Tanto como dijeron, creímos ver

 

Podríamos discutir sobre si las Navidades necesitan, para ser auténticas, el blanco, o si más bien es un tópico innecesario, asentado por el archiconocido villancico, postales decimonónicas, la leyenda del Polo Norte y centenares de ideales fotogramas de vacaciones en trineo.

Podríamos discutir sobre la frivolidad de la gran bola de cristal, donde flotan como copos los banquetes y regalos en la atmósfera sonora de la orquesta de Viena, en cómodo y cálido refugio que nos aísla de una exterior lluvia violenta y salvaje.

Podríamos debatir sobre el llamado Milagro. Sobre solsticios, Mitras, dioses del Sol invicto, pastores que no aguantarían el invierno de Belén. Cuánto es mito, cuánto historia. Si hay opciones de que se cumpla lo que prometió en su día cierta Palabra nacida en Israel. Si es ingenuo quien cree que sí. O si no lo es.

Podríamos ser inocentes una vez más (bendito y tópico oportunismo, “luces de invierno, coros distantes, campanas, olor de abeto, ojos llenos de oropel y fuego”), o bien renegar por completo de mágicos reyes, ángeles cantores y rechonchos colorados.

Podemos creer, o no.

Hablemos de cómo nos venden sueños, noches silenciosas, cuentos de hadas. Como nos ha influido para que el cielo que vemos cada noche desde entonces ya no nos parezca el mismo, aunque nos hayamos vuelto escépticos con la edad: o bien abanico de fantasiosas posibilidades, o solo bellas luces muertas, pero no deja indiferente.

Hablemos de la reaccionaria revuelta contra el extranjero, solo para descubrir a su homólogo neerlandés (de nacionalidad muy nuestra). O al Padre Navidad. O al simpático buenhombre francés. Aunque bien es cierto que Claus los ha absorbido a todos. Y nuestras quejas pueden ser justificables, o más bien el lógico rechazo a un momento de transición, de asimilación de un elemento cultural ajeno y dominante, que nos ha tocado vivir. Podemos incluso plantearnos si nuestra identidad no es tan pura como creemos; si no es más que un “todo revuelto” fosilizado con el tiempo.

Hablemos de la pertinencia de guardar dos, tres, cuatro días para celebrar sencillamente la reunión de amigos o el reencuentro familiar. El único sostén de la Navidad-ahora-Fiestas. De cualquier forma, tradiciones que hemos asumido por consenso, fiesta convencional. Incluso, podríamos elevar el tono del debate y cuestionarnos su frivolidad, la buena cara impuesta, malestar que muchos han de tragar, copas alzadas con sonrisas contraproducentes.

Podríamos discutir, en efecto.

Pero, ya en el plano personal, prefiero que por un par de días decidamos ser santos. Pese a la hipócrita fachada. Por lo menos durante unos instantes. No os preocupéis. Durante el resto del año muchas de esas máscaras caerán. No perdemos nada.

De hecho, me pregunto si tal vez solo podemos ser santos si empleamos alguna excusa. Y a esos instantes de paz les es indiferente que los llenen con solo Fiestas, o con un Misterio fascinante e incomprensible. Tanto da. La fuerza de estos días reside en que hemos conseguido, en este miserable punto azul, que unos cuantos millones nos detengamos unos instantes solo a brindar.

Aunque fuera se siga desatando el infierno. También me pregunto si tal vez tenemos la Navidad que nos merecemos.

De modo que, una vez pasado todo el barullo, nos toca otro año por delante. Este debate lo inicia, y también lo clausura. Sin respuestas. Y sigue sin nevar, y sigue sin haber paz en la Tierra para los hombres de buena voluntad. Pero al menos hemos intentado un simulacro. Yo no lo critico. Es más, lo prefiero. Un año más, he decidido darle, porque sí, una especial importancia a la cena familiar, aunque en realidad ceno en familia todos los días. Pero, por alguna razón que se me escapa, en estas fiestas merecía más la pena. Mucho más.

I Believe in Father Christmas (Greg Lake).

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