En la noche de difuntos

halloween

Paseando anoche por Cánovas me crucé con brujas, zombis, vampiros, enfermeras, piratas, arlequines, animales de peluche, un rey mago y hasta William Wallace. Y comprobé (más bien descubrí), no sin cierta sorpresa, que ya no hay vuelta de página: ya celebramos Halloween.

Ha sido una “invasión” lenta, pero intensa. Y no nos ha pasado desapercibida: hemos sido testigos, espectadores mudos de la llegada y asentimiento, gota a gota, del imparable maremoto de esta tradición anglosajona. Proceso que lo audiovisual se ha encargado de potenciar a fuerza de repetición, creando en nuestro alrededor una esfera en la que el “truco y trato” se ha acabado convirtiendo en algo natural. Ahora hemos dado el último paso: de la costumbre pasiva a la participación activa. De los inofensivos especiales de cine/series de terror a los niños que llaman de puerta en puerta pidiendo golosinas.

Si anoche fue especialmente impactante para mí se debió a que nunca había visto esta práctica con tanta intensidad. Llevo años de testigo de hechos aislados, es cierto. Pero ayer toda una ciudad media se había disfrazado. Ni siquiera el Carnaval, tan abandonado en este páramo perdido al extremo del Duero, levanta ni una décima parte del entusiasmo infantil-juvenil que este “Jalogüin”.

Infantil, juvenil. He ahí la cuestión.

Esto es solo un Carnaval más. Una excusa como cualquier otra para ir vestido de fantoche; y en este país, en el que somos todos tan amigos del cachondeo, nos apuntamos a lo que haga falta si viene acompañado de desfase. Yo mismo reconozco haberme vestido en cierta ocasión de monstruo solo para celebrar un cumpleaños, sabiendo que mi disfraz no tenía trascendencia alguna. Aunque anoche, eso sí, no vi los consabidos rasgos de identidad de Halloween: solo una mezcla heterogénea sin mucho sentido. ¿Censurable? A mí me trae sin cuidado. No voy a ponerme purista: cada cual que haga lo que le venga en gana.

Lo que no quita que me duela. Porque bastante ricas son nuestras tradiciones para que, injustamente, por X o por Y se hayan ignorado, convertidas en algo carca, viejo, desfasado. Donde X e Y son la desgana, la desinformación involuntaria, la incultura o el desprecio injustificado. O una mezcla de todo. No soy partidorio de obligar a ver el Tenorio, o leer a Bécquer. Pero ojalá se viese, ojalá se leyese. En cambio, hace ya mucho de su destierro incluso de las aulas. Esa es la pena. Me resigno ya, en el fondo. No soy nada enemigo de que vengan influencias de fuera: es, incluso, deseable, y el más poderoso medio de evolución. Porque ya no celebramos Saturnalias, o alaba a Alá un “ojalá”. Pero la pérdida de todo un acervo cultural me parece preocupante.

¿Vale la pena quejarse por la tradición perdida? Hay que matizarlo. En primer lugar, la tradición nunca es argumento de peso para defender el mantenimiento de una celebración. En segundo, la mezcla y consiguiente pérdida de costumbres es una constante cultural desde que construimos nuestra identidad como pueblos en señas exclusivas hace ya miles de años. Resultado: hemos perdido la batalla. Los monstruos de la Hammer están aquí para quedarse.

Pero me parece cuanto mínimo curioso (y los calificativos más enfurecidos y encendidos me los guardo para otra ocasión) el que este movimiento de masas responda solo a a algo importado sin seso ni conocimiento. No es esta sino la evidencia de que la carga simbólica y emotiva de esta noche se ha perdido irremediablemente. Por encima de credos, países y razas, por alguna razón muy profunda esta noche ha sido siempre la fecha de los difuntos. ¿Y en qué modo refleja esto un disfraz de muerto viviente? En modo alguno, en verdad: en una reformulación repugnantemente frívola y desinteresada. Pero divertida, no hay duda.

Ahora bien, planteo el contrapunto. Y me gustaría saber qué hay de celebración auténtica en la conveniente rememoración de nuestros difuntos en el día de hoy, o en unas castañas asadas que nada significan, o en unos dulces vacíos de contenido. Pero deliciosos, por supuesto.

¿Crítica? Quiero solo exponer hechos objetivos. Las fiestas, en el momento en que se institucionalizan, están condenadas. Abandonadas a una tónica de repetición hueca. ¿Y dónde está la mezcla? Hemos importado sin conjugar elementos; en lugar de esto, hemos seleccionado la moda de turno en detrimento de lo que ya existía previamente. Y Halloween no pasa de ser un paso más de la colonización cultural estadounidense. Una colonización insustancial que ciega. No comprendemos lo que hacemos.

Aunque esto no son sino desvaríos de un servidor, al que le ha tocado vivir un momento de transición cultural muy complejo que le ha dejado estampas en las que pensar.

Anoche me encontré incluso con un Tenorio. Pero entre tanta mezcla era solo un disfraz más.

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