“Amárach”

Hola a todos. Supongo que estaréis pensando que de momento no sucede nada. Bien, de esto es de lo que quiero hablaros: finales. Hasta ahora, los finales normalmente estaban al final. Pero como todos ya sabemos, los finales sólo son comienzos. Ya sabes, una vez que una de esas cosas se ha puesto en marcha, es bastante difícil detenerla de nuevo. No obstante, ya que hemos llegado tan lejos, pienso que, bajo tales circunstancias lo mejor es que sigamos adelante. Sigamos en busca de este objetivo: nunca finalizar. Siento como aquí, en este país y por todo el mundo están pidiendo a gritos comienzos, ¡comienzos! No queremos volver a oír esa palabra “finales”. Se que todos queremos sentarnos; que todos queremos que sea más fácil. Por supuesto que todos estamos buscando lo mejor. Por supuesto que estamos buscando un buen comienzo.

(Vía)

Hace un par de años me encontré por la red la imagen que tenéis arriba (y que podéis consultar entera aquí).

Viví (vivimos) buena parte de aquello. Solo ahora, cuando miramos atrás, nos damos cuenta del enorme avance ocurrido en una década. En el camino, por el contrario, la asimilación ha sido inconsciente, gota a gota inundando nuestra vida cotidiana.

Ahora han pasado otros dos años más.

Últimamente, y cada vez con más frecuencia, me sobreviene una sensación demasiado extraña: reconozco sus síntomas, sé cómo calificarla, pero no me atrevo a hacerlo; no quiero darle nombre, hacer que exista, demasiado pronto.

Pero ahí está. Atacándome en los momentos más íntimos, rebuscando en mis baúles y haciéndome consciente de mi propio ser. Y de todo lo que implica estar, en un lugar que en verdad no reconozco porque nunca para, y en un tiempo que no puedo comprender.

Cuando relees tus relatillos, poemas, entradas de blog y otras minucias varias que tendrán apenas dos años de edad, puede que algo más, y que ahora no valen para nada; son ingenuas, pobres y simplonas. Pero siguen teniendo tu firma.

Cuando te das cuenta de que El Señor de los Anillos se estrenó en 2001, hace la friolera de trece años. Que hace ya cinco de Avatar. Que incluso recuerdas Gladiator, y Titanic, y que Origen está más atrás de lo que parece a simple vista. Y que en verdad Harry Potter ha marcado a toda una generación y ha cubierto una etapa de tu vida entera: en verdad pusiste punto y final a tu infancia cuando, con quince años, leíste la última página de Las Reliquias de la Muerte.

Cuando sabes que este año volverás a disfrutar con una cinta de X-Men, y recuerdas que la primera la viste con apenas ocho años, en unos cines que ya ni siquiera existen.

Cuando entras por casualidad en la web de películas que aún solo te permiten ver su tráiler en un reproductor birrioso o descargarlo a duras penas; y es que hubo un tiempo, no tan lejano, en que no había páginas independientes de soporte de vídeo. Hubo un tiempo en que no existía Youtube. Y lo recuerdas.

Cuando ves que ya no te conectas a Tuenti desde hace ya… ni se sabe. Y que el Messenger ya desapareció.

Solo son recuerdos circunstanciales, referencias con las que empezar a contar. Uno, dos, tres, más. El caso es catalogar, ordenar el tiempo. ¿Y qué son cuatro años? Nada, en realidad. Se pasan en un suspiro. Se almacenan en los dedos de una mano. Se coleccionan. Cuatro años pasaron entre el estreno de El Caballero Oscuro y su continuación, La leyenda renace. Pudimos aguantarlos. ¡Pero vaya si cambiamos en ese tiempo! Cuánta gente llegó, cuánta se fue, qué lejos queda el chaval de dieciséis años vistiendo un enorme murciélago en el pecho, y qué lejos también el que tiempo después, con veinte, cerró la trilogía. Y solo han pasado dos años desde entonces. ¿Solo?

Ahora ha llegado otro cierre. Y también de apenas cuatro años, pero en el fondo sabes (lo has sentido, lo has vivido) que han durado muchísimo más.

Recuerdas cómo, en el principio, frente al aula, apenas te atrevías a hablar en público, y te das cuenta de cómo ahora, aunque no seas un orador que parta la pana, al menos te lanzas a ello sabiendo que no es el fin del mundo.

En fotos de hace cuatro años reconoces en ella unos gestos familiares, que aún hoy se conservan, aunque el reflejo es mucho más niño.

Y unos chavales más pequeños (¿recuerdas cuando pensabas que una diferencia de edad de dos, tres, cuatro años no significaba nada?) te escuchan con atención mientras les explicas una lección de lengua, otorgándote una veteranía de la que en verdad aún no gozas.

¿O tal vez sí?

¿De verdad voy a tener que tragarme el cuento de que “aún nos queda mucho”? ¿Nos quedan por tachar experiencias nuevas, o solo remakes sobre lo ya vivido? No descubro nada nuevo con estas palabras, lo sé. Pero resulta que estoy convencido de que se entra muy pronto en esa larguísima etapa en la que se nos permite tener nostalgia del pasado. El síndrome de los jóvenes viejos.

Y piensas en aquel chaval que entró en la primera clase. Le ves aún muy ligero, libre de tantas primeras veces que ahora, por fin, atesora. Darías lo que fuera para que entrase en ella gordo, satisfecho, a punto de reventar. No le vendría mal despertar.

Comenzó ese periplo (no tan épico, sí tan emotivo) mudo, y ahora ya sabe hablar. Venía de unos años que, hasta el momento, fueron preciosos, cruciales, el prólogo a un mundo nuevo. Ahora siente, sabe que, de tener la posibilidad, nunca escogería volver a vivirlos. Están muy bien donde están, brillando en un pasado que ya debe quedarse atrás.

Pero todo en esta vida se estructura por etapas. O más bien nosotros, a posteriori, creamos los cajones donde guardar el material que tanto nos impacta pero que no podemos aprehender. Tanto da. Ahora ese chaval (ya no tanto) cierra otro capítulo. Y, este sí, a este sí querría volver.

Y es que los cuatro años en los que de verdad le ha cambiado la vida han pasado muy rápido. Maldita sea, se han ido demasiado rápido.

Todo lo que resta es “mañana”.

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