Puños limpios

héroesocial

-Llega un momento en el que el sistema falla, las normas dejan de ser armas y se convierten en ataduras que permiten que el mal se salga con la suya. Puede que un día tengas que enfrentarte a una situación de crisis, y ese día espero que tengas un amigo como lo tuve yo… ¡capaz de ensuciarse las manos para que tú las puedas llevar limpias! (Comisario James Gordon)


-Son las personas que te creen un canalla por tener las agallas de arrastrarte en el fango y edificar un mejor futuro. Y la idea de que esas personas hoy lo festejen, me enfurece. (Alexander Pierce)

 

AVISO: revelo aspectos importantes de la trama de las películas Capitán América: el Soldado de Invierno y la saga de El Caballero Oscuro. Lean bajo cuenta y riesgo.

En un momento crucial de la segunda película del Capitán América, el héroe, una vez que ha descubierto la mastodóntica conspiración que amenaza al futuro de todo el mundo, recupera su antiguo traje de los años 40, pieza de museo, y se lanza en misión suicida para acabar con una poderosa organización terrorista (con aires mesiánicos de errada salvadora global) que se ha infiltrado en el servicio de inteligencia norteamericano y que pretende dominar el mundo por medio del espionaje y el genocidio masivo.

Ahí es nada. Nos tragamos al tío Sam sin darnos cuenta.

Seré claro desde el principio: me parece terriblemente irónico que The Dark Knight Rises sea denostada por su maniqueo mensaje civil, mientras que el Capitán América: el Soldado de Invierno sea alabada por “presentar una certera visión de la realidad”. Lo que no quita, ojo, que ambas me parezcan películas más que notables, estupendos entretenimientos y desenfadadas experiencias de cómic. No pido más.

Pero volvamos al tema. Y es que creo que, una vez más, confundimos los medios con los fines. Ni Nolan ni los hermanos Russo se plantean denunciar una situación social; simplemente toman elementos del contexto actual para configurar sus películas (productos ante todo, no lo olvidemos) y conseguir que sea más cercanas a la sociedad a la que las dirigen: primordialmente, público joven, entradas fáciles, consumo asegurado. ¿Interesan, entonces, los grandes dilemas? Para nada. Solo se necesitan pequeñas pinceladas para simplemente hacernos creer que hemos asistido a películas de hondo calado social. Y no es para tanto.

Entonces, ¿consigue algo la nueva cinta del Capitán por “atreverse” a tratar temas políticos? ¿Acaso sirve como denuncia su representación de la corrupción del sistema? Ni mucho menos. Bajo mi punto de vista, no se distancia en gran cosa de The Dark Knight Rises. Ambas arañan solo la superficie. Ahora bien, reconozco que el Capitán gana por goleada: en el proceso, es mucho más sutil. Cuesta más rascar para darse cuenta de lo que de verdad esconde. Batman, por el contrario, era mucho más tosco: una maldita bomba nuclear.

Pero sabemos cómo funciona este asunto. Que el verdadero hito en todo el género fue El Caballero Oscuro, y que Marvel por fin ha alcanzado su madurez en esta segunda entrega del Capitán América. Pero que ahora Nolan ya cansa (es lógico: demasiado retoricismo efectista agota al público), y que Marvel está en su mejor momento. Y, sin embargo, tanto en el caso del cruzado de la capa negra y las orejitas puntiagudas como en el del  adalid de las barras y estrellas nos encontramos con lo mismo: cintas de acción estándar mezcladas con nuevos aires. Y ninguna se atreve a ir más allá. Aún estamos esperando la verdadera bomba atómica. Aquella que no se quede solo en la denuncia explícita, superficial y oportunista, para nada casual. Aquella que, por fin, lleve la coletilla “no es de superhéroes”.

(Otra cosa es que, para mí, El Caballero Oscuro tenga mucho más valor por ser la primera en ofrecer esta hibridación. Pero de eso ya hablaré otro día)

Dicho esto, lo que de verdad debería llamarnos la atención es el trasfondo. En cómo bajo la apariencia hay verdadera ideología. Que en esta simple entrada no pretendo criticar, sino señalar sin más.

Veamos, por ejemplo, el dilema del Capitán América. El enemigo está dentro del sistema (y, qué curioso, tiene reminiscencias soviéticas: los rusos, siempre los rusos). Y el enemigo espía. Y espiar es malo porque compromete la libertad de la ciudadanía. Hacer el bien por encima de la democracia, por tanto, es contraproducente.

