¿Y ahora, dónde estamos? (I)

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Cuesta distinguir entre la actitud irreverente, fruto de la inquietud artística, y la pose que intenta aparentarla.

Porque qué difícil debe ser la vida de artista. No me refiero al natural agotamiento alentado por escenarios de los que luego no recuerdas el nombre, o de entrevistas que acabas rellenando con respuestas modelo. Es sin duda más frustrante la certeza de que, para poder sobrevivir (que no vivir) de algo tan idealizado e inútil, has de mantenerte siempre en el candelero. De que carreras de veinte o treinta años son logros meritorios que menospreciamos demasiado a la ligera.

Ahora, acceso a material audiovisual desde nuestro cuarto (del que no tenemos ni siquiera la necesidad de salir) con un solo clic . Antes, solo la tienda de discos de la esquina, las reposiciones en el cine del centro (¿formato doméstico? ¿Qué es eso?). Y, aun así, la reinvención siempre ha sido una constante necesaria. Los gustos cambian: debes mantener a los seguidores antiguos que envejecen y encandilar a potenciales nuevos consumidores que llegan con cada generación; y los críticos son más despiadados con las fallidas nuevas vías que con los sonidos desfasados.

Un panorama, reconozcámoslo, nada alentador.

Sin olvidar nunca que el arte es negocio. Inquietud ante todo, claro está, pero díganme cómo se mantiene si no es en formatos comerciales. Y cuando el arte choca con la cultura del pueblo (el “pop”) hemos obtenido, a mi juicio, los híbridos más interesantes simplemente por surgir de esta confluencia: ¿cómo sobrevive la inquietud si no es identificándose con el pueblo y viceversa, y perpetuada por la línea empresarial?

Es triste asumir la mercantilización del individuo, cierto.

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Ahora bien, volviendo a la inquietud, esta no tiene por qué desaparecer en la transacción; el comercio es, en primer lugar, una aprovechable vía de transmisión. Puede, obviamente, devorar el impulso creativo. Pero  mantenerse en ese precario equilibrio, aunque no sea eternamente, he ahí el logro; es algo propio de los genios: de aquellos que comprenden los engranajes de funcionamiento tanto del arte, ocio (que ha de ser aceptado por la “masa”), como del negocio (que ha de resultar un éxito).

Y, sin ningún tipo de dudas, ahí coloco yo a Bowie: el ejemplo paradigmático que me viene enseguida a la cabeza cuando me planteo estas cuestiones.

Por eso mismo me uno a la corriente que considera a Scary Monsters su mejor obra. Obra: término que no designa al producto de un mercenario, sino que implica una relación más íntima entre elaborador y resultado, más cercana a la que existe entre el artista y su (valga la redundancia) arte. No escojo las palabras al azar.

Scary Monsters es el culmen irrepetible a una carrera que, en apenas diez años (excluyo sus comienzos en el 67; lo mejor y relevante estaba por venir), había dado como resultado doce impagables discos. De calidad dispar, claro está, pero cuya variedad estilística deja a uno con la boca abierta incluso hoy en día. Un servidor disfruta del glam puro sin “mariconadas” de Hunky Dory y del glam rock del inefable Ziggy Stardust, al mismo tiempo que al Aladdin Sane todavía no le he pillado la gracia, y que Heroes es de los discos que más me ha impactado en mi vida, y que tengo especial debilidad por cómo Station to Station abandona la vía funky y anuncia los experimentos de Berlín.

Y en 1980, habiendo alcanzado la mesiánica edad de 33 años, Bowie da un puñetazo sobre la mesa. Comenzaba una década sonrojante para los medios audiovisuales, los logros de los setenta se diluían durante los primeros años en últimos y apasionantes arrebatos de supervivencia. Los “nuevos románticos” comienzan a hacer acto de presencia; la electrónica antaño vanguardista copa, popularizada, el panorama sonoro. Y es el momento en el que Bowie reconoce su papel de inspirador para las masas: desafiando la mala suerte del número trece, Scary Monsters es una muestra increíblemente temprana de la madurez de un artista que asume que ya no tiene nada más que demostrar. “Often Copied, Never Equalled.” Y Bowie lo sabe: ha alcanzado el poder absoluto y casi divino del guía, y actúa con la soberbia pertinente a su condición. ¿Qué más pedir?

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Y es en Scary Monsters donde encontramos al Bowie más rabioso, que exige que se le reconozcan sus méritos y menosprecia las contribuciones al mercado de sus imitadores. Discrimina entre lo “auténtico”, él mismo, y lo “falso”, los demás. Tiene mucho de lopesca esa actitud del Camaleón, que exclama “venga, ‘nuevos pájaros’, dejadme sitio; yo soy el único que entiende de esto, vosotros solo sois pálidos imitadores de lo que yo soy capaz de hacer”. Y, mientras mira hacia atrás y da un carpetazo simbólico a su pasado yonki, lanza nada discretas puñaladas a las nuevas estéticas: en un mundo donde “nuevos bailes” ruidosos, de mal gusto y desconocidos copan las listas de éxitos, los “nuevos modernos”, esos “feos millonarios adolescentes” que pretenden que son “niños prodigios” aún le preguntan a David “qué deberían hacer”; pero Bowie ya no quiere ser “otra pieza de vida salvaje adolescente”.

He ahí por qué Scary Monsters es una obra de arte: porque está pensada como tal. Tiene personalidad propia, no desprecia al riesgo a la vez que lo aúna con el single comercial más descarado, y estructuralmente es ejemplar: la impecable producción de Visconty nos obsequia con un disco increíblemente variado en su sonoridad, 45 minutos distribuidos en diez inolvidables temas de manera muy inteligente para que el interés del receptor no decaiga. El resultado es una obra redonda y consciente de su unicidad: el último arrebato, el canto del cisne que nos recuerda que todos somos humanos. La actitud de Bowie es terriblemente autoindulgente y prepotente, cierto, pero es que el Duque nunca ha conocido la discreción: si quiere romper con el pasado y reafirmar su posición, ¿por qué no publicitarlo a los cuatro vientos?

Ahí reside, finalmente, la genialidad: en aprovechar la vertiente económica de la integridad. Volvemos al punto de partida. ¿Es legítimo? ¿Y por qué no? Es arte es la expresión del interior, pero más vale asumir que sin el escaparate y la parafernalia es solo papel mojado. Solo es arte aquello que se acepta como tal.

Todo es vanidad, aunque no hueca. Tanto en 1980 como ahora, 33 años después.

(Continúa)

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