Placer culpable

Voy a hablaros de dos películas. Un estreno reciente, y el otro no lo es tanto. Dos muestras de los vicios de dos directores tan geniales como polémicos (cada uno en sus estilo), llevados al máximo de sus posibilidades. Y dos pruebas morales (que no moralistas) de primer nivel para el espectador incauto. dos festines de lo prohibido, juegos que le llevan a rincones censurables de nuestra escala de valores, seduciéndonos con su pompa sin que nos percatemos de que nos están conduciendo a nuestra propia ruina.

* * *

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Excesiva, megalómana, frenética, descarnada, salvaje. Una montaña rusa. Tres horas que se hacen largas, pero no pesadas. Pocas veces el cine ofrece un cóctel tan completo como provocador. Hablo de El lobo de Wall Street. No lo dudéis: id a verla.

¿Por qué? Ya no solo por el entretenimiento. Más bien, porque lo último de Scorsese supone una de las experiencias más desagradables que he visto en meses. No me refiero a lo explícito: al desfile continuo de sexo, drogas, alcohol y degeneración. Me refiero al fondo. Me refiero a esa sensación de incomodidad que me martilleaba durante la proyección, usurpando el puesto a una carcajada cada vez más forzada. Claro que el nivel de desfase llega a ser hilarante. Pero llega un punto en el que yo, como espectador, dejo de verle la gracia.

Porque Scorsese retuerce hasta lo grotesco y paródico el efecto de las drogas sobre un excesivo DiCaprio hasta convertirle en un pelele presa de convulsiones, babeos y parálisis. Comprendo que divierta, pero a ver cuántos se plantean lo repulsivo que resulta semejante nivel de degradación. El cine se troncha. Yo no. Veo la comicidad, me río por la exageración, pero me revuelve.

Es entonces cuando El lobo de Wall Street saca sus cartas más poderosas. Y salgo del cine indignado, porque en sus últimos minutos me ha estampado en la cara una crítica, tan convencional como desgarradora, al sistema. Me ha dejado exhausto una película que derrumba mis ya de por sí debilitados ideales de integridad, camadería y justicia. Disfrazada de bestial comedia.

Y que nos habla a nosotros, que ignoramos que en verdad somos cómplices de la rastrera bacanal. Que glorificamos al ladrón y asistimos a sus petulantes charlas donde se vanagloria de sus crímenes, solo porque queremos ser partícipes de ellos. Y me indigna aún más ver cómo el verdadero Belfort aparece en un cameo en el violento (en muchos niveles) desenlace. Cómo el criminal participa en una película que lo deconstruye. No creo que Scorsese le adule. Creo más bien que la desfachatez de Belfort es tal que no le importa esta crucifixión implícita. Es más, tal vez le divierta.

La enseñanza que me llevo está clara: no hay honor entre ladrones; el dinero te otorga el poder de la indiferencia. Y a mí me han metido en la cabeza las maravillas de saber vender un bolígrafo. He ignorado la autodestrucción tanto física como moral que ello implica. Porque no importa. Esto no es una glorificación del desfase. Esto no es una comedia. Esto es una trampa, un larguísimo juego en el que la reiteración es clave para conseguir el hastío del espectador y que la denuncia no parezca puesta oportunamente al final, quedando así en saco roto.

Y he participado en él. Y me odio por ello.

* * *

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Tarantino siempre es una garantía de exceso violento. Tanto en la propia manifestación explícita de vísceras y sangre que inunda cada una de sus películas, como por esa repugnante sensación de culpabilidad que despierta en el espectador ante las implicaciones de ese festín. Culpabilidad, eso sí, inconsciente.

Django desencadenado es tal vez su película más completa. Que no la mejor, ojo. Cúmulo de todos sus fallos y virtudes: explosiones de vilolencia exagerada, al más puro estilo cartoon; larguísimos y geniales diálogos que no parecen relevantes; continuas referencias cinéfilas que reavivan el eterno (y sin rumbo) debate acerca de los límites entre la influencia y el plagio; rocambolescos giros del guión, desigualmente justificados; hinchado metraje que permite la inclusión de bloques narrativos compactos y autosuficientes pero inevitablemente ligados entre sí. Enésima muestra, pues, de un creador de historias que carece de cortapisas a la hora de recrearse en la escritura y su plasmación en imágenes. Y salvaje entretenimiento. Nada nuevo bajo el sol.

No descubro, pues, nada cuando afirmo que Tarantino destaca entre otros directores sobre todo por su manifiesta normalización de la violencia. Muchos creen que la banaliza. En cualquier caso, convierte lo desagradable en espectáculo. En parte, por provocación; por otro lado, sin duda, por enfermiza fascinación. De la mano de un director que nunca ha ocultado sus fetiches: al contrario, los airea y los ha convertido en marca de la casa, nuevos arquetipos que fuerza para satisfacer a un público hambriento de excesos.

Lo más incómodo de esta actitud, esta fascinación, es que me la consigue transmitir. En Tarantino encuentro la materialización más clara (dentro del cine de masas) de nuestra insensibilidad hacia el asco. En Django desencadenado, por enésima vez, me provoca sentimientos contrapuestos. Por un lado, incomodidad ante la violencia. Por otro, la certeza de que, por desgracia, esta forma parte natural de la vida. Solo nos queda un dilema: si puede frivolizarse y convertirse en herramienta para el disfrute. Si puede ser asombrosa por sí misma, sin denuncia ni defensa intrínseca. Y si es lícito divertirse con ella.

Tarantino, al fin, reaviva el debate. Ante él, o nos cerramos en banda o llegamos a un punto de permisividad que hasta justifica la barbarie. Y la manifestación explícita y reiterada de este en pantalla, poderoso soporte audiovisual, ha superado toda la censura. No sé si por consiguiente nos hemos vuelto más fuertes o más débiles. En cualquier caso, ya tragamos una amarga píldora solo porque viene envuelta con fuegos artificiales.

Hasta tal punto que Tarantino consigue, cuando veo Pulp Fiction, que me descojone al ver cómo a un tipo le vuelan la cabeza por accidente en el asiento trasero de un coche. Un instante después, me doy cuenta de que soy despreciable. Y no soy el único.

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7 pensamientos en “Placer culpable

  1. Después de ver El lobo de Wall Street y de asistir a las clases de este curso creo que podría clasificarse este film como esperpéntico. Un esperpento de la absurdez social en la que nos desenvolvemos. Hay una inversión de valores que puede observarse si desde dentro de la pantalla vas más allá de la risa ante un hombre que no puede moverse por la de mierda que lleva encima.

    • Efectivamente. No se me había ocurrido esa comparación (la vi antes de meternos de lleno en Valle), pero me parece muy acertada. Quedarse en la fachada significa pecar de simpleza. Cada vez me asombra más la genialidad de Scorsese por soltar su crítica tras tantas capas de efectismo, y que al mismo tiempo dicha crítica sea completamente explícita. Parece que están erigiendo como valores los “antivalores”, cuando más bien lo que están haciendo es mostrarnos la realidad como es: carente hasta del propio concepto de valor.
      Y, ante eso, ¿qué hace el espectador? Quién sabe. Dejarse vencer implica la autodestrucción. Defender la moralidad te lleva a volver a casa en un apestoso vagón de metro.

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