Mientras escribo | Otro día de esos

escribir

“Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir.”

(El último de la fila, Cuando el mar te tenga)

Me dijiste en una ocasión, amigo, que la escritura consistía en la habilidad de ponerse en la piel de otros, de vivir otras vidas, de probar otros nombres. ¿Entonces, el placer de fabular ha de residir siempre en una mentira? ¿Acaso no encuentras satisfacción a tu hambre en el sentimiento cotidiano, en tu propio interior?

Tanto da. No preciso de respuesta. No hay opción única y verdadera. La mano que escribe, lo sabes, es libre.

Otro fin de semana queda atrás. Otro viernes, otro sábado (nunca en domingo, maldito domingo). “Universitas” rige rutina: varias ventanas de Word abiertas, libros sobre la mesa, folios al alcance de la mano. Por desgracia, por ninguno de ellos podrá deambular mi imaginación en necesario desahogo. Los dedos solo garabatearán comentarios de texto, teclearán ensayos filológicos y pasarán folios literarios mecánicamente, atendiendo más bien al deber que los guía que al deseado placer insustancial.

Porque también tengo, al otro lado de la pantalla, una de tantas libretas manuscritas que llevo llenando desde hace años (pocos) con un batiburillo de ideas que en muy pocas ocasiones han llegado a buen puerto. Pero ahí quedan. Y es que es esta mi maldición, asentada ya como droga: no llegar casi nunca a buen puerto. Todavía.

Placer insustancial, he dicho. No me aporta nada, salvo unos (benditos) instantes de desconexión. Un trabajo pretencioso, en cierto modo: no es sino una prueba personal que satisface mis ínfulas de supuesto escritor potencial en proceso. Ahí es nada.

Pero no concibo mi vida sin esos instantes en los que nada importa salvo mis desvaríos, mis debates conmigo mismo en pos de una perfección temática y estilística que, iluso de mí, no llegará a ninguna parte, a nadie más importa. Aun sabiendo que -por lo menos a día de hoy- la escritura no es sino un sueño, déjenme convencer por él, y creer por un momento que es posible.

Y es que libre es la mano, cierto, pero esclava es la voluntad. Esclava del canon, la perfección. ¿Narrar, inventar historias? Es intrínseco a nuestra humanidad, sustento de nuestra alma. Todo el mundo, pues, puede escribir.

Pero Escribir… he ahí el objetivo.

Últimamente estás ansioso. El papel aún está caliente, la tinta todavía fresca mancha tus dedos. Cada palabra te contiene, página a página. Doy fe de tus horas de trabajo que, al fin, dan fruto en una pequeña gran narración. Conozco esa sensación. El orgullo propio, la satisfacción personal. Saber que has sido capaz de superar el reto que todos se han propuesto en la vida.

Pero no te conformas con ello. Sabes que solo has dado el primer (y durísimo) paso. Todavía te queda mucho por recorrer. El punto y final solo cierra la sinopsis, mas no la realidad. Por ahora encerrarás a tu criatura bajo muchas llaves. Dejarás que madure. Y eso, amigo mío, esa encomiable humildad, te honra.

No hay otra actitud posible: hay que superar la afición a juntar letras. ¿Ardua tarea? Nadie dijo que fuese fácil. ¿Vías de acceso? Podemos leer, pero es mejor Leer. Ambos son necesarios, sí, pero los altos objetivos precisan de altos resultados. Hay que girar nuestra atención a aquellos que el canon ha vuelto indispensables: los hitos que marcan tendencia, los que han llevado a la lengua un paso más allá en pos de la imposible belleza.

Y escribir sin pausa ni prisa, para poder, finalmente, Escribir: incluso la historia más irrelevante ha de ser azuzada por una irrefrenable inquietud. No basta con narrar: hay que aprender a hacerlo. La pluma ha de ir empujada necesariamente por una inquietud de renovación continua, un ansia de probar modelos narrativos nuevos y de adentrarse en terrenos argumentales desconocidos. Y de necesaria revisión, autocorrección; aceptación de la imperfección.

