La guardiana higuera

Cáceres,_Palacio_de_Carvajal

–¿No sabes que aquí tenemos nuestra propia torre inclinada?

–¡Qué dices!

–Ven. ¿Ves esa torre redonda que hay al lado de la concatedral? Vale, quédate aquí quieto. Ahora, gira la cabeza hacia tu derecha. Solo la cabeza. ¿No ves que solo se pega a la pared de la iglesia la parte superior de la torre?

–¡Es verdad! ¿Y eso?

–Defecto de construcción, terreno inestable (recuerda que nuestro suelo es calizo)… A saber. La gente, sin embargo, cuenta una historia bastante peculiar.

–¿Cuál?

–Ocurrió hace mucho, mucho tiempo.

*

>> Olvídate de los libros de Historia: poco nos pueden aclarar, mucho nos pueden desmentir. Lo importante es lo que estas piedras encierran, que se escapa a la fría crónica.

>> Cáceres siempre ha sido tierra de poderosas familias. En el tiempo en el que ocurrió este suceso, el heredero de los Blázquez consiguió concertar un matrimonio muy provechoso con la hija más pequeña de los Carvajal. Evidentemente, este enlace otorgaría suculentos derechos de título y potenciales riquezas crecientes para ambas familias. Eran los tiempos del Nuevo Mundo, un pastel demasiado tentador como para no agarrar un pedazo, y con esta unión la apertura al Edén al otro lado del mar Océano estaba asegurada.

>> Así, la boda tuvo lugar durante el otoño. El marido era mucho mayor que la joven, pero esto no era problema: ella ya había florecido poco antes, de modo que era una segura promesa de descendencia. Ambos se trasladaron a la casa de los Carvajal: esto contravenía la tradición, puesto que era la mujer quien debía habitar en la morada del marido. Pero él era orgulloso y codicioso, y veía su enlace como una conquista: viviría en tierra de su nueva y fragante posesión.

>> Ahí entra en juego la torre: se cuenta que el día de la boda, nada más salir de la iglesia y sin retrasarse ni un segundo más, ordenó preparar en lo más alto la habitación marital. Simbolizaba así su dominio sobre la rama de los Carvajal: estableciendo el signo de la unión, el cuarto de donde surgirían los frutos, en la imponente torre, en tierra de su esposa, situaría allí un recuerdo para todo Cáceres y para ella misma de su matrimonio, las riquezas que este prometía y, en definitiva, su posición de masculina superioridad. Ahora Blázquez era el señor de dos casas. Y desde la torre, si bien no dominaba toda la ciudad, sí gozaba de una vista que, ahora sí, se quedaba pequeña ante las expectativas de futuro.

>> Él nunca durmió allí, por cierto. Digamos que empleó la habitación con su esposa para fines más… interesados. Quedó, así, como sutil prisión para ella.

>> Ahora, ven, sigamos por esta calle. Por aquí está la reja del muro. ¿Ves? Bajo la torre se extendía, al igual que ahora, un pequeño y recogido jardín, donde entonces también destacaba la higuera.

–¿La que es centenaria?

–Exacto.

>> Cabe señalar que la esposa era muy devota del Santo Crucifijo de Santa María: devoción, seguramente, impulsada por el temor producido por las numerosas y fúnebres leyendas que acompañaban al negro del madero. Pero, aun así, ella fervorosamente se arrodillaba cada mañana, sin falta, ante su apreciado Cristo.

>> Ven, vamos a entrar en el palacio. Seguramente el jardín esté aún abierto.

–De acuerdo.

–Ya lo puedes imaginar: era un panorama demasiado optimista como para ser cierto. Siempre tiene que haber algún escollo.

>> Y este era, evidentemente, un matrimonio infeliz. Porque ella era aún una niña, sola ante un mundo demasiado complicado; adorada por su padre, cierto, pero obligada a convivir de por vida con un marido al que no amaba; enfrentada al peligro de alumbrar vida, objetivo acuciante para una doncella. Educada como fue para una vida de sufrimiento, la realidad más allá de los libros fue como un jarro de agua helada para el que no estaba preparada. El futuro, obviamente, no era nada alentador.

>> Y entonces nos encontramos con el tercero en discordia: en la primavera siguiente una delegación de los primeros colonos extremeños del Nuevo Mundo llegó a Cáceres para establecer los primeros acuerdos comerciales con los Blázquez, con vistas a hacer realidad sus sueños de riqueza allende los mares. Eran hombres curtidos en experiencia, que habían conocido a los que luego fueron grandes nombres de la conquista: tal vez Cortés, tal vez Pizarro, tal vez Orellana. Nos es indiferente.

>> Pues lo que de verdad marcó el punto de inflexión en esta historia fue un joven escribiente. De edad aproximada a la de la joven esposa; carácter tímido y reservado que le hacía aún más enigmático y apuesto; sabía leer y escribir, y se había nutrido con los más maravillosos poemas del por entonces recientemente fallecido Garcilaso; y había visto las maravillas de aquel apasionante territorio desconocido.

