Un beso más, cariño

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La relación entre Deckard y Rachael tiene ecos lejanos de Pigmalión: el escultor que se enamora perdidamente de una estatua, mujer artificial que recoge todas las virtudes físicas en sus miembros de mármol; y pese a la manifiesta imposibilidad de su unión Pigmalión la agasaja y duerme con ella, suplicándole a los dioses que le concedan vida, deseo que estos finalmente le conceden. Lo que el mito no cuenta es cómo se las apañaría él para convivir con una muñeca exclusivamente receptiva, nada activa, a cariños continuos. Sin duda, la bella estatua exigiría aún más atenciones una vez abriese los ojos porque no conoce nada más. Una mujer que, además, ha recibido como caído del cielo el don de la madurez corporal; ¿pero, y la emocional?

Pobre, pobre Pigmalión.

Imagino una vuelta de tuerca a la historia. Ahora es Medusa la que se encapricha del escultor, e intenta cortejarlo. Pero, ay, su propia naturaleza es asesina, y con una sola mirada lo convierte en piedra. Al engendro serpiente le está prohibido amar. Maldita condición. Ahora solo le queda una estatua eterna de su ser amado. Y la eternidad es demasiado tiempo.

Tal vez, pues, sea misericordioso aceptar que Deckard es un ser artificial: así le liberamos de una existencia vacía con Rachael, la egoísta y consentida por naturaleza, porque no ha conocido otra cosa que la fría servidumbre hacia Tyrell; tal vez la repentina libertad la convierta en un ser frívolo y despreciable. Por eso prefiero pensar que Deckard está hecho de un material tan falso como ella; que ambos son máquinas en proceso de descubrimiento de sus sentimientos; que ambos son inexpertos en la experiencia de vivir. No puedo soportar la idea de que un humano cálido, de carne y hueso, se encapriche ciegamente de un frío androide. Incluso si ese humano es el despiadado, aburrido e insensible funcionario asesino: el blade runner.

Aunque nunca he visto amor en Blade Runner: solo pasión descontrolada, un hombre posesivo y agresivo, besos que parecen más bien lametazos de un perro baboso, y manos de pulpo palpando irrespetuosamente las piernas de ella; y, en ella, sumisión irremediable, lastimosa indefensión, la primitiva reacción de una mujer a la que ya no le queda nada, ni siquiera la seguridad de sus falsos recuerdos, y recurre al único hombre que tiene al alcance. Aunque ese hombre sea un cerdo.

Pero, claro está, esas preciosas notas de un oportuno saxofón de Dick Morrisey, junto con los exquisitos detalles visuales plasmados por Scott (la luz que entra por las rendijas) son el mejor disfraz. Confieren a la brutal escena de una violación un carácter demasiado sugerente y atractivo. Solo entonces, cuando las piezas encajan, podemos disfrutar de estos “momentos Blade Runner” que se quedan grabados en la retina.

Es conocer a Rachael lo que despierta la adormilada humanidad de Deckard. Pero es esa inocente compasión inicial que siente el cazador por la inofensiva presa, con quien han experimentado hasta el punto de implantarle recuerdos falsos, la que se transforma finalmente en deseo primitivo. A Rachael, que tras la dramática revelación de la gran mentira de la vida derrumba su apariencia de mujer fatal y está asustada e indefensa, no le queda más que dejarse llevar.

Hoy, por tanto, preferiría que fuese Rachael la que despreciase a Deckard. ¿Para qué le necesita: para humillarse aún más? Parece como si el sentimiento de inferioridad fuese el precio que hay que pagar a cambio de besos. Pero estos son solo un flojo consuelo; Rachael no tiene por qué seguir pagando solo porque crea que no tiene a nadie más (o que no puede aspirar a ello); y el ese sentimiento es una peligrosa y adictiva droga. Ojalá se librase de él.

Pero no pueden. Su historia es la de un eterno círculo vicioso: ninguno será feliz con el otro. Aunque aún pueden engañarse: es un panorama perfecto para que crean que se han reunido por actuación de la divina providencia. Pero en Los Ángeles del año 2019 ya no hay Dios. Olvidemos creer, también, que precisen de encontrar a alguien con quien desatar todo su cariño acumulado: ¿cómo van a saber dos androides qué es el amor, si carecen de sentimientos?

¿Qué une, en realidad, a Rachael y a Deckard?

La necesidad de sobrevivir. Lo veo como un terrible drama: a ellos no les queda más remedio que continuar juntos. Son proscritos que sienten lástima mutua. ¿Confías en mí?, le pregunta el blade runner a la muñeca que reposa sobre su cama, en apariencia muerta. Y ella responde afirmativamente. Agarra su mano y se lanza a lo desconocido. Pero no les mueve ningún impulso de excitante incertidumbre: solo puro miedo. Allá abajo les espera una muerte segura: siempre me he imaginado que nada más pisar la calle habrá algún otro blade runner esperando para “retirarles”; y, aunque no fuese así, su límite de vida es de cuatro años. En fin: nadie escapa a la certeza de la muerte.

Eso fue lo que comprendió Roy, y por ello decidió emplear sus últimos instantes en honrar a la vida y salvarle la vida a su enemigo. A Deckard y a Rachael, por el contrario, les toca huir pensando que están enamorados, cuando desconocen lo que es el amor (y solo han actuado por impulso mal calculado); confiar el uno en el otro, cuando no se conocen; y creer que han elegido ser libres, cuando ni podrán evitar su funesto desenlace ni poseen capacidad de elección. Han acabado juntos y dependen el uno del otro para sobrevivir. Y no hay que buscar razones metafísicas: todo ha sido por banal casualidad.

Por suerte, nosotros, simples y débiles humanos, sí podemos elegir.

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