Una vida normal

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“Bruce, no puedo ser tu única esperanza para tener una vida normal.”

Christopher Nolan, pese a su nada disimulado efectismo grandilocuente, siempre tendrá motivos para presumir. Sin él un género entero, el de superhéroes, no habría alcanzado los niveles de madurez (y de sobresaturación, todo hay que decirlo) de los que ahora mismo goza. Su trilogía de Batman supone, desde la perspectiva del tiempo, un acercamiento innovador en el que estos personajes, por primera vez, coqueteaban con géneros que el canon siempre ha considerado como paradigmas del cine auténtico y de calidad: dicho con otras palabras, en Nolan asistimos al hermanamiento entre los grandes temas y la injustamente denostada imaginería pop del superhéroe.

Es especialmente significativo el caso de El caballero oscuro (para el que esto suscribe, la mejor entrega, por relevancia dentro de un panorama más amplio, de toda la trilogía). En la desesperada carrera de Batman por derrotar al enemigo que no se puede aprehender, el mito del hombre murciélago alcanza en el cine los niveles del drama humano más intenso.

¿Acaso Rachel es un gran personaje en la película? Para nada. Remito a la crítica que escribió Rafa Martín para Las Horas Perdidas: punto de conflicto, enamorada sufriente, actividad cero. Pero no podemos entender el descorazonador juego de disfraces con el que se recrea Nolan sin ella, sin la pieza fundamental que actúa como desencadenante de ilusiones rotas, anhelos frustrados, pasiones reprimidas.

El Batman que encontramos en la trilogía no encuentra su análogo directo en el cómic. Si en el papel se dibuja a un personaje sometido a sus demonios internos, en el que la humanidad queda aniquilada irremediablemente por una sed de venganza sin fin ni retorno desde aquella noche en que las perlas comenzaron a precipitarse sobre el suelo ensangrentado, Nolan lleva su preocupación por la verosimilitud (que no realismo) hasta el extremo de afectar a los propios personajes: ahora Bruce es un hombre; y siente, sufre.

Si esto es una traición a la supuesta esencia del personaje no me corresponde argumentarlo ahora. Para mí, en pocas palabras, supone una reinvención necesaria.

Porque es sobre ella donde Nolan construye el mencionado juego. El binomio Batman-Bruce parece exponerse como un enfrentamiento entre máscara (el hombre) y realidad (el símbolo). Y ya desde la primera película este es el escollo para que Bruce y Rachel puedan estar juntos: ella asume que no podrá tener un lugar en la vida de él mientras esa máscara siga en pie.

Pero se equivocaba. Esa dualidad es la mayor farsa del juego: solo hay que darle la vuelta para revelar la verdad subyacente. Es Bruce la persona real, la vida normal: aquella en la que no tiene que fingir, ni luchar. Que anhela ser libre de la carga que le está consumiendo física y moralmente.

He ahí el drama. ¿Quién empujó a Bruce a soportarla? Nadie. Se la ha impuesto él mismo. Para sobrevivir en un mundo hostil y quedar triunfante por encima de él ha de adoptar el antifaz; ser otro, un constructo prefabricado. Y su sostén de vida fue Rachel. El único oasis en un mar de máscaras. La única con quien él podía ser él.

Pero supeditar el ansia de vida normal a semejantes anclajes es terriblemente peligroso. Y el problema está en que cada vez se deja devorar más y más por esta falsedad. Llegará un momento en que Batman será su única piel. Una vida convertida en una mentira, ni más ni menos.

Rachel se dio cuenta de que no podía amar a alguien que tenía que cumplir con una apariencia, pero no vio que la realidad no era Batman. El murciélago solo fue la respuesta de un hombre asustado de ser él mismo a una sociedad que exigía máscaras radicales para garantizar su propia tranquilidad, su ilusión de normalidad. Pero Batman no tiene identidad: no usa su nombre, su piel, su historia. No es él.

Y si Alfred le hubiese revelado a Bruce, a quien ha amado como a un hijo, el contenido de la carta, entonces la realidad se hubiese venido abajo. Fue una mentira necesaria. ¿Hubiese soportado Bruce ese sentimiento de culpabilidad? ¿Hubiese aguantado el saber que ha perdido al amor de su vida por no haber podido desechar la fachada a tiempo? Lo dudo mucho. En El caballero oscuro comienza a atisbarse el drama del hombre consumido por el símbolo; de tal forma que en La leyenda renace asistimos a la catarsis final, por la que el símbolo se libera del hombre y viceversa. Aún había esperanza para el auténtico Bruce. Pero Rachel se cansó de esperar. No sé si es legítimo culparla: desde un punto de vista estrictamente narrativo, fue necesario que dijese adiós definitivamente. Actuó como revulsivo para que Bruce se replantease sus ideales y decidiese romper sus cadenas de una vez. Aunque le costó tiempo, mucho tiempo.

¿Pero, acaso es mucho pedir paciencia? Demasiadas preguntas, demasiados juegos. Al final, todo lo cura el tiempo, aunque la purga suele ser larga, intensa y traumática. Porque, claro está, Rachel era la mujer idónea. Tanto, que resultaba inalcanzable. Bruce solo podía encajar con la ladrona de guante blanco que también lucha por deshacerse de la máscara; con una igual.

Otra cosa es que el disfraz termine por aniquilar las posibilidades de futuro con lo que finalmente resulta ser una quimera que no se descubrió a tiempo. Pero eso es otra historia.

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