Mientras escribo | Fantasmas en la habitación de cristal

Maquetación 1

“Escribir es una actividad solitaria. Se apodera de tu vida. En cierto sentido, un escritor no tiene vida propia. Incluso cuando está ahí, no está realmente ahí.”

AUSTER, Paul. La trilogía de Nueva York. Barcelona, Anagrama, 1996, pág. 190.

Cuesta creer en una posmodernidad, cuando aún somos herederos de la modernidad; que repentinamente nuestro conocimiento es esclavo de la imagen, cuando siempre hemos admirado cuadros y emblemas; que nos ha dado por fragmentar y reelaborar indiscriminadamente el pasado, cuando en verdad superándolo marcamos nuestros avances; que nos asfixia la actual desconfianza, cuando la crisis moral ha sido sempiterno motivo de queja.

Y se supone que así somos en este momento: grey perdida, desorientada, desengañada, irreverente, manipulable, artificial, impresionable. Que solo vemos, no razonamos. Que ansiamos la instantaneidad para asentar en ella las pruebas de nuestra frágil identidad. Creemos ser la generación perdida, maldita, contrita, inaudita. Pero no es así. Nuestra única aportación novedosa solo ha sido elevar a condición de Arte aquello que nunca lo fue. Hasta en nuestra definición hemos asimilado un constructo consensuado. Todo lo que aireamos orgullosos como rasgos de identidad exclusiva en el tiempo es, en realidad, un manojo de viejas fotografías. Y, en definitiva, nos hemos quedado solos. Víctimas de nuestro propio engaño.

Y nos ha caído la injusta papeleta de ser los responsables de llevar a la escritura al próximo nivel, de hallar el revulsivo para nuestro polvoriento imaginario. ¿Pero qué ruptura encontrar en una sociedad que en sí es ruptura sin ruptura? ¿Cómo escribir, pues, si todo ya se ha escrito?

A veces, me confiesas, te supera esta responsabilidad que, en realidad, nadie impone.

Emplea Paul Auster un precioso fetiche como recurso narrativo en una trilogía más allá (que no mejor ni peor) de toda convención narrativa, escrita por el puro placer de la reflexión, de alimento para la inquietud, ignorando toda presión de la anécdota: cajas llenas de apuntes; folios manuscritos, proyectos inconclusos, borradores no revisionados, cuadernos de pensamientos y notas. Escritura en proceso, auténtica, sin edulcorar; y, a la vez, proyectada a la manifestación prepotente de la propia genialidad, para un futuro lector anónimo que espera encontrar en esos papeles al escritor desnudo. Imposible decepcionarle; incluso en la intimidad, ha de adoptarse la pose de la exclusividad.

Concibiendo la escritura, pues, como un acto en soledad en un cuarto cerrado donde, irónicamente, tenemos que ser testigos de toda la realidad. Y donde esos apuntes son el germen de la pura creación.

Ciudades de cristal, donde el personaje pierde a su creador y se ve arrojado al sinsentido, al vacío. Múltiples juegos de identidades. Continuo cuestionamiento de las formas. El autor que se desdobla en sus personajes, depositando en ellos parte de su personalidad. Riza el rizo colocándose a él mismo como un personaje más, habitando con sus personajes en el mundo que él ha moldeado para ellos. Dios baja al Edén. Pero no sabe que una vez ponga los pies en él perderá su condición divina y se convertirá en un personaje más, un fantasma, pálida copia de la realidad. Y que, incluso, si piensa en el dios, si repara en que Él le impone su destino, entonces ese dios, ese Poder hecho idea, se convierte también en un personaje más que habita entre ellos, aunque sea de forma inmaterial.

Hasta llegar, incluso, al extremo de la creación que se identifica con el creador, y acaba con él esperando ser libre. Pero no lo será. Una vez muera uno, morirá el otro. Ambos conocían la historia desde el principio, y cuando llegue el punto y final todo terminará. El escritor, folio blanco soporte de tinta negra, es el dueño y señor de sus ingenuos e incultos personajes, simples acatadores de órdenes, que anclan su existencia en él, ahogados en el mar de grafías.

Escribir, amigo, es más que ponerse un disfraz. Escribir es el acto demiúrgico por excelencia. Pensar implica crear al instante. Crear asentado la creación en palabras. Palabras que ni siquiera pueden contenerla, ni siquiera pueden adaptarse al cambio. Cambios que vuelven insostenible a la realidad. Y el lenguaje es una herramienta artificial inútil, aunque necesaria aun así para que podamos sostener nuestra utopía de que somos capaces de aprehender la realidad y nombrarla solo mediante el proceso de recibirla, comprenderla y atarla.

Pero así ha sido siempre. No hay novedad en la posmoderna Nueva York. Aunque me temo que tal vez tengas razón: tal vez la única escritura posible en este mundo caótico no tenga sentido alguno, y deba romper falsamente con lo anterior bajo la ilusión de que no le debe nada.

En un inútil ejercicio de poder absoluto que, finalmente, mata.

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