Motivos para creer

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Soy fan declarado de la etapa ochentera de Depeche Mode que conste de entrada: aquella que nace con un Black Celebration (1986) en el que ese grupillo de adolescentes dejaba su sonido desenfadado para experimentar en atractivos territorios más oscuros en los que se asentó finalmente con el colosal Music for the Masses (1987); que alcanzó la ansiada madurez con Violator (1990), en el que se dejaban de pretenciosidades épicas y apostaban por un acabado más sencillo, limpio y, a la postre, efectivo; y que finalizó con Songs of Faith and Devotion (1993), ruptura total con la trayectoria anterior, una música sucia y genial que reflejaba los terribles vaivenes del grupo.

A partir de ahí, sobredosis, rupturas, resurrecciones; origen de nueva etapa en la que nada volvió a ser lo mismo.

No vale la pena engañarse. Ese Depeche Mode no volverá. No solo porque los 80 pasaron de moda hace mucho (y esta especie de resurrección a la que asistimos ahora no es sino una impuesta nostalgia generalmente fallida); también porque treinta y dos años de trayectoria son muchos. Urge evolucionar y no resignarse así al papel de vieja gloria aferrada desesperadamente a pasados mejores. Sobrevivir: la tónica general del trío (desde hace casi veinte años) de Basildon.

Su actitud canallesca y desafiante es solo fachada que apenas oculta que ya han llegado a los temibles cincuenta. La certeza del paso del tiempo parece haber guiado el devenir de Depeche Mode en su última etapa: esa suerte de trilogía formada por el atractivo Playing the Angel (2005), el aburrido Sounds of the Universe (2009) y el Delta Machine que ahora nos ocupa (2013). Trilogía con la que han intentado no quedarse atrás explorando nuevas vías para, si bien no copar las listas de éxitos, sí probar al mundo que no se quedan anclados: que siguen siendo un grupo fresco e innovador.

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Tal vez el que se quedó anclado en el pasado fui yo, que terminé la primera escucha de Delta Machine con una sensación indiferente, ni frío ni calor. Las sucesivas visitas han diluido, por suerte, esa opinión. Y detrás de esa horrible portada nos encontramos, si bien no con un gran trabajo, sí con uno satisfactorio.

El espíritu Depeche Mode sigue ahí, enmascarado, eso sí, por la errática e imperfecta producción de Ben Hillier -que desde Playing the Angel ha supuesto un lastre- y por un Martin Gore también indeciso. El maestro de la función es Dave Gahan en el mejor momento de su vida: sereno, pero aún potente; consciente de su magnetismo, pero no dejándose devorar por él; con su voz en plenitud, y sus aportaciones en la composición más atrevidas y eficaces que nunca antes.

Y así empezamos por el poderoso arranque de “Welcome to my World”, una suerte de “In Chains” (del Sounds of the Universe) mejorado que nos remite en el título al “World in my Eyes” que abría Violator. Después, de la rudeza rabiosa de “Angel” (que suena mucho mejor, menos artificial, en directo) pasamos a la sencilla y emotiva balada de “Heaven”, perfectamente producida y derivada al blues. Unos sonidos que recuerdan a Daft Punk en Tron Legacy abren “Secret to the End”, canción fuerte apoyada en repetitivos y potentes coros. Hasta ahora, me acompaña la sensación de que el grupo ha adoptado con acierto nuevas tendencias electrónicas.

Tal vez, a partir de aquí, empiecen los problemas. Porque la experimental “My Little Universe” casi consigue perpetuar esa evolución, pero la fría y orgánica producción deja un regusto a canción a medio terminar. “Slow”, irónicamente, es lenta, monótona y aburrida. “Broken” presenta una atractiva melodía tremendamente ochentera masacrada vilmente, de nuevo, por una producción que va a su aire. “The Child Inside” es casi insoportable; una melosa balada cúmulo de todos los defectos de Martin Gore. “Soft Touch/Raw Nerve” podría haber sido mucho más (Gahan está inmenso), pero esa machacona percusión sintética y ese final abrupto arruinan mi interés.

Por suerte, esta monotonía se va abandonando en una serie de temas más inspirados. “Should Be Higher” merece ser reivindicada como una de las canciones más arriesgadas de Depeche Mode de los últimos años -y que en directo es infinitamente mejor; y solo porque un simple “reverb” en la voz da vida a la, ¡sí!, fría producción de Hillier (y enmascara, dicho sea de paso, las dificultades de Gahan en el falsete)-. “Alone” cumple sin grandes estridencias: más trabajada, más sugerente en lo instrumental. “Soothe my Soul” engancha al buscar descaradamente la comercialidad; un divertimento casi adolescente con el pertinente encanto ‘serio’. “Goodbye”, sin sutileza alguna, señala el final, como no podía ser otra manera, grandilocuente y pomposo.

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Analizado en frío, Delta Machine sigue arrastrando los problemas de la última etapa de Depeche Mode: en ocasiones brillante, en otras -las más- inacabado. Como si le faltase algo. Deambula entre la frialdad y la sobriedad. Necesitada sobriedad, aun así: lógica en un trío superviviente a la caída en desgracia de la electrónica ochentera. Uno de los pocos. La pregunta es si Depeche Mode, los eternos adolescentes bajo la apariencia elegante de la experiencia, aún puede tener algo que decir a día de hoy. Delta Machine nos da motivos para creer que sí.

Depeche Mode nos ha ofrecido un disco de madurez, calmado y minimalista, que mejora poco a poco. No alcanza el Olimpo, pero consigue algo casi igual de crucial: deja la sensación de que el grupo aún no se ha estancado, que aún tiene algo que decir. Depeche Mode sabe que envejece, pero se niega a desaparecer. Su genialidad aún está ahí. Solo queda esperar a que, en el próximo disco, me dejen boquiabierto desde el primer segundo hasta el último. Ben Hillier ya no estará más al mando de la producción. Cruzo los dedos.

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Los temas bonus no añaden gran cosa: “Long Time Lie” me deja indiferente; “Happens All The Time” tiene una base instrumental atractiva, aunque dañada por una melodía repetitiva y algo cargante. “Always” es otra muestra del descentrado Gore, el que antaño firmaba grandes baladas; y eso que no es mala propuesta, pero no termina de cuajar. “All That’s Mine” es una canción synth-pop de los 80 pasada por el tamiz actual, con todo lo que eso implica -pocas sorpresas, todas efectivas-.

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2 pensamientos en “Motivos para creer

  1. Qué raro que hayas comentado este disco aquí y no en el blog de música y cine, que por cierto lo tienes abandonado.

    El disco me gusta, como me gusta el anterior. Pero es evidente que está muy lejos de los grandes del grupo. Para mí su problema principal es la falta de rumbo y cohesión: parece un recopilatorio, cada tema es de un estilo completamente distinto. Parece que intentan gustar a todos los fans tratando de recordar a todos sus discos. Además, es muy irregular, tiene un par de temazos, dos o tres buenas, dos o tres correctas, y el resto son irrelevantes si no flojas, cuando sus discos buenos son mitad temazos, mitas buenas. De hecho yo le hubiera quitado tres canciones, es muy largo.

    Un saludo.

    • ¡Muy buenas!
      Por eso precisamente lo he publicado aquí: voy a dejar el otro blog, y centrarme en este como una mezcla de todo un poco. Me parece más cómodo que mantener dos blogs de temática muy parecida.
      Aparte de eso, coincidimos. Estos días estoy redescubriendo el SOTU: y, aunque un peldaño por debajo del “Delta”, sigue teniendo muchos puntos en común con él.

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