Deconstrucción del villano

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AVISO: la siguiente entrada destripa aspectos cruciales de la trama de Iron Man 3. Lean bajo su cuenta y riesgo.

Iron Man 3 es una película extraña, muy extraña. Solo por eso tiene muchísimo a su favor en el competitivo mundo del género superheroico, en el que distinguirse es un objetivo harto complicado. Porque la saturación lleva al cansancio, y entre tanto producto (y subproducto) plagado de fuegos artificiales solo las películas arriesgadas consiguen destacar entre el resto y, así, perdurar. Pero el riesgo puede salir caro: el riesgo crea paradigmas tanto de lo bueno como de lo malo. La diferencia se mueve siempre entre extremos, y recordamos tanto los triunfos como los fiascos.

Uno ya está curado de espanto y ha sido testigo de la evolución del género, desde sus titubeos iniciales hasta los primeros atisbos de madurez alcanzados a finales de la década pasada. Y el tiempo, como suele decirse, es quien pone todo en su lugar: el género tiene ya sus clásicos y sus vergüenzas. Iron Man 3, sin embargo, se ha ido por la tangente: se resiste a cualquier clasificación. Así, a grandes rasgos, me parece una película con unas ideas potentísimas, en la que subyace un intenso deseo de ser distinta. Frente a la senda trágica y emocional (Nolan y su Caballero Oscuro) y la aventurera y desenfadada (Whedon y sus Vengadores), de pronto Shane Black nos ha traído una nueva postura. Así, hablando mal y pronto, se la suda todo lo que se supone canónico en el género. Asume la acción, los poderes y los disfraces como requisitos necesarios en una película de este tipo con intenciones comerciales, pero en realidad le importa más hacer cosas nuevas.

Lo que no termina de quedarme claro es si consigue sus objetivos: porque o bien tengo yo razón y es una película entretenida pero fallida que se ha quedado a medio gas, o bien nunca se planteó en ningún momento llegar más allá de donde finalmente ha llegado. Lo que sí está claro es que Iron Man 3 está atada a su propia naturaleza paródica. Prefiero verlo así antes que despedazarla sin piedad. Tengo mis motivos: desde el propio título (Iron Man Three. THREE), pasando por un Robert Downey Jr. completamente ido, Iron Patriot (por Dios, es una armadura pintada con las barras y las estrellas), Gwyneth Paltrow en plan Terminatrix y esa escena post-créditos.

Hasta llegar al Mandarín.

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Por una parte, el gran hallazgo de la película y ante el que me quito el sombrero. Por otro, una bofetada insultante. Creo que Shane Black es el único (y recalco bien: el único) que ha entendido la esencia del villano: comprende que el mal reside, primeramente, en las ideas. Así pues, Iron Man 3 es el primer ejemplo del género en el que el guión es lo suficientemente inteligente como para mirar más allá de la apariencia colorista del villano y extraer lo que de verdad lo configura como tal y no necesita materializarse en un cuerpo: el miedo.

Es una auténtica deconstrucción del villano. Guy Pearce (al que por fin veo en un papel protagonista, y disfruto con cómo se recrea siendo el malo) lo expresa a la perfección: el verdadero enemigo es aquel que nosotros queremos ver, en quien queremos depositar nuestros odios. El enemigo lo creamos nosotros mismos. El enemigo es una idea, y sobre una idea inmaterial se puede sostener un antagonista. A mí me parece un concepto tremendo. Es el triunfo de la imagen, de lo artificial. El Mandarín de Iron Man 3 es un villano por y para los medios de comunicación: otra de las grandes bazas de la película es plantear nuestra sociedad necesitada de unos medios poco o nada fiables para conocer e interpretar la realidad. Lo que se escape a las pantallas de televisión o a los vídeos de internet directamente no existe. Lo que ahora llamarían el villano “posmoderno”. Va más allá de un Joker en El Caballero Oscuro que era el paradigma del mal por el mal: Nolan cogió el caos sin sentido y lo vistió con un terrorista ridículamente maquillado; Black toma el caos y se recrea en ese aspecto ridículo.

Por otro lado, este es su talón de Aquiles. Porque Black toma la arriesgadísima decisión de tomar al villano por excelencia de Iron Man, al Mandarín, y experimenta con él sin tapujo alguno. Se salta todo el potencial del mismo en cincuenta años de cómic para aprovechar su base ideológica: nada de diez anillos místicos, de razas alienígenas, de dragones. Black entiende todo eso como lo que de verdad es: una auténtica farsa.  La película no se toma en serio a sí misma desde el momento en que el gran enemigo del Hombre de Hierro aparece sin existir siquiera. Para Iron Man 3 el villano es, en realidad, el terrorismo: las túnicas, referencias a la cultura china y vídeos son solo un teatro.

Pero la farsa llega demasiado lejos. En su intento de ser paródico, Black se pasa de ridículo. Muy bien por concentrarse en el fondo del villano como arquetipo. Mal por presentarlo bajo la forma de un payaso. No necesito que el Mandarín sea un porretas cagón. Como tampoco necesito que la gran escena de acción de la película, esa que remite directamente a Terminator, parezca una coña gracias a un Downey Jr. en su vis más cómica y vestido con gafas doradas. Aunque, dicho sea de paso, tanto él como Ben Kingsley se lo pasan en grande. No puedo quejarme tampoco de que Black no sepa qué material está manejando: en un tremendo giro irónico, el Mandarín es en realidad un actor británico (con todos sus tics) y el verdadero Mandarín es Guy Pearce desatado, con un tatuaje de dragón en el pecho. Blanco y en botella. Es el mal convertido en una máscara que se adapta a cualquiera; un peligroso e indestructible ideal. Me vale.

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¿Adaptación inteligente, giro fallido, insulto imperdonable? Black se ha buscado un odio visceral experimentando con un villano icónico como es el Mandarín. Otra cosa es que nos convenza este experimento. Y a mí me ha parecido inteligente, arriesgado y muy potente. Hasta que se pasa de rosca. Entonces se revela el gran reto de la película: o entras en su juego, o estás fuera. O aceptas su relativización del universo de cómic, o te posicionas en el cada vez más amplio grupo de críticos de una película con unas ideas bestiales, pero fallida. Falla en cómo rematarlas, falla en una acción rutinaria, falla en su desesperado intento por ser “bizarra” (en su sentido incorrecto) incluso en aquellos elementos de la trama que no lo necesitan.

Pero eso es otra historia. Esto no es una crítica. Aquí hemos venido a hablar de villanos. De la naturaleza del antagonista. Del mal: sin artificios, pero más artificial que nunca, valga la redundancia. Pese a sus (muchas) carencias, creo que compensa mirar con otros ojos al Mandarín, que se erige como, tal vez, uno de los acercamientos más originales a la paranoica idea del mal según Occidente post-11S reflejado a través de un medio de la cultura de masas. Más concretamente, el cómic. Y el cómic, como todo producto cultural, se presta muy bien a ser parodiado. Iron Man 3 es una broma, una tremenda broma. Solo por eso será recordada. Para bien o para mal.

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(Siempre me he resistido a esa etiqueta de los “posmoderno”, por cierto. Me parece que engloba caprichosamente a una serie de rasgos de estilo y pensamiento demasiado amplios y completamente inclasificables; rasgos que, dicho sea de paso, ofrecen pocas novedades respecto a lo que se ha hecho siempre en esto del Arte. Pero, oigan, es que queda muy bien. Imprime carácter. Casi parece que estoy hablando de algo serio y no de una película de superhéroes. Así que movámonos en ese término, si les parece.)
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