Siendo un marginado

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Le gusta escribir. No responde a las preguntas del profesor por miedo a quedar como un pedante resabido delante de sus compañeros. Se lleva bien con su profesor de literatura. Y escucha a The Smiths. Maldita sea. The Smiths.

Todo estará ya inventado, pero el cine, la música, la literatura y, en definitiva, cualquier arte mantienen un increíble poder de sugestión y sorpresa que resiste, incluso, a los planteamientos argumentales menos originales. Porque historias de amor, superación, amistad, redescubrimiento, madurez, etcétera, hemos visto a patadas. Pero si por algo esas “inútiles” manifestaciones artísticas son mi única pasión es por su capacidad de golpearme, remover mi conciencia y sacar al exterior experiencias previas que, por arte de magia, de pronto veo plasmadas en pantalla, sonido o papel.

¿Conocen, pues, esa sensación? ¿Identificarte con todos los personajes de una historia o ver en ellos a personas que marcaron tu vida? Pues ahí tengo yo Las ventajas de ser un marginado. Hacía tiempo que una película no me llegaba tan hondo.

Y ya no es solo que me sienta partícipe, por reminiscencia de mi similar pasado, de la alegría de Charlie cuando encuentra a un grupo en el que puede exteriorizar sus “rarezas”. Es que me doy cuenta de que más allá de la ficción hay un artífice, alguien más que fue un “bicho raro” y ha depositado sus recuerdos en un guión. En definitiva, hay realidad. Y que esos sentimientos, experiencias y sensaciones (demasiado similares a los míos) que yo veo en pantalla son también los que, sin duda, experimentó el autor del libreto: Stephen Chbosky (también director). No creo confundirme: Las ventajas de ser un marginado alcanza unas cotas de intimismo, crudeza y realismo demasiado veraces como para ser inventadas.

No deja de ser cine “teen”, cierto. Pero es y no es, al mismo tiempo, una historia de adolescentes con complejos. Porque intenta siempre ir a más: no se queda en la superficie los tópicos de la soledad y la incomprensión, sino que ahonda en ellos sin titubeos. Maldita sea, claro que esta película es un topicazo. El chaval tímido y escritor. La chica loca y rara. El chico gay en el armario. El grupo de fumetas, budistas, cleptómanos y góticos. ¿Supone un problema? Ninguno. Lo mejor es que este cúmulo de lugares comunes me da igual. ¿Por qué? Porque todo lo que veo es auténtico. Lo sé.

¿Se ha fijado alguien en que cuando a Charlie le preguntan Patrick y Sam cuál es su grupo favorito él responde que The Smiths solo porque es lo último que ha escuchado? Es un detalle muy pequeño, casi irrelevante, pero le describe mejor que cualquier línea de diálogo. El chaval tímido que prefiere responder cualquier cosa antes que quedar mal ante sus nuevos amigos. Antes que sentirse solo, a pesar de que haya dos delante de él dispuestos a escucharle.

Solo.

¿La soledad? Valiente hija de perra. Va más allá de la presencia física. La soledad es miedo atroz. Maldito prejuicio: nada más.

Y allí veía a Charlie, en la escena del baile. Rodeado de decenas de compañeros a los que ve día tras día en clase pero que para él no son más que extraños. Desearía estar con ellos, ¡claro que sí! ¿Quién disfruta de ser un marginado? La soledad es un vicio malsano que acaba creando dependencia. El único punto positivo de la marginalidad es el gusto que crea a la introspección, pero ese gusto acaba siendo contraproducente.

Y todos bailan y se divierten. Visto desde dentro, parece que todos son amigos, que se conocen desde siempre, que han formado grupos desde el primer día. ¿Y cómo intentar entrar en grupos ya cerrados? No quieres ser un estorbo, un añadido acoplado. Eres insignificante.

Valiente ingenuo. Vamos, chaval. No es tan difícil. Solo necesitas dar un paso adelante y mezclarte entre la gente.

Desde fuera, claro está, parece muy fácil. El problema es que desde dentro es una gesta de proporciones casi épicas.

Pero Charlie solo necesita algo que le empuje a entrar en esa masa.

Y ve a Sam y a Patrick. Bailando. Son ridículos. Y les da igual.

Así que hace lo que yo llevaba minutos deseando a rabiar que hiciese.

Da un paso adelante. Entra en el grupo.

Y esos dos amigos, esos dos impagables amigos, se alegran de verle. ¡Se alegran! Y le animan a bailar.

Y en ese momento, entiéndanme, estoy a punto de llorar. Gritar. Dar palmas.

Ese paso adelante. Esos amigos que sirven de punto de inicio para que te aceptes a ti mismo como individuo y como miembro de un grupo. Y esos grupos minoritarios tan necesarios para dar el salto, posteriormente, a la sociedad. Porque no podemos ser engranajes del animal social si no nos queremos antes a nosotros mismos y nos damos cuenta de que, en realidad, no somos bichos raros.

Que siempre hay gente allá fuera que nos comprenderá.

Así que baila, Charlie, maldita sea. Baila.

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