Las sandalias del pescador

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Foto vía RTVE

Ser agnóstico o ateo son opciones espirituales perfectamente respetables, faltaría más. Al igual, cómo no, que ser creyente. En un estado democrático cualquiera tiene el derecho incuestionable a profesar las creencias que considere oportunas siempre y cuando medie el respeto necesario entre las partes opuestas.

Como también es respetable mostrar conformidad o disconformidad con los diferentes credos del mundo. Porque al igual que condenamos el salvaje integrismo islámico y su arcaica yihad, también tienen mucho de qué avergonzarse varios prelados eclesiásticos emparejados con regímenes sangrientos, o credos asiáticos defensores de obsoletos y esclavistas regímenes mundiales.

Mencionar aquí el tema religioso no es algo casual, como os habréis imaginado. Ayer mismo fue elegido el 266º papa de la Iglesia Católica: el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, el primero en ocupar la vacante vaticana con el nombre de Francisco. Un papa mayor de lo esperado, que se enfrenta en solitario a la corrupción y los escándalos de la curia romana. Aunque eso daría para un post aparte.

Antes presentaba solo ejemplos: la Iglesia católica, como todos sabemos, no ha sido ejemplar en muchos, muchos momentos de la Historia. Aunque, si se me permite la digresión, también es cierto que el populismo tiende a la demagogia, y que la crítica indocumentada es, por desgracia, demasiado abundante. Sobre todo ahora, cuando un único tuit falso o publicación en el muro se convierte en verdad absoluta mientras que su correspondiente refutación argumentada pasa desapercibida.

Evidentemente, uno está en su pleno derecho a no interesarle el montaje del Cónclave; a profesar disconformidad frente a un rito arcaico; a señalar la falta de democracia del sistema de elección; a aprovechar la ocasión para criticar la pompa y fausto; a, en resumen, presentar la queja oportuna. Y no quito que muchos no tengan razón. Pero no me paso hoy por aquí para poner a parir o defender este credo.

La película de 1968 Las sandalias del pescador es una de mis debilidades. Película tal vez demasiado larga y densa, pero tremendamente potente: profética en muchos aspectos (por casualidad), es más conocida por su impactante (e idealista, y, por tanto, irrealizable) final, en el que el papa Cirilo, proveniente de la URSS, se despoja de su tiara papal y anuncia su deseo de hipotecar las riquezas de la Iglesia para alimentar a los pobres y así solventar una crisis que por poco aboca al mundo a una Tercera Guerra Mundial.

Pero yo me quedo con una escena en concreto: aquella en la que el presidente de la URSS, Piotr Ilyich Kamenev (impecablemente interpretado por un contenido Laurence Olivier), expone a los miembros de su gobierno los principales problemas a los que se enfrenta su país. Y le proyecta el anuncio del nuevo papa Cirilo: aquel que había sido prisionero político en uno de sus gulags (transcribo ahora la escena siguiendo la versión doblada al español).

–Esto tiene gracia…

Casi todos los presentes rompen a reír. Solo uno permanece impasible: Piotr.

–¿De qué se ríen?
–De que ese hombre fue prisionero político nuestro durante veinte años.
–¿Y qué? Hoy ha sido elegido jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Es jefe espiritual de 800 millones de personas y puede hablar a cualquier
jefe de Estado de Occidente con voz más poderosa que la de todos ellos.
El voto católico pesa mucho en las urnas: tened esto en cuenta, camaradas.
Pensad lo que supondría que dijera la palabra justa en el momento oportuno.

Y ahí está el asunto. Porque la elección del papa podrá darte igual, y no te lo discuto. Pero no te puede dejar indiferente. El papa es, para bien o para mal, un jefe de uno de los Estados con mayor presencia diplomática en todo el mundo, y ostenta un poder mayor al de cualquier otro de todo el mundo: es el líder espiritual de millones de creyentes. Su palabra en cuestiones morales es dogma. Y la moral no entiende de razas, fronteras, edades o sexos.

Habría que pensarse dos veces el decir que para qué debería importarnos la elección de un nuevo papa. Pues debería, y mucho. Nos guste o no, dependiendo de quién ocupe el trono del Vaticano el mundo gira en una dirección o en otra. De manera indirecta, el que haya un nuevo papa nos afecta a mi, y a ti, y a ti también: a todos. Es Historia pura que se escribe día a día.

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Foto vía El País

Luego ahí estaremos nosotros para criticarla, y yo el primero. No está la situación como para ser magnánimos con nada ni nadie. Pero ahora nos toca vivirla; no aislarnos en una burbuja empujados por nuestro espíritu disidente.

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