Fotogramas de pan y circo

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Roger Ebert fue uno de los críticos de cine más reputados del periodismo estadounidense. Falleció tras una larga batalla contra el cáncer hace casi cuatro meses. Y nunca ocultó su aprobación hacia el cine comercial. El bueno, claramente. Más bien, el que él consideraba bueno.

Fue, por así decirlo, un “foco” para todos aquellos que, como él, somos fervientes defensores de una forma de hacer y sentir el cine que difiere enormemente de los círculos elitistas, vanguardistas, academicistas y todos los “istas” que queráis proponer (sabiendo que, en este mundillo del cine, cada uno de ellos denota, muchas veces, valores arcaicos, pedantes y prepotentes). O tal vez no difiera demasiado de ellos. Pero parece que nos encontramos ante un enfrentamiento dual: cine “formal” contra cine “palomitero”; cine “serio” contra cine “absurdo”; en definitiva, cine “bueno” contra cine “malo”.

Por eso mismo, tener a uno de los críticos -esa “casta” a la que otorgamos la legitimidad para decidir azarosamente qué debemos menospreciar y qué no, y que perpetúa el debate de siempre entre los gustos de un “vulgo” que chocan contra los paradigmas de lo “bueno” establecidos por la autoridad- de nuestro lado era un aliciente. No piensen que esto implica que los “frikis” han alcanzado el poder; simplemente significa que el Cine, con mayúsculas, existe también tras los fuegos de artificio.

Planteemos, pues, nuevos puntos de partida. Derrumbemos algunos mitos. Descubramos que en esto del cine nada es como nos lo quieren vender. Cuestionemos nuestros prototipos de calidad.

Pensemos, por ejemplo, que los premios Oscar, de quienes hemos aceptado la potestad de coronar qué ha sido lo mejor del año, son votados por académicos con una media de edad de 62 años. Y que votan solo sobre las películas que cada productora les ha entregado en copias bajo la sonrojante etiqueta de “For your consideration”, acompañadas de descomunales campañas publicitarias.

Derivemos de ahí que el cine no es sino un negocio. Punto. Asumámoslo. Que las producciones de arte y ensayo están muy bien y son necesarias, pero los grandes proyectos tienen su razón de ser en los beneficios. Que hay grandes inversiones de fondo que han de cubrirse. Que todo es cuestión de prestigio y escaparate, de batallas entre estudios por la rapiña monetaria. Y que nos encontramos ante una poderosísima industria donde centenares de miles trabajan a cambio de un sueldo.

Lo que supone que a un estudio le interese principalmente el éxito de sus productos. Exacto: productos. Consumo masivo de entradas y copias para el mercado doméstico. Pongo un ejemplo: muchos criticaron la supuesta banalidad con la que fue tratada la adaptación de la novela El Señor de los Anillos, que sacrificó la poesía de la prosa de Tolkien por el espectáculo efectista. No les quiero quitar la razón: solamente señalo que muchas de esas licencias se explican, aunque no se justifican para todos los espectadores, si tenemos en cuenta lo que de verdad prima a la hora de dar luz verde a una nueva producción. Incluso el cine independiente necesita recuperar gastos y mendigar a las grandes casas en busca de acuerdos de distribución. Puede que internet sea una nueva vía para la exhibición de películas alejada de todopoderosos nombres,  pero mientras estos arriesgados y valientes casos sigan copando titulares sabremos que no pasan de ser raras excepciones a la regla.

Y vayamos con la verdad por delante: preferimos una película que nos entretenga. Ahí entra en juego la subjetividad de cada espectador, para quien su modelo de entretenimiento será diferente al de cualquier otro. Pero para un estudio quien tiene la razón es el “vulgo”: claro que ahora mismo, y por suerte, ninguno de nosotros nos definimos como tal, pero ello no resta verdad a esta afirmación. Así ha sido siempre. Triunfó en el pasado una literatura de caballerías que, con el tiempo, casi ha desaparecido de los cánones educativos. Triunfó un teatro fantástico y de poca sustancia, no las pesadas (y necesarias) diatribas ilustradas. Triunfó la música electrónica comercial, no la experimental.

Pero lo que el espectador no acepta es que le tomen como un idiota. Cosa que, desgraciadamente, ocurre muy a menudo, en pos de un éxito inmediato y asegurado, bajo la premisa de que el público pagará por cualquier bazofia que no le haga pensar.

No es fácil rodar buen cine comercial. Hay que conseguir un precario equilibrio entre la firma del autor y la firma de la productora: entre la inquietud artística y la mano que te da de comer. Sería innecesario soltar aquí una lista de películas que encajen en esa definición: principalmente, porque solo reflejaría mis gustos particulares (y no extrapolables). Pero todos sabemos lo que, como espectadores inteligentes, buscamos del cine “palomitero”: sobresaliente factura técnica, guiones sin incoherencias ni “deus ex machina” exagerados, actuaciones creíbles, ritmo bien manejado (ni una sucesión de momentos climáticos ni una ausencia de ellos), escenas poderosas e imperecederas.

Justo, qué curioso, lo que exigiríamos de cualquier película.

¿Por qué una película de acción no puede ser buena película, a secas? ¿Por qué limitarse a la etiqueta de género? Tal vez tengamos que hacer como los filólogos (o aspirantes a serlo): diferenciar necesariamente entre lectura por obligación y lectura por placer. Por mucho que uno aprecie la perfección de ese maravilloso peñazo que es La celestina, no lo tiene como libro de cabecera.

Adoremos los clásicos, pues son los que de verdad nos enseñan cómo ha evolucionado el cine. Pero también el cine comercial, pues refleja los gustos del público. Uno no anula al otro: ambas son igual de necesarios, pero en distintos ámbitos. Reivindiquemos, en definitiva, aquello que el cine de acción, en realidad, nunca ha perdido: dignidad.

(Entrada publicada en Living Cáceres, el 23 de julio de 2013)

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2 pensamientos en “Fotogramas de pan y circo

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