Claro que son malos tiempos para la voluntad. Tiempos de manos opulentas que pagan imprentas, de soluciones hechas a golpe de talonario; de una red de redes sin criterio que abre las puertas a la basura; de enchufe, trampa y pucherazo. Tiempos de narcisos. Malditas sean, pues, esas herramientas que permiten sacar a la luz, con inmerecida pompa y boato, los resultados incompletos, insuficientes, impuros. Hinchadoras de egos y, horror, dadoras de alas.

Así que es mejor no dar la cara si no es ofreciendo algo que uno necesite contar. Algo poderoso, intrínsecamente bueno. Y, aún más importante, contrastado por opiniones de peso y autoridad (cuantas más, mejor). Solo entonces podremos salir al exterior. Y, ya sí, que opinen otros.

Amigo, no necesito decir más. Caminemos juntos en pos de ese ideal. Aunque de seguro nos sobrarán horas para llorar: cuando las noches se junten con el día, las palabras encadenen las ideas con mayor inquina, y la impotencia y la impaciencia nos abrasen cual cal viva. Pero podremos (tendremos que) aguantarlo. Merece la pena. No solo seremos “juntaletras”: aspiramos, bien lo sabes, a más. Mucho más.

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(Algún día hablaré de por qué mis libretas son manuscritas. Otro día vendrá un manifiesto en defensa de la mal llamada “literatura de evasión”. Otro día.)

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5 pensamientos en “Mientras escribo | Otro día de esos

  1. Pero yo querido, tan distinto a ti, me conformo con que las letras salgan de mis ojos, con que la angustia un día, o la misma poesia otro, vayan subiendo desde mi raiz y pasando por los tallos de mis venas queden apenas garabateadas en un trozo de papel, y a veces ni eso, a veces sólo trabadas en la zona de mi cabeza donde nace el corazón.
    Debes saber querido, que no se necesita la precisión, ni la perfección, y la gramatica perfecta, y la semántica precisa y el estilo genuíno, quedan ninguneados porque es la emocion la que interpreta el escrito derrotando la literalidad de esas palabras que por fin encontrate…
    Un día te llorarán las entrañas y necesitarás reconfortarlas y en esos ratos no te compararás con nadie ni querrás ser el más grande, y no necesitarás que sepan que existes ni autocensuraras tus formas, porque por encima del miedo a ser un simple juntaletras seras consciente de estar estrujándorte el alma para poder leerla..

    • Curioso el dilema que me planteas. Cuando las palabras salen directamente del corazón (empalagoserías aparte), ocurre que, en la mayoría de los casos, no necesitan perfección alguna: por sí mismas ya son coherentes, , sinceras, descarnadas, intensas. Perfectas, sin más. No hace falta corregirlas; ¿cómo mejorar lo que ni siquiera tiene que mejorarse?
      El sentimiento es como es. No precisa de justificación alguna. Y bajo ese prisma no hay ni buena escritura ni mala; tampoco buena literatura, ni mala.
      No creo en la autocensura de formas: creo en que la escritura debe ser espontánea. La práctica continua nos enseña a desarrollar una práctica en la que automáticamente se discriminan los errores objetivos: los que directamente dificultan la comprensión del texto. Pero si de verdad nuestra escritura quiere estar expuesta a que otros la lean, ha de aspirar a mejorar continuamente. Pero siempre dentro de la necesaria sinceridad que empuja a las letras.
      La perfección es un ideal imposible: ya lo vieron otros muchos en el pasado. Tiene mucho más que ver con el orgullo propio que con la necesidad de ser inmejorables. Pero una búsqueda de perfección no implica que esa escritura sea mejor que la que no aspire a serlo, ni mucho menos; solamente, que espera llegar a ser rica, compleja, que retuerza los límites del lenguaje, que experimente con la novedad.

      😉

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