Es suficiente

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Spencer Tracy se estaba muriendo. Una vida alcohólica y en gran medida desenfrenada, unida a una galopante diabetes, le situaba en la fina e inestable cuerda floja. Y durante el rodaje de la última escena, esa mítica y contundente escena, todos esperaban que se derrumbase de un momento a otro. Pero resistió.

Dicen que Katharine Hepburn nunca pudo ver Adivina quién viene esta noche después de aquello.

Puede parecer una simple anécdota, pero en este caso el dato a priori irrelevante arroja demasiada luz, aumentando paradójicamente las tinieblas. Se convierte en el único medio indispensable para poder leer a través de los gestos, las miradas, las frases: para desnudar al actor en su oficio de disfraz, mascarada y ficción, y encontrar la Humanidad que no puede ser contenida y empapa cada minúsculo detalle de la verosímil artificialidad. Todo concentrado en esa última escena, que durante su propia elaboración era ya una despedida imperceptible para el espectador, terrible para una pareja de esas que el cine (bendita fábrica de Grandes Relatos, delante y detrás del objetivo) nos suele regalar para hacer historia.

Es una escena memorable, que eleva toda la película a los altares. Cuando el guión se arriesgaba a que en el último momento sus intenciones liberales quedasen en saco roto, decide arriesgar, apostarlo todo a un último monólogo. Un “tour de force” para el actor. Una nada disimulada declaración moral de intenciones en boca de uno de los personajes más arcaicos y cascarrabias de la cinta, el adorable abuelito gruñón. Y triunfa. Por el contenido, el medio y el impacto.

Y adquiere notas escalofriantes y muchísimo más intensas el ver esta escena sabiendo que la declaración de amor que pronuncia Tracy es auténtica. Que Hepburn y él se amaron durante años. Que ambos sabían que él moriría pronto. Y que esas palabras son un consciente adiós. Que la expresión de infinito dolor de Hepburn es real. Que la expresión de infinito cariño de Tracy también lo es. Y ese colosal actor, con una serenidad propia de aquel que ha asumido con naturalidad la irrevocabilidad de la muerte, consigue derrumbar la fortaleza de ella, quizá el más poderoso e intenso coloso con pies de barro que nos hemos encontrado en una pantalla.

Así que solo están ellos, dos amantes afrontando el final. Pocas, poquísimas veces la ficción nos ofrece una dosis tan disimulada y a la vez tan contundente de realidad, de auténtica vida. Ganancia, gozo, dolor y pérdida. Y una enorme responsabilidad moral en manos de dos seres humanos (parafraseo el monólogo) que, atendiendo al poder de su imagen pública, se erigen como estandartes de un movimiento social que haría historia, y que encuentra en las palabras de Tracy su legitimación absoluta en un medio de consumo, entretenimiento y comunicación popular.

Recibieron amenazas de muerte, pero aun así siguieron adelante. ¿Sutileza? Ninguna. Contra los retrógrados hay que ser implacables en la labia. Tracy ataca, golpea y, lo más importante, argumenta. Desmonta las excusas racistas de todos los desgraciados de aquel entonces con una sencillez aplastante. Y así, con una deliciosa cadencia teatral, entre portentosos diálogos, las piezas se colocan, los roles se asumen, y el desenlace, finalmente, explota. Y recibimos un simple e incontestable axioma: todo, absolutamente todo lo que importa en esta vida, es amor. Un sentimiento tan puro no merece etiquetas de ninguna clase.

Y pienso en muchas cosas cuando la cena, por fin, ya es servida.

Pienso en la maldita doble moral que guió la relación de Tracy con Hepburn. ¿Divorcio? Jamás. Es preferible la amante.

Pienso en la naturaleza eterna tanto del discurso de Tracy como del inmediatamente anterior de Poitier frente a su padre, más demoledor si cabe. Pienso en que las parejas multirraciales, las homosexuales, las “lastradas” por la diferencia de edad… todas caben en este discurso que se escapa a los límites del color y ataca sin tapujos a todo tipo de repugnante intolerancia. Que no podemos atarnos a prejuicios del pasado que ya no tienen nada que ver con nosotros. Que tenemos que combatirlos de frente. Que somos independientes, y no le debemos nada a nadie.

Pienso en que seguimos siendo despreciables. Hace cincuenta años era inmoral ver una pareja de blanco y negro. ¡Qué digo inmoral! Ilegal, incluso. Eso no era amor. Eso era censurable. Eso era un crimen. Eso. ¿Razones? Ninguna, salvo el fanatismo ciego y legitimado en sí mismo. Y resulta que hoy, por desgracia, aún seguimos mirándolo con extrañeza. Pero, claro, preferimos simular que lo aceptamos. Mientras tengamos que defender una pareja de ese tipo nada habremos avanzado.

Y pienso en que tal vez sea una película demasiado ingenua y bienintencionada. Los problemas de la pareja serán inimaginables, cierto. Pero no lo solucionarán todo haciendo caso omiso a esos “pobres fracasados” que les critican. Eso supone darle la espalda a una violencia intrínseca, potencialmente peligrosa. No solo hacen daño los puños, sino también el desprecio: esas miradas que se encontrarán día tras día, no recluidas en las esquinas, sino en campo abierto, juzgándoles, minándoles poco a poco. Duele, aún más que la indiferencia, la aceptación a regañadientes.

Y no solo se enfrentarán a críticas, a la palabra, sino también a desgraciados que les atacarán con todas sus fuerzas para romper su relación, en pos del “buen gusto”. No vale mirar a otro lado. Ellos tienen el poder. Podrán marginaros, podrán trataros como ciudadanos de segunda, podrán negaros derechos básicos. Podrán sembrar semillas de odio que desembocarán, tarde o temprano, en represión y opresión violentas. ¿Aguantar? Valiente tontería. Aunque la réplica sea muy sencilla, claro que se atreverán a mucho más que poner objeciones.

Pero aun así, confieso que cada vez que esta crepuscular, bellísima obra maestra inigualable aparece en la programación televisiva (lo que, afortunadamente, es muy a menudo), no me pierdo esos veinte últimos minutos, y me entrego a ellos.

Ya no hablamos solo de una lección de cine (que también). Hablamos también de una lección de vida. Hablamos también de ideología. Hablamos de un manifiesto moral único, irrepetible. Nos hace reflexionar, nos hace reaccionar, nos hace tomar partido en una lucha necesaria e incontestable. Nos enseña a amar. Y eso, amigos míos, es suficiente.

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