¿Qué hacer? Que el Capitán se vista de nuevo con su uniforme original. Volver a los valores antiguos, de la Segunda Guerra Mundial. Cuando había símbolos y significaban algo. No como ahora, cuando son motivo de risa (recordad el tratamiento paródico del personaje en la primera película, o la conversación entre el Capitán y Coulson sobre la necesidad del uniforme en Los Vengadores). Porque estamos en una época caótica y compleja. La gente está dispuesta a sacrificar su libertad con tal de estar segura: esa es nuestra mayor debilidad. Ergo, necesitamos símbolos: regresar a tiempos puros donde todo era blanco y negro. Ya no es hora de mancharse las manos: el país debe expiar su culpa tras haber comprometido el derecho a la intimidad de millones de ciudadanos por todo el mundo, creyendo que ese era el precio a pagar a cambio de seguridad global.

Algo parecido sucede en Batman. Ya en la polémica escena de los ferris de El Caballero Oscuro vemos atisbos de lo que quiere colarnos Nolan: la democracia no funciona, y las soluciones “justas” apoyadas por la mayoría no son siempre las moralmente correctas. Y es que la moral siempre está por encima, impidiendo que pulsemos el botón rojo: pero no porque demos crédito a un sistema de valores, sino porque carecemos de responsabilidad alguna para asumir las nefastas consecuencias.

En The Dark Knight Rises la situación es mucho más simple: fuera experimentos sociales; aquí interesa una burda ofensiva frontal entre policías y terroristas. Buenos contra malos. No hay grises. Los personajes potencialmente indecisos, entre dos tierras, como la prometedora Catwoman, acaban derivando al bando luminoso. ¿Por qué? Porque el oscuro mata, tortura, miente con la idea de la libertad. ¿Y qué es la “libertad”? La tierra del “haz lo que quieras”, la venganza de los oprimidos contra los ricos egoístas que han estado aprovechándose de la miseria para llenar aún más sus bolsillos. ¿Ven el dilema? Una revolución justa y reivindicable que acaba convertida, en manos de un terrorista enemigo de la “civilización occidental”, en una barbarie, un “todo para todos y por encima de todos”, una masacre en la que el individuo (in)civilizado se vuelve un aliado del Mal. El Terror. El resto del pueblo decente no puede sino esconderse en su casa, sin quejarse.

El que camina sobre hielo en The Dark Knight Rises es el propio Nolan, porque corre el riesgo de equiparar a los movimientos ciudadanos pro-derechos sociales a una masa furibunda e irracional. En el Capitán América juegan mejor sus cartas aunque la jugada sea la misma: el contenido “polémico” se infiltra sigiloso, como un buen espía.

O tal vez no. Tal vez ambas solo sean denuncias a los manipuladores de masas, que desvirtúan una protesta justa. A tipos como Bane o Hydra, dictadores sin más e instauradores de un régimen del miedo. Y contra ellos todo está permitido. Incluso saltarse el sistema.

¿Cómo? Por medio de los amigos de las mallas de colores. ¿Qué pintan en este juego? Sencillo: actúan por encima de la ley pero para defenderla. El Gobierno no puede desprenderse de ellos, porque son los únicos dotados con las habilidades necesarias para solucionar los entuertos. Son la herramienta perfecta para realizar las acciones que física, moral y legalmente nos superan. Legitimados para atacar, y nadie rechista.

Pero ahondar en ese tema superaría los límites de esta entrada (ya de por sí demasiado abultada). Implica adentrarse en los puntos intermedios, en el esquivo antihéroe, en las desmitificaciones del arquetipo de la mano del cómic de los 80, en la polémica figura del héroe que destruye el sistema para construir otro nuevo más justo. Implica definir incluso una idea de justicia. Implica hasta comprender por qué Los Vengadores es, hasta ahora, la mejor película de superhéroes de la historia: el enemigo en ella es común y no ataca a ideología alguna; solo se expone como amenaza un exterminio humano sin juegos políticos de por medio. Punto final.

Y es que la mejor solución es no complicarse nunca de esta manera y ofrecer lo que un superhéroe es en el fondo: diversión sin más; amenazas increíbles, irreprochables e incuestionables, no individualizadoras. Todo lo demás son solo excusas para que un bloguero cualquiera, al igual que otros, gaste su tiempo en diatribas que no llevan a ninguna parte, sobre películas que, tal vez, no lo merecen. En lugar de, simplemente, cerrar la mente y disfrutar. No sé. Será que nunca me lo he planteado.

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3 pensamientos en “Puños limpios

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