En el principio…

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“El experimento del guion era despojar todo de narrativa y crear un viaje visceral y emocional donde el espectador se convierte en otro personaje […]. El espectador invierte de alguna manera su experiencia personal en el viaje de los personajes. Eso es la idea que trajo Jonás Cuarón: vaciar de retórica y tratar de hacer algo más excitante.”

(Alfonso Cuarón. Entrevista a RTVE, 2 de octubre de 2013)

AVISO: revelo detalles cruciales de la película. Lean bajo cuenta y riesgo.

Si de fidelidad a la hora de trasladarnos emocionalmente al espacio se trata, hay discos mucho mejores que The Songs of Distant Earth, de Mike Oldfield. No sirva esto para descalificar al maestro inglés; simplemente, los Tangerine Dream de su etapa inicial, la Constance Demby de Novus Magnificat, el Vangelis de Carl Sagan, el Jarre de Oxygène, o incluso las composiciones para planetarios y documentales, transmiten con muchísimo más acierto la sensación de inmensidad espacial que el efectismo post-Enigma de Oldfield.

Recalco la palabra: inmensidad. Vacío, hermosura, nada, silencio, caos, eternidad. El lugar donde solo hay absolutos. El origen y el fin de los tiempos. El cosmos.

Y, sin embargo, fue el primer disco que puse en el reproductor después de ver Gravity. Impulsos así no son objetivos. Simplemente, despierta en mí preciosos recuerdos, de cuando el mejor retrato del firmamento para un niño de doce años se encontraba en los cánticos de una tierra lejana, entonces perfectos, y, aún hoy, fascinantes.

Somos simples y puros receptáculos de recuerdos. Nos conforman: son la materia de nuestra personalidad, el fruto de experiencias que luego cimentarán nuestros conocimientos. Y son el alimento de nuestros sueños, anhelos, ilusiones, emociones. Y, en última instancia, de nuestros relatos: receptáculos de nuestra naturaleza, que nos recuerdan quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos.

Por lo tanto, ¿peco de prepotente al rastrear cuestiones tan grandilocuentes en el cine? No lo creo. Pues el cine, la experiencia audiovisual y emocional definitiva, es la mejor herramienta que enfrenta al espectador contra sí mismo. Toda película siempre podrá analizarse como un viaje, pues es este el recurso narrativo por excelencia, que nos enfrenta a lo desconocido y metaforiza las incertidumbres de la vida en forma de extremos desafíos y emocionantes aventuras que concluyen en un desenlace catárquico.

Por eso mismo, la odisea de la doctora Stone participa de esa tradición inherente a nosotros: es la existencia de un soporte traumático lo que la que caracteriza y la empuja a avanzar. No es “solo” (nótese el eufemismo) una historia de supervivencia: si se centrase exclusivamente en la experiencia límite, nos encontraríamos ante una de las aventuras más grandes del cine contemporáneo. Pero se añade el componente dramático. Y, gracias a ello, alcanza los niveles de la epopeya.

El espacio se vuelve así el escenario perfecto para un viaje de superación de las limitaciones físicas y (he ahí la cuestión) mentales. Se trata, en primer lugar, de resistir en un medio hostil. Y el cosmos, ya nos lo avisan los títulos de crédido, es la tierra de la muerte. Marca un punto de inflexión la escena en la que Stone y Kowalsky descubren el dantesco paisaje de la estación tras el accidente. Perder a Kowalsky, su único apoyo, azuzará poco después esa sensación de impotencia: es el revulsivo necesario para que ella, de una vez por todas, reaccione. A partir de aquí, de este desolador cara a cara con la muerte, ya no habrá marcha atrás.

Pero esta reacción va más allá. Sirve para purificar el espíritu. No es injustificado que, frente al abismo, la doctora remita a la muerte de su hija. ¿Es efectista el que dicho trasfondo dramático sea un tópico? En absoluto. No por ser predecible deja de ser efectivo. Es una experiencia desoladora de por sí (sobre todo para una madre); y, aplicado a un relato, funciona como un recurso potentísimo. Y sin ese sustento emocional no comprenderíamos la actitud inicial de la doctora ni su posterior evolución.

Una mujer que iba a la deriva se ve obligada a despertar.

No lucha porque tenga algo que merezca la pena en la Tierra; no supedita su ansia de vivir a un agente externo. Allá abajo no le queda nada. Y, pese a ello, la certeza de un próximo fin en soledad le hace apreciar hasta el extremo la vida, reaviva el ímpetu humano y destierra viejos fantasmas. Este giro se produce tras un necesario regreso a un estado fetal primigenio de pureza, comodidad e inocencia, seguido de una reaparición que no tiene nada de “deus ex machina” barato: al contrario, se construye exclusivamente sobre diálogos y recuerdos previos y unipersonales. Y, solo así, ella, y solo ella (colosal hallazgo del libreto), consigue ser libre.

“Pisar” el espacio es morir. Pero pisar la tierra, volver a un sitio donde hay peso, “resurgir” de un lago, líquido elemento, caldo de cultivo, y reposar flotando durante unos instantes en cálida calma y soledad, es vivir. ¿Qué consigue la doctora tras su viaje? Renacer.

Y nosotros también somos partícipes de esa catarsis. Vivimos la misma odisea. Empatizamos con el dolor. Nos identificamos con una historia tan simple y, a la vez, tan cercana. Proyectamos en ella nuestra propia experiencia. Y, finalmente, también queremos renacer. Aunque solo sea en la ficción. Pero necesitamos desesperadamente ese simulacro de optimismo, ese remanso de paz tras una intensa hora y media de angustiosa incertidumbre.

“Y cuando llegue, pase lo que pase, tendré una fabulosa historia que contar.” Esto es hermoso. Terriblemente hermoso. El viaje que concluye. El relato como premio. La oración panteísta, pareja al redescubrimiento de uno mismo. Pase lo que pase, el ser humano ha vuelto a demostrar que, al menos, no se deja vencer. Y ha llegado al límite de sus posibilidades, a la máxima definición de su naturaleza. Ha triunfado.

Qué quieren que les diga: poquísimas veces tenemos la oportunidad de asistir a una experiencia semejante, a una oda a la superación humana. Y no solo a nivel técnico; también con una historia tan poderosa que anima a la reflexión y, en última instancia, nos obliga a replantearnos nuestras cuestiones existenciales más íntimas y reafirmar nuestros valores. Gravity es la única oportunidad que he tenido en años de obtener tanto en una sala de cine.

Pero, claro está, yo. Un individuo. Un punto de vista subjetivo. Algunos me tacharán de pretencioso; otros solo verán un espectáculo desaprovechado; el resto, un entretenimiento más que correcto. Como sea. Lo que me importa es que el cine, una vez más, me ha demostrado por qué es el depositario definitivo de nuestro ser a través de los relatos.

Y, por ello, por qué lo necesito tanto.

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2 pensamientos en “En el principio…

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