Ridículas

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Vía Wikipedia.org

“Todas las cartas de amor son ridículas, pero no serían cartas de amor si no fuesen ridículas”, me recordó.

Conocí esta cita de Pessoa cuando tenía doce años. A esa edad el amor es algo distante: una promesa incierta certificada por Hollywood, iglesias y el libro de Literatura. Todos sabíamos que en el futuro tal vez próximo, tal vez lejano, nos enamoraríamos de alguien: pero entonces solo era un vergonzoso juego para jóvenes, como definía Pessoa, “ridículos”. No para niños.

Porque, vistas desde fuera, todas las cartas de amor son ridículas. ¡Faltaría más! Todos esos “eres lo mejor de mi vida”, “mi cielo”, “sin ti no podría vivir”, “me has marcado”. Retocados con mejor o peor gusto, dignos así de la pura poesía o de cutre-montajes de Instagram. Da igual. Todos motivo de risa.

Hasta que un buen día, sin avisar -nunca lo hacen-, llegan las palabras azucaradas del primer amor (o primeros amores). Son una promesa, un sello que certifica ante notario algo que vivirá para siempre. Y el vergonzoso juego ya no es un juego; aunque sí vergonzoso.

Con doce años el amor es una apariencia de asco pero un fondo de curiosidad. Cuando llega la primera vez, carantoñas en apariencia y fondo de anhelos -inconscientes-. El ridículo nunca falta: como si fuese una necesaria cláusula en el contrato, como si solo se justificase si hay mariposas en el estómago. La vergüenza no se va: solo se consiente.

¿Pero para qué? El primer amor es joven. Nace en una edad que no comprende que “siempre” significa mucho, mucho tiempo.

Me contó que nunca ha vuelto a escribir cartas de amor: una vez lo hizo, mientras duró una promesa extensa que aspiraba a la eternidad, llena de palabras empalagosas y “tequieros” sin fin. El final fue doloroso (¿cuándo no lo es?). Y todas las hojas que había escrito y nunca entregó de pronto dejaron de tener valor. Entonces, ya no fueron románticas: se habían convertido en ridículas. No ha escrito más “palabras bonitas”. En este juego de la Oca, cuando toque volver a la salida la desconfianza hará el resto.

“Pero, al final, solo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor son ridículas”. Tal vez ahí este la esencia del querer: tener a alguien con quien no exista la vergüenza de mostrarte ridículo. En palabra, obra u omisión. Y se escribe en cartas que intentan aparentar ser de amor. Pero no lo son.

Ahora bien, ¿amar? Tal vez el amor sea más profundo que un simple folio de papel. Tal vez no caiga en la consciencia de que lo que leemos es basura sentimentaloide que aun así, con una sonrisa en los labios dibujada por un sentimiento impulsivo, aceptamos solo porque es condición del contrato. Tal vez no acepte la estupidez porque no le hace falta. El amor no precisa de cartas ridículas. No está pensado para niños de doce años que juegan, mas tampoco para adolescentes que aceptan como imprescindible la estupidez. Tal vez los “tequieros” de las cartas de amor no necesiten ser ridículos.

A lo mejor, amar significa leer un “tequiero” y aceptarlo ya no por vergonzosa condescendencia. Uno que no nos parezca ridículo porque, sencillamente, ya no lo es.

Pero qué sabrá. Solo que, a día de hoy, los que sí son ridículos son sus recuerdos de sus antiguas cartas. Aunque, por suerte, existieron.

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