Simple épica emocional (I)

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Han pasado nueve años, y Shadow of the Colossus ha adquirido el estatus de juego de culto al que parecía estar llamado desde un primer momento. Semejante puesto le convierte en blanco de odios y pasiones. Y es que sus defectos son muchos y evidentes. Pero tal vez sean voluntarios. Tal vez este sea uno de los mejores ejemplos de videojuego que trasciende sus propios límites de producto de entretenimiento masivo.

Hace no mucho tiempo (pocos años, objetivamente, pero en lo emotivo una barbaridad) sabía de videojuegos. Ya no. Atrás quedaron la puntual peregrinación quiosquera a por la revista de turno, la(s) visita(s) diaria(s) a las webs punteras en constante actualización. Y en verdad era mi tema. Solo conocimiento general que no llegó a tocar aspectos técnicos, cierto. Pero sí empezó a especializarse en ferias, eventos, ventas, salidas de productos, polémicas, cotilleos, opiniones. Datos en masa, ya ven.

Se acabó esa etapa. El cambio de generación fue dictatorial: no pude entrar en aquel mundo de privilegiados de la alta definición, los sistemas operativos de impronunciables e incomprensibles nombres, las nuevas consolas que desbancaban a las viejas sin posibilidad de un último estertor. Desterrado, tristemente, de aquel mundo que, hoy en día, ya no reconozco. Cambia demasiado rápido. Pero preferí el cine, la literatura, la música. Y aún sigo siendo todo teoría, poca práctica. Pero elegí bando. Eso es lo que importa.

Elegí un justo medio que aún me permite recordar.

Hubo un momento en el que monté a lomos de un caballo fiel y cabalgué durante minutos que fueron horas a través de una tierra abrupta y baldía. Crucé llanuras verdes, profundos cañones, espesos bosques, desolados desiertos, inquietantes cuevas. Paisaje eterno, naturaleza salvaje, quietud melancólica. Pero yo buscaba la belleza absoluta. Quería encontrar el paisaje definitivo, el culmen de tanta grandiosidad que se desplegaba ante mis ojos y que pisoteaba al rápido galope de mi animal, que espoleaba cada vez con más insistencia.

Al final, al otro lado de una oscura gruta donde olía y notaba en mi piel el frescor húmedo que me imaginaba, se hizo la luz. Estaba la playa.

Y confieso que lloré.

En los confines del mundo, frente a un horizonte de eterno sol y aguas en calma, sobre un acantilado azotado por vientos sin dueño y el cercano arrullo de las olas. Un mar que jamás podría cruzar. Más allá, lo desconocido infinito. Ese mundo era mío. Estaba solo.

Con un único objetivo: matar.

Dieciséis colosos son el inicio, el desarrollo y el fin. Shadow of the Colossus nunca miente: empezando por su título, que augura la sombra de un terror sin nombre, el pavor producido por la pálida réplica a contraluz del enemigo imposible al que, sin embargo, debes derrotar. Una sombra siempre magnifica el tamaño del original (¡cuánto más el de un coloso!). La sombra no se puede aprehender, es esquiva y mutable, pero nos sirve muchas veces de primer contacto con su realidad fuente.

También es simple. Shadow of the Colossus no es más que eso: una pálida réplica de un juego que podría haber sido colosal. Una vez superada la fascinación por su aparato técnico y su boato artístico, resulta que solo tenemos un producto. Envasado esta vez en apariencia de lujo, para inducirnos la idea de que disfrutamos de lo exquisito. Pero en esta ocasión es solo un juego más, y sus imperfecciones no se pueden obviar. Una limitada jugabilidad, excesivamente lineal y poco amiga de las revisitas. Un mapa exagerado, sin ninguna utilidad más allá que el inevitable paseo como medio de exhibicionismo de la perfección técnica. Un argumento desvergonzadamente simple, bajo la excusa del jugador que debe rellenar los huecos vacíos con sus propias conclusiones.

¿Vagancia inconfesable del equipo creativo, o manifiesto atractivo misterio? Quién sabe. En cualquier caso, obliga a la participación activa del receptor en una aventura que tal vez no le aporte demasiadas experiencias más allá de unas pocas horas de desconexión. Tras esto, el precioso empaquetado adornará algún estante, y nada más. ¿Compensan la indudable originalidad del planteamiento y los irrepetibles instantes de primer contacto con el preciosismo tecnológico, manifiesto en una conmovedora partitura y en paisajes que cortan el aliento?

Tal vez no. La experiencia es inmediata, pero el impacto pronto desaparece. No hay alicientes para que la emoción mute y, así, se mantenga estable o creciente. El paisaje sin límites pronto cansa. El coloso que antes sobrecogió se vuelve rutina (y poco compleja para el jugador especializado): uno a uno hasta llegar a dieciséis, y punto y final. La hermosa playa pronto se revela como lo que es: otro pálido reflejo electrónico, pálida copia platónica de la idea primigenia de lo inefable.

Pero aún recuerdo que me hizo llorar.

Una réplica resultó ser tan emocionalmente intensa como su referente real. Y me maravillaba comprobar cómo había logrado también invitarme a seguir en busca de cada maravilla, a perderme en paseos sin descanso, a recrearme en la soledad. Y a implicarme en la épica emocional de la hazaña imposible: la caza de los colosos.

A, en definitiva, asumir con gusto la inutilidad de la belleza.

(Continúa)

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