¿Es toda una experiencia vivir con miedo, verdad?

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Mientras veía American History X mi memoría remitía directamente a mis clases de “Teoría de la literatura”, asignatura que cursé en mi segundo año de carrera, y que dejó en mí como poso un continuo cuestionamiento de los ideales, teorías y pensamientos que conforman nuestra forma de comprender y reaccionar ante el mundo. El “trauma” de un estudiante de literatura que tiene que argumentar desde el primer día qué es la literatura es toda una experiencia que no les recomiendo si prefieren dejar sus neuronas tranquilas antes que derrumbar las definiciones cristalizadas en la tradición. Y no digamos si luego pasamos a redefinir la naturaleza de las minorías y su aplicación contingente, idealizada o no, a la literatura.

Y, sin embargo, tan fascinante asignatura me animaba a preguntarme los porqués a panoramas aceptados a la ligera por convención; y sin dogmatizar me vi enfrentado a cuál era la razón de ser de la literatura feminista, negra, homosexual, nacionalista. Una cuestión básica: ¿la identidad de la minoría existe a priori o a posteriori? ¿Los productos culturales recogen un sentimiento previo y lo convierten en cine, literatura, música; o bien ese sentimiento es una construcción posterior, finalmente un cúmulo de tópicos perpetuado por dichos productos culturales?

Cuando el padre de Derek Vinyard, el atormentado neonazi interpretado contundentemente por un bestial Edward Norton, escupe impunemente delante de su familia su propaganda neoconservadora y racista, propone casi sin darse cuenta este mismo dilema. Solo que él tira por la vía fácil del dogmatismo que no se cuestiona a sí mismo; la vía de los extremos. La literatura de las minorías es basura manipuladora, y punto. Legitimando su opinión (más aún, su Verdad) en su autoridad paterna, masculina y, por qué no, racial, política y religiosa.

Las minorías siempre han intentado conquistar esa misma capacidad autolegitimadora de los poderes establecidos. Existir por sí mismas más que como reacción a escollos despreciativos, como reflejo apéndice de ellos. Pero finalmente solo son el término marcado en la comparación, y sobre esta diferencia, precisamente, construyen su identidad. Ello plantea un problema de aplicación: la sensación de la diferencia, unida a largas experiencias de violenta (de manera física y también emocional) exclusión, puede llevar, más que a la reivindicación con orgullo de una distinta raza, creencia o forma de ser, a una reacción violenta y rencorosa. Reacción que provoca, a su vez, una contrarreacción igual de virulenta en los estadios opresores.

Y esa es la situación retratada por la que es, seguramente, una de las películas más aterradoras que he visto en mucho tiempo.

Tras el demoledor clímax de American History X no dejaba de preguntarme cómo solucionaría el guión el enorme embrollo en el que se había metido: cómo una película que se erige como alegato contra el racismo arregla el concluir con un desenlace aparentemente racista.

La respuesta es simple: no lo hace.

Prefiere culminar con estampas preciosas y complacientes de una playa al atardecer, amenizadas con citas benevolentes. Pero la tragedia ya está servida. Por poco no la banaliza. Ha explotado en nuestra cara y nos ha salpicado (literalmente) con sangre. Lo único que nos deja es un dilema.

Hay una parte de mí que piensa que American History X tira del melodrama efectista (bordea peligrosamente el barato en ocasiones) y que prefiere centrarse en el impacto emocional intrínseco a un relato sobre el racismo antes que profundizar en el tema; es decir, se queda en lugares comunes buscando la denuncia fácil, aprovechando las connotaciones negativas que atribuimos a movimientos como el neonazismo, con las que necesariamente logrará el rechazo de una audiencia a la que tiene que golpear una y otra vez.

Pero otra se da cuenta de que esta película me ha puesto a veces en la piel de un skinhead. Que emplea ejemplarmente la brillante y hueca retórica de los movimientos pro-supremacía blanca en unos diálogos que me convencen de la veracidad de unas tesis despreciables justo antes de que las deteste y me mire con asco. Que enfrenta al público a la verdad pero anula su capacidad de juicio. Que esos continuos golpes en nuestra conciencia a los que me refería, por muy tópicos que puedan ser, ahí están, y su desagradable efecto nos inunda sin cortapisas.

Y que sutilmente me ha dado la respuesta al lío expuesto en el desenlace: que no hay respuesta alguna.

Al fin y al cabo, lo que ofrece American History X no es, como podía pensar en un principio, ese alegato contra el racismo. Lo que tenemos es la materialización en un microcosmos concreto de un “conflicto” (disculpen el banal término) tan antiguo como el mundo: el racial. Nos centramos en California. ¿Quién ha atacado el primero: los negros que apalizaban miserablemente a un blanco en el baño o el skin que chulescamente les desafió? ¿O la culpa es del hermano mayor de ese skin que fue su inspiración? ¿O del padre, o del manipulador supremacista? En un mundo donde ha habido esclavitud, palizas y leyes injustas que han derivado en bandas criminales negras tan despreciables como los anteriores represores, y estas a su vez en otras bandas paramilitares, o en leyes exageradamente permisivas, ¿en qué bando nos situamos?

Y en ese pequeño escenario te han representado sutilmente que no hay culpables ni inocentes, ni razas buenas ni malas. Todos somos animales salvajes dominados por el odio. Racismo, aceptación, igualdad y otros términos semejantes no se aplican en el espectro de un odio universal. Es inútil buscar al primer causante: todos hemos sido, directa o indirectamente, partícipes de este círculo eterno.

American History X puede ser tramposa, todo hay que reconocerlo (la cárcel, sin ir más lejos, es un cúmulo de convenientes lugares comunes). Pero tiene la extraña cualidad de suponer un incómodo y despiadado impacto en la cara. No tanto por el trágico final, sino por lo que supone: la certeza de que no existen ni el bien ni el mal. Un escalofrío me hiela cuando veo con qué facilidad esa panda de bestias impone violentamente su reinado del miedo. Nadie les detiene.

¿Maniquea? A veces. Terrorífica, siempre.

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