“Por el mero placer de fabular” (I): aprovecha la rosa

“[…] la rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda fragancia.”

ECO, Umberto. Apostillas a “El nombre de la rosa”. Barcelona, Lumen, 1984, pág. 12.

Recuerdo que la primera vez que lo leí tenía dieciséis años. Lectura superficial, al fin y al cabo. Y tampoco es que ahora, con veintiuno, haya avanzado demasiado en mi segunda tentativa: ni siquiera he conseguido rascar la superficie. No esperaba conseguirlo, después de todo. El nombre de la rosa es un reto para todo lector, que te tienta irresistiblemente al mismo tiempo que le abofetea en el rostro. Como un laberinto que encierra un poderoso secreto, escondido tras una maraña de callejuelas y trampas que, aun así, no merman tus deseos de adentrarte en su peligro sin la guía de Ariadna. No todos son capaces de alcanzar el centro. Y no por ello los que salen indemnes de tan pesada lectura son mejores que aquellos otros que se rinden: simplemente, han conseguido entrar en el juego de Eco; un juego en el que no todos tienen cabida, pero que no crea ninguna élite. ¿Y de qué sirve alcanzar el premio del laberinto? Lo verdaderamente necesario es salir triunfante de él.

Ahí reside el desafío de El nombre de la rosa: extraer un valor de entre sus páginas. Releerlo es una experiencia apasionante (y me atrevo a añadir que de obligado cumplimiento para todo filólogo). Supone adentrarse en una obra monumental e infinita, dotada de innumerables capas de lectura y en la que cada uno de nosotros se reflejará no ya en la historia, sino también en el enorme y variado surtido de anotaciones teóricas con las que Eco va salpicando la trama policíaca.

¿Pero qué podemos esperar de un libro que escribe un semiólogo de vocación? ¿De una historia que Eco narra en su madurez por, y cito textualmente, “el mero placer de fabular”? Sus seiscientas páginas son el divertimiento de un hombre cultísimo, que se recrea reinventando la Historia hasta hacerla verosímil (engarzando coherentemente su ficción entre centenares de datos y acontecimientos reales); que ha leído y, aún más importante, analizado a los grandes filósofos del medievo (cristianos, judíos y musulmanes) hasta interiorizar el pensamiento de aquellos tiempos turbulentos. Y no solo nos topamos con el Eco académico que es capaz de desarrollar un largo debate cognoscitivo en clave “ockhamiana”, u otro teleológico a partir del Filósofo, o uno teológico que enfrente a las grandes órdenes monásticas del siglo XIV; también al Eco lector insaciable, que estructura su primera novela sobre un relato folletinesco (endeble, al fin y al cabo, en el que las deducciones se producen mediante a veces sonrojantes “deus ex machina”) que bebe de Holmes, Rouletabille, Dupin y otros tantos elementos de la cultura popular de los que siempre se ha declarado admirador irremediable.

Y mucho más: porque podría hablar de la utilidad del libro como uno de los pocos reflejos fidelísimos de los claroscuros del medievo, alejado de visiones tópicas y apocalípticas pero sin renunciar a la obsesión por la Revelación; como un texto práctico para todo estudiante de filología que aprende el enfrentamiento entre naturalistas y convencionalistas, y la constitución del mundo a partir de signos y signos que remiten a otros signos (como un servidor y todos mis colegas de clase tuvimos que hacer); como un cúmulo de símbolos eternos, como la religión tanto liberadora como opresiva, el laberinto de los misterios, el libro a imagen de contenedor del mundo…

Porque en esta novela hay amor adolescente, tan ingenuo y puro como apasionado y carnal; hay arte, capaz de sobrecoger el alma; hay sed insaciable de conocimiento, tan fuerte que muchos son capaces de matar y morir por él. Es este un “libro” en su más intensa definición: obra de saber incompleto, libro que remite a otros libros, auténtica “historia interminable”. ¿La anécdota? Una excusa. Eco solo quiere “fabular”, y pocas veces he visto tanta sinceridad: porque para él narrar consiste en mostrar, exhibir su conocimiento. Actitud pagada de sí misma, pero que en este caso alcanza un encomiable equilibrio entre la pasión de un hombre que ama su vocación y la soberbia de quien nos restriega su superior erudición.

Y semejante trascendencia no la puede adquirir la película homónima. Se queda en el plano policíaco dándole la vuelta al espíritu de las páginas: ahora, el debate teológico y la discusión sobre la legitimidad de la risa son solo excusas coetáneas a la investigación. El guión, evidentemente por economía de tiempo, resume. Y, aun así, me parece una película soberbia: acierta en su ambientación tenebrista que no por ello ahoga la belleza intrínseca del saber encerrado en la biblioteca; acierta en su inmejorable reparto, encabezado por un Sean Connery más apuesto que ese Guillermo de Baskerville original de pelos en las orejas, pero que me atrapa en ese desgarrador plano (ausente en el libro) en el que en vano contempla la destrucción de los manuscritos que él tanto ama, y arriesga la vida por salvar solo unos pocos; incluso acierta en aquellas licencias que se toma respecto al texto original y que se deben sin duda a presiones de los tópicos relativos “happy end” hollywoodense, que, aun así, pervierte, pues esta no es una historia luminosa (porque sí, todos queremos ver al inquisidor muerto, y se nos parte el alma en la escena final en la que Adso debe renunciar a la única mujer a la que ha amado en pos de cumplir con su deber; se nos parte aún más que cuando leíamos que ella morirá irremediablemente, y fuera de plano).

Pero, en ocasiones, la cultura popular nos da sorpresas. Y no soy capaz de entender cómo este terrible libro (en el doble sentido) se convirtió en un fenómeno de masas. Tal vez por la originalidad de su planteamiento criminal. O tal vez la película influyó demasiado. En cualquier caso, resultó que colocó a Eco en primera línea para el lector de a pie, que irremediablemente, y aunque luego lo abandonase, entraba en su juego.

Y como la rosa inefable que da título al libro, tal vez el desafío de Eco sea un imposible. ¿Cómo sacar conclusiones de un libro inexpugnable? ¿Cómo dilucidar qué es la rosa, si se marchita en un suspiro? ¿Cómo aspirar al conocimiento absoluto de un tema, un libro, un concepto, si el conocimiento mismo es una quimera que se reinventa a cada instante?

Pero, al igual que los monjes, algunos todavía nos empeñamos en soñar que podemos ser los amos de lo imposible. Aunque no llegaríamos a matar por ello. No; seguramente no.

(Disculpen el rollo macabeo, pero en demasiadas ocasiones la pasión me puede)

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