De dioses, héroes y hombres

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Superman.

Eres el hijo modelo, el quarterback de éxito, el ídolo de las adolescentes. Allá, en Smallville. El rey del cotarro en un pueblucho pequeño y alejado de la mano de Dios en la Kansas profunda. Y, encima, tienes poderes: más rápido que una bala, más potente que una locomotora, y etc, etc, etc. Incluso vuelas. VUELAS.

Para más inri, tu salida del pueblo de papá y mamá no fue nada traumática. Solo necesitaste ponerte unas mallas ajustadas azul celeste para conquistar primero Metrópolis, y luego el mundo. Con tu sonrisa de niño bueno, tu sempiterno rizo sobre la frente, y el águila americana sobre tu brazo que te convertía al instante en el gran héroe americano. El arquetipo por excelencia. El héroe definitivo. Puro bien, pura nobleza, puro patriotismo, puro heroísmo.

Dios. Es imposible no odiarte.

Cuando decenas de miles de niños alrededor de todo el mundo sueñan con ser Superman no es por casualidad. Les atrae su capacidad de lograr lo imposible y su inmaculada perfección; tanto, que pasan por alto la vergüenza de tener que presentarse delante de todo el mundo con unos calzoncillos rojos. Total: vuelo, levanto planetas con mis manos desnudas, quemo cosas solo con mirarlas y tengo visión de rayos X. ¿Qué más me da?

Y, sin embargo, no puedo burlarme en serio del Hombre de Acero. Soy consciente de todas las ridiculeces que le han acompañado durante años (la piedra de marras, el perro, el niño, la prima, la periodista idiota), y que hasta ahora muchos han podido pasar por alto llevando su suspensión de la incredulidad a niveles estratosféricos. Yo me río de Superman. Pero, al mismo tiempo, es un personaje que admiro muchísimo. Porque parte de una versión pura y sin edulcorar (para bien y para mal) de un concepto extremadamente fuerte: él es el Héroe.

La épica no ha muerto: simplemente ha evolucionado. Hoy en día no funcionan los arquetipos épicos de antes: esos cúmulos de virtudes y sentimientos que realizaban increíbles gestas, esos dechados de perfección. Ahora queremos verles sufrir: que el heroísmo cueste, y sean imperfectos, soporten dilemas; que el bien sea relativo.

¿Cómo modernizas a Superman, sabiendo esto? Siempre he sostenido que Superman es el superhéroe más menospreciado de la historia, aunque sea un icono reconocible en cualquier parte. El hombre de acero es una película hija de nuestro tiempo, en el que todo puede ser cuestionado. Incluso los grandes iconos populares. Así, el héroe luminoso por excelencia ya no brilla: ahora está atormentado, es un marginado social y no encuentra su lugar en el mundo. Y a mí esta nueva concepción me vale. Porque estoy ya hasta las narices de héroes que viven en sus mundos de colores y no comprenden que la realidad en la que se mueven no va a recibirles con los brazos abiertos. Las mallas, las sonrisas y los calzoncillos de licra ya no tiene cabida.

Es víctima de su propia perfección. El hombre de acero intenta, por fin, reinterpretar el mito, para librarle de aspectos en los que, en lo audiovisual, llevaba ya anclado desde los años 70. Me parece lógico y enriquecedor. Superman no es sino un dios entre insectos. A la fuerza tiene que sentirse solo.

Pero ahí está la clave: es un dios. ¿Y cómo haces creíble que un muchacho que parece enviado del cielo tenga tanto miedo?

Este Superman ha sido educado en la indiferencia, en soportar en silencio: Jonathan Kent personifica así este sentimiento represivo, originado por el temor a la reacción de un mundo hostil (ultraconservador, además) ante las extrañas proezas de un hijo al que, lógicamente, quiere más que a nadie. Pero me imagino en algún momento este joven Clark Kent tendría que sufrir las necesarias tentaciones: el ansia de éxito, poder, incluso venganza. ¿Por qué seguir recluido, cuando es más fuerte que cualquiera de nosotros? Y, sin embargo, ha decidido salvar a la Humanidad. Porque, por algún motivo, esa es la razón de su existencia. Superman ya no tiene voz propia: es solo marioneta de los deseos pacifistas de sus padres kryptonianos que le concibieron naturalmente, contrariamente a las leyes de un Krypton tecnificado y deshumanizado, para que tuviese “derecho a elegir” qué hacer con su vida, pero siempre dentro de su misión irrenunciable. Este titán de ojos azules quiere convertirse en el guía de la sociedad que le desprecia en lugar de albergar contra ella sentimientos de rencor.

Pero no vayan a pensar que este es uno de los grandes hallazgos de la película. No se trata de que Superman sea ahora un adalid de misericordia desinteresada, de perdón sin condiciones. Es solo un fallo de un guión que plantea una nueva y enorme visión del personaje que, por desgracia, se queda a medio gas: porque en lugar de construir a un personaje fuerte y con unas convicciones claras prefieren dejarle en una duda eterna, autosostenible y lastimera.

Aun así, y aunque lo exhiba de manera nada sutil, El hombre de acero es consciente de que no puede construir el nuevo mito de Superman si no es sobre los conceptos de hombre, héroe y dios. Plantea así un mundo en el que los seres humanos somos insignificantes en un planeta que se convierte en campo de recreo de dioses que caminan entre nosotros; en el que no somos sino víctimas colaterales de sus colosales batallas (“colosales” es quedarse corto ante el maremágnum de destrucción que propone Snyder, completamente coherente con la naturaleza del personaje). En ese sentido, la Humanidad debería agradecer que uno de esos ellos esté de su lado. Pues no podemos interpretar Superman fuera de sus connotaciones religiosas: es el Moisés intergaláctico, el Jesús de la cultura pop. Observa a la Humanidad desde el cielo, su fuerza mueve montañas y su mirada lanza fuego. Su moral es inquebrantable. Es completamente bueno. Imposible no pensar en él como un dios modélico.

Lleva demasiados años siendo víctima del patriotismo estadounidense exacerbado, de su odiosa perfección que nos impide identificarnos con él (nosotros, que ya no confiamos ni en nuestros héroes). Cuando, en el fondo, no es sino el ideal positivo extremo. Superman podría ser, por fin, lo que está llamado a ser: el depositario colectivo de los anhelos y esperanzas de la Humanidad, convertidos en producto de consumo audiovisual. La gran gesta épica del género de superhéroes.

Volviendo al concepto, creo que es algo que ha pululado por encima de los responsables de El hombre de acero durante todo el proceso de producción. Lo encontraron, lo asimilaron. Pero que, por unas razones o por otras, no han llegado a plasmarlo como merece ser en pantalla, salvo en muchos momentos aislados de inusitada fuerza que salvan a la película de la quema pero no me quitan el desagradable regusto de que la última incursión del Gran Héroe en el cine, tras una Superman Returns más que descafeinada, podría haber sido mucho más. Podría haber sido colosal: el gran drama humano (y sobrehumano), el viaje del héroe, junto con la espectacularidad desatada de rigor. Y, así, hubiesen conseguido emular (más que imitar) la épica, en su sentido estricto.

Nada: habrá que esperar otra ocasión.

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3 pensamientos en “De dioses, héroes y hombres

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