Relaxing cup de utopías encadenadas

Vale. Ya hemos tenido suficiente. Ya hemos tenido el remix tecno, las cuentas falsas de twitter, los titulares amarillistas de la prensa afín, los chistes por WhatsApp, las parodias en Youtube, las excusas de Botella, las justificaciones del asesor de la campaña, los mea culpa del gobierno. La avalancha de información propia de estos tiempos de internet, clic y moda pasajera. La chanza recurrente de la temporada. Ya hemos tenido demasiados sucedáneos pop de aquella vergonzosa “relaxing cup” que al final nos ha resultado indigesta. No es sino el (desternillante) chivo expiatorio de una campaña, y aquí es donde me quiero detener, abocada al fracaso desde el segundo uno.

Ha pasado un mes. Fuera ya de la vorágine de los primeros días, en el que todo fue victimismo barato, conspiraciones casi judeomasónicas y afilados puñales de uno a otro bando, creo que estamos en el momento justo para dar carpetazo a nuestro último fracaso antes de que, como es habitual, acabe convirtiéndose en una anécdota, en Historia, en irremediable resignación. Pensemos, pues, con la cabeza fría; pongamos todas las cartas sobre la mesa de una vez por todas; intentemos ser ecuánimes y despojarnos de ideas tales como el sambenito o el verduguillo. Porque rara vez la realidad se articula en términos de blanco o negro. O, al menos, yo soy más partidario de desmenuzar, tanto como pueda, la enorme paleta de grises. Por ahora dibujemos un panorama, adelanto, nada alentador. Luego, tocará ver cuáles pesan más.

Empecemos con una lista, los pormenores vendrán después. ¿Cuáles han sido los motivos del fiasco?

  • El dopaje: sin meterme en el enramado de la “Operación Puerto”, ¿qué imagen exterior queríamos dar con una sentencia que conveniente pasaba por alto uno de los escándalos más graves del deporte español de las últimas décadas? ¿Cómo pretender que un evento deportivo se celebrase en un país donde las pruebas de un posible dopaje en masa se han destruido impunemente?
  • La crisis: 26,2% de paro; caída en el consumo; burbuja inmobiliaria; polémicos desahucios; larguísimo etc. Somos parte de los PIGS europeos, otro de los campos de pruebas alemanes, los segundos en la cola cuando hace años ostentábamos el podio. No es cuestión de ser catastrofistas: es que nuestra imagen es pésima. Es que nuestra economía, ahora, no puede competir.
  • La corrupción: afecta demoledoramente a los dos principales partidos y la institución cabeza del Estado. Y lo peor es la casi absoluta certeza de que las justas condenas jamás llegarán. ¿Qué exhibimos de cara afuera? Un país donde el robo queda impune, y donde la confianza en los tres poderes se ha perdido.
  • El 80% no asegura el empleo: alardeábamos de tener las infraestructuras casi terminadas, lo que en teoría nos colocaba en una posición de relativa sencillez para ofrecer unos Juegos instantáneos. Pero, tal y como me comentaban el otro día, con solo un 20% de obras restantes por construir, ¿cuán cierta es, entonces, la promesa de que los Juegos incentivarían la creación de un empleo estable a lo largo de siete años?
  • La segura candidatura europea para el 2024: recordemos el tema de la rotación, que nos quitó los Juegos del 2016. En el 2024, por tanto, los Juegos volverán a Europa. París ya se frota las manos con la celebración del centenario de los Juegos de 1924. Votar por Madrid para el 2020, por tanto, hubiese anulado las posibilidades de que la capital olímpica siguiente fuese europea (y, sí, francesa, que es más chic). ¿De verdad Estambul era mejor candidatura que Madrid? Ni por asomo: si caímos en la primera ronda, fue para allanar el camino a Tokio.
  • El discurso de Botella: broma recurrente, sí. Pero de puertas afuera tuvo que ser vergonzoso. No solo porque demuestra el pésimo nivel en cuanto a idiomas de nuestros políticos (cosa que no es exclusiva de España, ojo); también una falta de asesoramiento lógico alarmante. La pésima pronunciación es indignante, sí; pero también el tono infantil, la ingenuidad sonrojante. Un orador, ante todo, debe ser un buen actor. Y en cuanto a inflexión de voz, movimiento, actitud y, además, cierta retórica, suspendemos rotundamente. La oratoria no se valora en este país. Y que ello afecte a nuestros representantes es indignante.
  • La falta de liquidez: Tokio podía poner el dinero sobre la mesa instantáneamente, partiendo de un fondo ya preparado con anterioridad. Madrid confiaba en múltiples inversiones. Aunque su desembolso restante era mucho mayor, la liquidez japonesa era inmediata. No éramos rival.
  • Juegos austeros: ¿de verdad pretendíamos enmascarar nuestra alarmante falta de liquidez con la propuesta de unos “juegos austeros”? ¿De verdad queríamos proponerlo como una nueva vía futura en la organización del evento? ¿A un COI que no lo aceptará jamás porque ello anularía la celebración de unos juegos de pompa y boato donde todos disfruten de lujos y placeres variados? ¿De verdad hemos sido tan cortos de miras?

Y ahí se nos acaba el cuento. Ahí Madrid 2020 se pega de bruces contra la pared y se muestra como la crónica de una derrota anunciada.

¿Pero adónde queremos llegar con semejante currículum? ¿Y adónde con semejante desconocimiento de los entresijos de la política internacional, donde no existe la justicia (si es que nos la merecíamos), sino la fachada y la publicidad? De cualquier modo, sea culpa de nuestros pecados, sea culpa del egoísmo del COI, hemos quedado como unos ingenuos por no conocer las reglas del juego de espejos y disfraces de la pasarela exterior.

Larra criticaba la expresión “En este país” usada como excusa para justificar, que no corregir (¡cómo osar!), los defectos de España. Pero el ciudadano de a pie no usa esta expresión porque desconozca las causas de los defectos y prefiera emplear una excusa general. Más bien, reconoce dichos defectos, pero prefiere encerrarse en la autocompasión, ser condescendiente con este avergonzado país y creer que en el extranjero la situación es infinitamente mejor. Porque en Alemania no se roba; en París, no se lee; y en Alemania, los ineptos consiguen trabajo.

Ah, sí, sabemos de nuestras fallas. Pero nos consideramos dignos del premio. Y el inepto se cree con derecho a la solución fácil solo porque el resto del mundo recibe regalos, sin pararse a realizar autocrítica. Como si en el ámbito internacional solo triunfasen los que son como él. Que también.

Al fin y al cabo, casi estoy por creer que esta prepotencia, esta creencia de superioridad natural sin fundamento, es algo intrínseco a nuestro carácter.

Ni santos, ni pecadores. Un sueño imposible. A la tercera no va la vencida. Un poco de mala suerte, un poco de justicia poética. No es momento de Juegos. No lo será en un futuro próximo. Por ahora solo nos queda el último capítulo de una serie de nada relajantes utopías encadenadas que nos tienen en vilo desde hace casi diez años. Se dice pronto.

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