Mientras escribo | Noble e implacable amo

camaleon

[…] Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal y luego hice un descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y entonces cayó el látigo!

[…] Mis tareas literarias me tenían enteramente ocupado: el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de construir los párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin. Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días. 

(Truman Capote. Música para camaleones. Barcelona, Anagrama, 1994)

Me propuse abordar la lectura de El perfume no solo por su halo “mítico” de clásico contemporáneo, sino también por un interés más puramente, digámoslo, “profesional”: quería comprobar cómo el autor, Patrick Süskind, hacía posible que un personaje “abominable y genial”, monstruo culmen de la inmoralidad, sostuviese un relato entero.

Pero no voy a hacerlo. He desistido al poco de empezar. No soporto tantísima crueldad, no va conmigo el estilo forzado y objetivo de las andanzas de Grenouille. Que seduzca a otros.

Aunque seguiré formándome en otras lecturas semejantes. Necesito aprender cómo hacer que el lector ame a un personaje con un innoble y censurable conflicto, con el que a priori es imposible empatizar. Porque, al fin y al cabo, eso es la ficción: lograr enganchar al lector con un reflejo sus emociones y anhelos. Aunque sea un reflejo oscuro.

(Y, si fuese posible, espero que algún día puedan leer el resultado en una obra de mi puño y letra)

Ahora he decidido regresar a Capote. Inefable Capote. Autor que siempre me sorprende con su universo suspenso en el espacio y el tiempo, donde la evocación es más importante que el desarrollo de una anécdota. Necesitado de alguna lectura por placer, he entrado de lleno en la Música para camaleones. Y grata ha sido mi sorpresa al encontrar, antes de la narración propiamente dicha, un pequeñito prólogo.

No he aprendido a valorar al prólogo como indispensable componente en el conjunto textual hasta hace muy poco. Muchas son sus cargas implícitas: las alabanzas propias y autosuficientes del ego del autor; la justificación (¿es que hace falta?)  exhibicionista de lo que vamos a leer a continuación; la resabida concepción de la escritura como trauma; la desesperada necesidad de aprobación; la creencia en que a alguien interesan los lloriqueos de un solitario esclavo de una actividad ociosa.

Y, lo más importante, las impagables reflexiones sobre el oficio de escribir que caracterizan al escritor de turno. Sean sinceras o solo fachada complaciente. Qué más da: hasta en la escritura de la mentira, siempre interesante, podemos rastrear la verdad.

Sí: algunos leemos los prólogos. Es un modo más, en este aislamiento voluntario, de no sentirnos solos. De saber que hubo antes otros tantos semejantes que se enfrentaron gradualmente a las mismas (y progresivamente más intensas) inquietudes que nosotros.

Habla Capote de talentos innatos que implican por consiguiente la flagelante responsabilidad de corresponderlos. De un placer que se vuelve necesidad, luego un trabajo. Y de acuciantes dilemas creativos que desembocan (espera) en un único fin: la perfección del estilo; conseguir que la distancia entre el fondo de ideas y su inevitable e imperfecta realización escrita sea la menor posible.

Evidentemente no quiero presumir tanto como Capote (aunque crea firmemente que el escribir es la tarea “elitista” y “egocéntrica” por excelencia, entiendan las comillas, pero eso es otra cuestión), ni creer en dones, innatismos, genialidades y demás morralla presuntuosa. Pero no puedo evitar sentirme también en una posición “ideológica” muy parecida.

Hace un año terminé mi primera novelita. Quien me conozca sabe que, tras tanto tiempo de ideas yermas solo promulgadas pomposamente, poner punto y final a un texto es, para mí, un pequeñito logro. Pero insuficiente. La máxima de que “el auténtico valor de la escritura reside en el reposo y la corrección” se reveló más dolorosamente cierta que nunca. Y descubrí tener delante solo un puñado de folios inútiles.

Así estoy ahora. Llevo un año macerando en silencio ese germen de tinta ya no tan fresca: a esperas de una relectura, reflexiono sobre su contenido y ya preveo algunos cambios. Llega la larga etapa de la corrección. Lo que entonces fue el fruto de una placentera temporada sorprendentemente inspirada (la escribí relativamente rápido) ahora ha de pasar por la criba de la profesionalidad.

Y esta no es nada gustosa. Ya no solo que escribir sea un triste “vicio solitario”. Más bien, se trata de asumir que quien quiera profesionalizar su pluma ha de convertirla en un oficio. Ergo, en constancia y sentido crítico. Hasta que tu texto, antes amado, sea ahora odiado objeto de trabajo.

También completé hace un año un pequeño poemario. Ahora no me sirve en absoluto: tras todo este tiempo no me reconozco en esos (imperfectos) versos escritos en un arrebato. Decía Bécquer que no escribía cuando sentía: superó así el sevillano el Romanticismo simplemente con “solo” renegar del automatismo y la escritura rabiosa y repentina. Yo desconocía entonces esa máxima, y fallé estrepitosamente. Si ahora quisiese recuperar esos poemas tendría hasta que remodelar un fondo en el que ya no me reflejo.

Ya lo ven. Los que nos hemos decidido a dar el salto no solo seguimos siendo “juntaletras”: también perdemos nuestro tiempo en reflexiones irrelevantes. Nuestros propios prólogos. En verdad, el único modo que tenemos de fijar nuestras opiniones para, en última instancia, formalizar nuestros propios Mandamientos. Y, así, evitar traicionarnos a nosotros mismos.

Espero que algún día puedan leer el resultado. Aguarda aún, junto a esa idea del protagonista deleznable, pasar de la potencialidad al hecho. Así que cruzo dedos, y sigo trabajando. Qué remedio.

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