¿Y ahora, dónde estamos? (y II)

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Pocos casos conozco que puedan equipararse a una discografía, desde el Space Oddity de 1969 hasta el Scary Monsters de 1980, que mejor represente ese equilibrio del que vengo hablando desde la entrada anterior. Claro que analizar la carrera del Camaleón en pocas líneas es una tarea harto imposible, que pasa por encima de los titubeantes comienzos, las múltiples máscaras, los descensos a los infiernos, la inclasificable (y tan genial como poco exitosa) etapa berlinesa, los huecos años ochenta, los titubeantes experimentos, el neoclasicismo de rigor; en definitiva, el mutable éxito.

Y, aun así, aún sigue siendo una referencia. ¿Pero por méritos propios, o por evocación nostálgica hacia un mito de la cultura popular reciente ya cristalizado? Dicen que a cada disco supo asimilar los gustos de un público que pasaba de la psicodelia, el glam, el soul, el funk y el experimentalismo con inusitada inmediatez. Y que aunque Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Duque Blanco, el esquivo artista de Berlín y el payaso de Pierrot respondían a lo que el pueblo quería ver, también eran la vía de explosión de un Bowie adolescente, bisexual, drogadicto, impetuoso, desafiante, innovador u orgulloso. O todo a la vez. La clásica cita mercantil de “el cliente siempre tiene la razón y hay que amoldarse a sus exigencias”, que no por ello desecha la oportunidad de emplearlas para transmitir lo que uno es, quiere, siente.

Volvemos a lo que señalaba en el post anterior: nuestros puntos de vista mutan al instante, las modas son parpadeos. Los adalides del éxito no son más que pobres diablos que acabarán relegados al olvido antes de lo que imaginan. El éxito nunca ha sido fácil, tampoco justo: hoy en día, mucho menos.

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Por eso mismo The Next Day me parece una obra que roza la genialidad. Independientemente de su calidad musical, claro está: a cuatro meses de su lanzamiento mi entusiasta acogida inicial se ha ido calmando poco a poco, aceptando así los defectos de un disco irregular (aunque ni mucho menos desechable por ello). Ocurre que no creo que la intención de Bowie, al regresar tras diez años de titubeos y rumores de defunción, sea parir esa nueva obra maestra que hace décadas que esperamos en vano.

Lo único que transmite este disco es que Bowie sigue vivo.

Tan simple como eso, en apariencia. En el fondo revela que el inefable Camaleón sigue siendo, pese a su edad, uno de los que mejor maneja los entresijos del panorama musical. Si fue su precaria salud o la sensación de agotamiento artístico lo que le llevó a desaparecer progresivamente entre 2003 y 2006, nadie lo sabe. Imagino que un poco de todo. Y de pronto el pasado enero sorprende con su última máscara, a la postre genial reinvención de su mito del que es plenamente consciente. Con un single que sonaba muy bien, una nueva web, el anuncio de un nuevo disco y una portada a la que aún doy vueltas.

Así que tenemos al dinosaurio desfasado, inspiración de decenas de herederos (con mayor o menor fortuna) en este desalentador panorama musical, que resulta que abre su nuevo trabajo gritando “aquí estoy, no del todo muerto”, al mismo tiempo que mira con nostalgia a su pasado. No lo veo casual. Como tampoco que se haya convertido en uno de los grandes éxitos de este 2013, capaz de codearse con el resto de novedades de moda (pero sin grandes estridencias).

Y volvemos a los mismos términos: continua actualización, modas cambiantes, éxitos perecederos. Y Bowie, una vez más, ha demostrado estar por encima de ello. Y de manera encomiable: ni una palabra ha salido de sus labios; nada de entrevistas, conciertos, apariciones en televisión. Solo videoclips y sesiones de fotos. Solo básica publicidad, azuzada por la irresistible fuerza que imprime la marca “Bowie”: invencible firma que ha tardado años en asentar. Un sobrenombre ha sostenido una campaña de promoción entera.

Pongo la mano en el fuego: estoy seguro de que Bowie sabía perfectamente que tras tanto tiempo de silencio, en el que la ausencia alimentó los rumores del progresivo y discreto fin, solo necesitaba asomar la cabeza y susurrar “he vuelto” para revolucionar todo el panorama. Aún tiene algo que decir. Y ahí es donde veo yo la genialidad de The Next Day.

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En definitiva, ¿quién se oculta tras el cuadrado blanco?

Nunca fue un alienígena de otro planeta, ni un líder fascista, ni un payaso de pierrot. ¿Pero fue Bowie alguna vez homo-hetero-bi-polisexual, refinado aristócrata, artista avant-garde, soberbio con complejo mesiánico, líder de masas huecas, adolescente que ya peinaba canas, calmado pre-jubilado que vive de las rentas? ¿Y es ahora el abuelete ermitaño que grita solo de vez en cuando para llamar la atención? En Bowie es imposible encontrar la línea entre la apariencia y la inquietud. Volvemos al mismo dilema. Si queremos desentrañar los misterios de su personalidad solo podemos aferrarnos a los acontecimientos externos, sensibles, objetivos: drogas, matrimonio, infarto. El resto es pura especulación.

Tal vez toda su carrera se tenga que interpretar en un delicado equilibrio entre lo que él ha querido transmitir y lo que la gente esperaba de su mito. Pero nunca podremos saber quién influye a quién: si la masa condiciona la siguiente piel del camaleón, o si el genio marca tendencia en sus devotos.

El caso, en definitiva, es que Bowie nos la ha vuelto a jugar. Diez años eran solo unas necesarias vacaciones. Adopta ahora un nuevo papel más natural y sutil. Asume la inefabilidad de su persona, su aura intocable, y el drama de la vejez. Sigue siendo, aún hoy, un apasionante enigma: el individuo fagocitado por la dramatis personae, el artista público que necesariamente ha de sacrificar su personalidad en beneficio de la frívola publicidad. Y su ser acaba convirtiéndose en campo de cultivo para la mascarada. Todo acto ha de proyectarse hacia el gallinero. Incluso cuando el antifaz es la pura normalidad.

A veces, comprender la propia debilidad es la apariencia más imperceptible de todas.

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