En el cruce del molinero

Millers

AVISO: Revelo detalles cruciales del desenlace de la película.

Llevo demasiados meses intentando dar forma a una entrada que hiciese justicia a Miller’s Crossing (conocida en España como Muerte entre las flores). Sigo sin encontrar las palabras exactas: busco no pecar por exceso ni por defecto, e intento transmitir aquellos detalles por los que la incluyo en mi particular e innecesaria (por frívola, superficial y autosuficiente) lista de “Películas imprescindibles”.

(Porque así creo que funciona esto de los gustos personales en el mundillo del cine: en los pequeños elementos que, por alguna razón, calan en nosotros y quedan grabados. A los que siempre recurrimos para justificar la supuesta grandeza de la cinta madre.)

Y de eso está plagado este colosal drama humano disfrazado de cine negro. Surrealista en su justa medida, más por cómo narra que por lo que narra. Pausada y profunda en su realización. Compleja en sus diálogos y estructura. Repentina, intensa y brutal en su representación de la violencia. Pintada de grises, anulando los blancos y negros absolutos. Descarnada en su retrato de unos personajes imperfectos.

Y entre alcaldes votados hasta cinco veces por la misma mano, jefes de policía que rechazan la violencia pero se codean con el capo de turno, padres que abofetean a sus hijos, corredores de apuestas deshonestos, boxeadores que amañan combates para ganar unos míseros dólares extra, asesinos despiadados que ocultan su homosexualidad, golfas de medio pelo cobijadas convenientemente a la sombra del poderoso, borrachos sin moral que sobreviven aun a costa de otros…  Entre toda esta marea de desgraciados pululan valores puros. Hay ética, corazón, confianza. Y lealtad.

Ahí encuentro a Tom. Con él tal vez muere el arquetipo clásico del antihéroe. Porque a partir de Miller’s Crossing, la última gran película del género (me estoy columpiando, seguro), el borracho de gesto serio, gatillo seguro, corazón enamoradizo y figura alta y solitaria ya no tiene nada más que decir.

Él es el debate fundamental entre amor y deber en el que deambula el argumento. Más que el típico jugador compulsivo de moral ambigua y lengua afilada, que nunca duerme, bebe a todas horas, cae presa del fatídico hechizo femenino. Porque tiene a Leo. Si Tom es el cerebro, Leo es la fuerza bruta. Los dos polos de una unión antagónica que por eso mismo parece irrompible. Hasta que aparece Verna, la golfa e irremediablemente atractiva Verna. Es el corazón, el maldito corazón: el motor humano y pasional, enemigo del deber. Todos caen presa de él. Y pagan, o pagarán, las consecuencias.

Tom, aceptémoslo, es un canalla: un desvergonzado no demasiado listo, que sobrevive en más de una ocasión gracias a la suerte, o a pequeñas piezas que ha colocado en el tablero anteriormente, con más riesgo que razón. Pero es el único decente porque, a mi juicio, es el único (perdonen la redundancia) que manda a paseo a la ética. O, tal vez, porque solo él comprende lo que es la ética auténtica en una ciudad corrupta hasta la médula: lealtad por encima de todo.

Y tras la fachada de sombreros, revólveres y copas de whisky encontramos el núcleo de la película. Si Tom acepta correr riesgos es por Leo: para salvarle la vida de sus enemigos, y para que despierte del embrujo de Verna. Se percata de una sutil aunque imperceptible diferencia cuando, por fin, aprieta el gatillo para matar por primera y única vez. “¿Qué corazón?”, pregunta retóricamente. Carece de él: al menos, del falso corazón del amor autodestructivo. Solo cuando renuncia a él, por un simple disparo, consigue librarse de todos sus problemas y, más importante aún, rescatar a Leo. Y ahí redescubre cuál es el auténtico: la amistad más profunda y conmovedora, aquella por la que uno es capaz de dar la vida, salpicada con tintes paterno-filiales y fraternales.

¿Y todo, para qué? Para que al final el gángster que no ha utilizado la cabeza en toda la película acabe atado a la mujerzuela de poca monta.

Y somos conscientes, entonces, del fracaso. Y me hace pedazos, lo confieso, ese terrible último plano, que cierra la historia tal y como debía terminar. La música alcanza cotas de emotividad insuperables. Gabriel Byrne, ese soberbio actor de mirada ausente, observa, con una expresión de infinita tristeza, cómo su amigo más profundo se aleja solo, para no volver. Se coloca el sombrero, tal vez en un último gesto de irreverencia con el que trata de ocultar sus lágrimas. Puede que quiera taparse la vista con el ala para evitar contemplar su fracaso, pero es inútil. Él también se ha quedado solo. Por hacer lo que era debido. Por ser ético.

Todo por culpa del corazón. El maldito corazón. El mismo que le impidió disparar en el momento justo.

Ahí, entonces, me doy cuenta de que no necesito justificar más por qué esta película, tras tantos revisionados, es insispensable para mí; por qué me afecta tanto. Solo necesito terminar con la imagen de ese irlandés abandonado, derrumbado, apoyado en un árbol. Imagen que resume todo lo que significa Miller’s Crossing.

¿De qué nos sirve una lealtad extraordinaria? No hay respuesta. Solo la terrible certeza de que la vida es injusta. Perfecta moraleja, pues, para una magnífica y desgarradora fábula.

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