Sangre y acero

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Tiradores del dragón, esgrimistas cacereños, fratres de negra alma: amigos míos, va por vosotros.

Imbuido estoy, desde hace años y con sus altibajos, en el arte supremo: la dicotomía entre armas y letras. Heredero, pues, de esa idea caballeresca, áurea y romántica del autor comprometido que se defiende con el filo y punta de la espada, es harina de otro costal mi nivel de implicación a esta estampa extraña en los tiempos actuales, y motivo de chanza para unos cuantos. Y no vengo a hablar aquí ahora de sus ventajas pedagógicas, físicas, mentales, técnicas, etc. Principalmente, porque son términos que se me escapan; prefiero, antes que eso, divagar un poco conmigo mismo (y para vosotros) en el impacto moral de lo que significa tener como afición de vida el manejar un arma en la mano, tanto en la vertiente deportiva como en la recreación histórica. Porque solemos pasar por alto que nuestra particular lista de gustos, aficiones y pasiones nos configura hasta niveles insospechados; que caracteriza y exhibe una particular forma de estar en el mundo, recibirlo y actuar en consecuencia: no es igual un futbolista a un baloncestista; tampoco a un tirador (o esgrimista).

Habrá quien considere que es uno de los deportes más arcaicos (algunos ignorantes lo politizarán y lo tildarán de conservador) que existen, anclado en ideales supuestamente ya caducos y en formas de entender la vida nada prácticas. Malinterpretado, relegado a esa rareza minoritaria para “bichos raros” a los que les gusta jugar a los mosqueteros. Bizarrada máxima.

Pues sí, coincido. Bizarra es el arte de la esgrima. Pero bizarra en el sentido español, original, no contaminado por el extendido anglicismo/galicismo. Valiente, esforzado; generoso, lúcido, espléndido, también me vale. Serán los deportes de equipo análogo de las antiguas batallas campales, y serán los equipos depositarios de una identidad territorial colectiva, y por ello gozarán del apoyo del público en detrimento de los deportes individuales o de enfrentamiento de parejas. Pero rompo una lanza en favor de estos últimos: también los hombres de armas asumieron en su individualidad grandes ideales. Creo fervientemente, pues, que una disciplina tan sincera no puede estar en ningún momento desfasada. Sobre todo una que me ha enseñado (marcado a fuego, más bien) lo que es el concepto del honor.

Y ríanse todo lo que quieran, pero creo estar hablando de un concepto eterno, por mucho que ahora esté escondido, rezagado a antigualla inútil.

Hay un sentimiento muy fuerte implícito a nuestra naturaleza que nos lleva a admirar el valor de quien muere luchando. Con sus más y sus menos, podemos defenderlo o menospreciarlo, pero sobre esta idea hemos construido nuestra mentalidad. En un medio hostil, nos vimos obligados a desarrollar nuestras habilidades de seres inferiores y a aprender a manejar herramientas para sobrevivir. No solo ante el animal, sino ante otros como nosotros.

Y ahí está la emoción: porque un animal nace con unas habilidades internas, y por ello el ser humano ha de mejorarse a sí mismo para vencerlas; pero el otro ser humano es imperfecto como nosotros, y también ha tenido que entrenarse, que prepararse, que superar sus limitaciones para poder tener una posibilidad de salir indemne del combate. Y se enfrentan así dos fuerzas de la naturaleza, dos expertos combatientes en condiciones de igualdad.

Por tanto, veo el duelo como la expresión primera de la convivencia humana. Solo puede quedar uno. Matar o morir. Por esa razón se carga de poderosísimas connotaciones: el honor del enemigo, la satisfacción de la victoria, la necesidad imperiosa de vivir. Una lucha entre pares es el análogo perfecto del combate dialéctico entre opuestos. Tu contrario es un cúmulo de virtudes marcadas que debes superar; pero virtudes reconocibles, al fin y al cabo. El duelo se configura así como una prueba ante ti mismo, ante el otro y ante los demás. Debes vencer tus debilidades; debes derrotar al contrario; y debes exhibirte victorioso frente al resto. Por eso este deporte es uno de los que más fomentan el respeto. Es belleza pura. La belleza de una muerte, o derrota, noble y justa.

Por eso entiendo que el honor, el sagrado concepto del derecho a ser respetado, se materializase en un arma, la paradigmática depositaria del eterno círculo de vida-muerte.

Y por eso la esgrima resulta tan frustrante. Ataca directamente a la autoestima, al autocontrol y al esfuerzo de superación. Es un desafío en toda regla. Pero, en el fondo, otorga indescriptibles satisfacciones. Pocos deportes tienen tan arraigada la idea del triunfo por encima de la participación. Claro que cuenta divertirse y participar, pero si las raíces de este deporte radican en el instinto de supervivencia se entiende que sea esta una de las escasas disciplinas en las que ganar lo es todo.

Ahora lo hemos institucionalizado, tanto el deporte como la recreación. Ahora es una afición en primer lugar. Pero necesariamente ha de derivar en pasión. Pues la esgrima lo lleva en los genes: la supervivencia es intrínseca al espíritu humano, y no puede frivolizarse como un simple entretenimiento.

Por eso mismo, a pesar de que esté ahora encerrado en normas, ropajes y parafernalia, defiendo ese espíritu primigenio; esa la pasión que toda persona siente, aunque no todos lo reconozcan, ante un buen combate.

Aún sigo empuñando acero.

PD: sirva esta entrada también para animaros a visitar el blog de mis amigos de ESGRIMA CÁCERES, que busca ser un punto de encuentro para amantes del acero, la historia, la cultura general y la competición. Les deseo toda la suerte del mundo.

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