Lo “medieval”

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Escuchen esta versión del sobrecogedor Stella Splendens, dirigida por Gregorio Paniagua. Y ahora esta otra, dirigida por Jordi Savall. Y comparen.

No estoy en posición de criticar (positiva o negativamente) la labor musicológica de ambos estudiosos; desde mi profunda ignorancia de los aspectos prácticos y de las técnicas de investigación en este campo, solo puedo subir el volumen, cerrar los ojos y dejarme envolver por las diferentes interpretaciones de una de las piezas más hermosas de toda la música universal.

Ahora bien, sí es apreciable para cualquier oído, culto o lego, una importante diferencia de concepción en cuanto al tono de esta danza. Una versión oscura, solemne, espiritual, frente a otra viva, jubilosa, llena de luz.

La dualidad que aprecio en estos ejemplos me lleva a traer a la palestra un eterno debate: la idea de una Edad Media oscura y deprimente, dominada por la superstición y la incultura, plagada de dolor irracional violencia, contagiada por la enfermedad y el terror; frente a ella, un período fascinante, heredero directo de la tradición clásica y plagado de reformulaciones del saber antiguo más que de su abandono, y sufriente de las mismas vicisitudes negativas que cualquier otra época de la Historia.

Y como idea que engloba todo este enfrentamiento, lo “medieval”.

Tal vez no haya un reto más acuciante para los que somos apasionados del Medievo. Lo “medieval”. El tópico eterno; la imagen que, en sus múltiples manifestaciones, contamina con tantos estereotipos y dificulta toda labor de investigación que pretenda desmitificar y devolver a uno de los períodos más importantes de nuestra Historia al lugar que le corresponde: el conocimiento completo y veraz, lejos de ideas preconcebidas.

No fueron pocas las veces en las que se mencionó a este “enemigo” invisible y cruel, durante las dos jornadas del II Congreso de Jóvenes Medievalistas que se celebró en Cáceres el pasado mes de octubre. En calidad de comunicantes intentamos arrojar un poco más de luz sobre interrogantes que aún a día de hoy actúan de escollo, ofreciendo nuevas interpretaciones a partir de las más variadas fuentes. Pero como asistentes recibimos indiscriminadamente incontables y constantes bofetadas en la cara: folios de cuentas, esculturas, castillos, diarios, cantares de gesta, espías, fachadas, archivos, y un largúisimo etcétera de registros, datos, manifestaciones y recreaciones. Y la convicción resultante de que son tantos los detalles que plagan mil años de historia que resulta imposible abarcarlo todo: solo quedó asumir (me aventuro a augurar que a todos los participantes nos ocurrió lo mismo) que ser un buen medievalista es muy ardua tarea, cuando no imposible.

MercadoMedieval_Caceres

Poco después, en la misma ciudad de Cáceres, se celebró el Mercado Medieval. Una oportunidad para cruzarte con bufones, puestos de carne asada y vino especiado, tiendas de embutidos y dulces, animales salvajes correteando por las calles. También para encontrarte con “mallas” de tela, pícaros salidos de una novela renacentista, marroquinería y bisutería sofisticadas, armas de decoración, juguetes de cuerda y libros impresos al por mayor. Y, cómo no, guitarras eléctricas, músicas del mundo demasiado contemporáneas, y zapatillas de deporte en los pies de los tenderos. Ese año, como extra, incluso una llama inca y un yak tibetano.

Una mezcla ecléctica que atiende a un único criterio: es “medieval”. Y es que en la imaginación colectiva mil años de historia quedan reducidos a los mismos lugares comunes. A una época de juglares, príncipes y princesas, reyes todopoderosos, dragones, caballeros de armadura completa, templarios, oscuridad y peste, inquisición y brujería. Todo lo que parezca “antiguo” tiene cabida.

Descuiden, no lo critico. Es el único modo de aprehender cómodamente los infinitos recovecos de una época compleja. Por desgracia, este es el país en el que nos ha tocado vivir: donde la Historia apenas importa salvo a unos pocos (mis bendiciones para ellos). ¿Cómo, pues, aspirar a alcanzar el nivel del extranjero (las recreaciones históricas multitudinarias, el apoyo institucional a la investigación, la conciencia de formar parte de un tapiz histórico identitario) si no hay un caldo de cultivo que lo propicie? No podemos construir el tejado sin asentar los cimientos.

Y aquí estos parten necesariamente de estos mercados “medievales”. ¿Y es que acaso buscan la fidelidad histórica? Para nada. Son un mercado más. Artesanía, gastronomía. Cómodamente etiquetados por su propia voluntad en un conglomerado costumbrista. El único escenario donde el debate se soluciona tajantemente: una agradable copa de vino servida en un tosco vaso primitivo; resulta que en épocas siniestras también se lo pasaban bien.

Lo que me apena es comprobar cómo en ellos el pseudo-juglar se cruza con la llama del continente aún desconocido. Cómo el necesario constructo didáctico degenera en patochada, convirtiéndose en el retrato de una época condenada a ser la era de los exotismos y la incultura. Injustamente denostada. Porque cierto que hubo horrores, pero también color, inquietud, vida.

Tal vez debamos encontrar el punto medio entre la fealdad grotesca de El nombre de la rosa y el idilio pop de Destino de caballero. Sería la herramienta ideal para derrumbar tópicos, sean cuales sean. Porque lo peor que le puede pasar a una realidad es que se le dé un nombre propio que la designe,  la fosilice en un tópico susceptible de ser imitado. Entonces ya nadie se atreve a ser natural. Todos buscan imitar la copia.

Pero de eso ya he hablado (y hablaré) en otras muchas ocasiones.

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