos topado con un nuevo ejemplo de la desprotección del patrimonio español. Ocurre en todas partes del país, con o sin consentimiento oficial. Ha vuelto a quedar claro que uno puede entrar en una iglesia, coger una brocha y ponerse a pintar sin represalias ni impedimento; con suerte, después quedará impune. Cuántas obras de arte de toda España están al alcance de vecinos bienintencionados pero, evidentemente, inexpertos. Cuántos supuestos “restauradores” actúan con impunidad, al amparo de permisos oficiales. Cuántas obras están expuestas a que cualquiera pueda ponerles la mano encima.

Peor aún, claro, si la restauración chapucera está en manos de restauradores titulados, pero mediocres igualmente, que, autolegitimados por su supuesta profesionalidad, perpetran auténticos destrozos. O que Ayuntamientos otorguen permisos a obras que atentan contra el patrimonio histórico (como conocemos en Cáceres y su famoso cubo que ¿nunca fue?), o proyectos de restauración realizados sin el tacto y el conocimiento necesario ni por asomo. Y no hablemos ya de expolios, vandalismo, obras desprotegidas en manos privadas, etc. Casos hay para dar y tomar.

La noticia llega al colmo de la estupidez cuando aparecen los mismos pseudo-vanguardistas que no tienen ni idea de lo que significa el auténtico vanguardismo. Aquellos que ahora no dudan en calificar la obra de Cecilia como un “icono pop” que se ha convertido en “reflejo de la convulsa situación actual”. Aquellos que espero que solo se hayan subido al carro del cachondeo que rodea a esta polémica; lo peor está en esos oportunistas de siempre que, encima, se lo creen: sinceramente, dudo que la intención de Cecilia fuese convertir su obra en un acto de protesta, o convertirse en la nueva Andy Warhol. Esto ha sido solo un accidente, algo que se le ha ido de las manos a una sencilla anciana aficionada a la pintura y que, por gracia y desgracia de Internet y su poder viral, ha acabado poniendo a un desconocido pueblo y a una más desconocida vecina en el punto de mira dentro y fuera de nuestras fronteras. Quererle ver la trascendencia me parece algo ridículo.

De repente, todos nos hemos sensibilizado con la conservación del patrimonio. Nunca falla. Y todo, a fin de cuentas, por una obra de escaso valor artístico; su única importancia es emotiva, no es más que una pintura realizada por un vecino del pueblo. El icono en sí no es más que una repetición de un motivo ya clásico (me remito de nuevo al enlace anterior al Centro de Estudios Borjanos, donde ofrecen otros Ecce Homo similares). Y, sin embargo, aquí estamos, tomándonoslo bien como una afrenta personal, bien como un chiste recurrente. Ahora, porque está de moda, estaremos atentos al complejo proceso de restauración. Nos reiremos un rato. Tal vez, discutamos sobre cómo demonios es posible que las obras de artes estén al alcance de cualquier hijo del vecino. Pero no se irá más allá; dentro de nada olvidaremos al Ecce Homo de Borja, que quedará de nuevo en su soledad de la que nunca debió haber salido. Y, mientras tanto, el enorme problema quedará, también, en la absoluta indiferencia. Día a día habrá más y más dudosas restauraciones, en manos de gente corriente o de restauradores inútiles, con o sin consentimiento, causando tanto o más daño que el vandalismo que también es el pan nuestro de cada día. Algo muchísimo más grave, por cierto, que un desconocido Ecce Homo destrozado.

Pero, claro, eso no se convierte en “trengind topic” en Twitter, ni origina memes en Internet. Eso no es cómico.

Foto vía El Mundo
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