>> Cómo no, ambos quedaron perdidamente enamorados a primera vista.

>> Y, sí, ella estaba ya casada. ¿Pero qué más daba su compromiso sellado ante Dios, siempre y cuando su amor tuviese lugar a escondidas incluso del Altísimo? Si para ello tenían que refugiarse en los rincones más recónditos del conjunto monumental, que así fuese.

>> Pues por debajo de los palacios se extendía toda una red de pasadizos secretos. No era algo extraño entonces: algunos eran herencia medieval, de cuando era necesario establecer salidas de emergencia para los nobles en caso de asalto; otros comunicaban las iglesias con otros palacios o con el exterior de las murallas; otros servían de entrada desde las juderías de extramuros hacia la ciudad; pero otros, los más, conectaban palacios, seguramente como resquicios de antiquísimas relaciones amorosas de las que las tácitas piedras fueron testigos.

>> Por aquí debajo circula uno de esos pasadizos. Y puesto que la mujer no podía escapar de la perpetua y atenta protección de su casa y la torre, y el joven se hospedaba en la casa de los Blázquez, decidieron emplear ese sistema subterráneo para que él, cada noche, se deslizase sigilosamente hasta una entrada secreta situada bajo las raíces de la higuera del jardín. Justo donde ahora estamos. Allí ella le esperaría fielmente.

>> Y así, durante noches, se entregaron al amor, abrigados por el cobijo de la noche silenciosa y el susurro de las ramas, encendido su deseo, azuzados por lo prohibido, hasta que el alba marcaba el punto y aparte de los versos de amor eterno.

>> Como era de esperar, no pudo durar eternamente.

>> A ningún vecino se le escapó que la torre de los Carvajal, que anteriormente se erguía enhiesta y orgullosa, estaba comenzando a inclinarse. Las raíces de la higuera se extendieron, fortalecidas, sin control, afectando a los propios cimientos, resquebrajando las piedras. Mientras, los dos amantes cedían cada vez más a su pasión.

>> De alguna manera, el marido acabó descubriendo la relación: tal vez atisbó un cambio en el carácter de su esposa, que desechaba su anterior actitud taciturna y ahora se mostraba feliz y animada; otros opinan que una criada les descubrió, y corrió a avisarle; otros prefieren una solución novelesca, y sostienen que el marido les había estado observando cada noche desde lo alto, desde el dormitorio vacío.

>> Seguramente planeó vengarse, pero se le abrían demasiados inconvenientes: un duelo haría público el deshonor; cerrar el único pasadizo de una casa que, al fin y al cabo, no era suya, llamaría la atención; tampoco podía expulsar a los delegados que aseguraban su futuro negocio; un asesinato a escondidas suponía un gran esfuerzo para él, un hombre de naturaleza cobarde. Pero lo que le faltaba en arrojo lo compensaba en astucia. Y dinero: mucho, mucho dinero.

>> De modo que ideó un escarmiento ejemplar. Desembolsó una cuantiosa suma para, en un aparente arrebato de devoción cristiana y de amor hacia su mujer, ordenar la construcción de una capilla en la Iglesia de Santa María, donde se situaría al Santo Crucifijo.

>> Pero la venganza del marido fue mucho más endiablada que un sencillo encargo, pues la capilla estaría orientada directamente hacia el palacio de los Carvajal.

>> Es esa que tienes justo a tu espalda. Date la vuelta, eso es. Al otro lado de la verja. ¿Ves la ventanita que hay ahí arriba?

–Sí, la veo.

–Cuando estuvo terminada, la esposa, que aun durante su infidelidad no faltó a su rezo diario, se arrodillaba ante el temible y prohibido Cristo que, en su infinito dolor, ahora extendía sus inquisitivos ojos cerrados, juzgándola, condenándola. Por encima de la imagen esa pequeña ventana dejaba pasar la luz divina, que caía, ardiente, sobre la adúltera. Y ella sabía que, tras el Cristo, tras la sólida pared, estaba su hogar: el jardín donde había caído en el pecado más vil; la casa de la familia a la que había deshonrado sin consideración; y la torre que simbolizaba el enlace sagrado y eterno que ella había roto. Sabía que la construcción de la capilla no había sido casual: su marido les había descubierto, y en silencio, sutilmente, les obligaba a romper. Y lloraba patéticamente suplicando misericordia.

>> En esta historia no hay fantasmas que recorran las callejuelas de la Parte Antigua para encontrarse y gozar eternamente del amor. No, no hay finales felices. La despedida fue en extremo dolorosa. El joven escribiente marchó al Nuevo Mundo. Pocos más tarde murió, presa de una fiebre desconocida por entonces.

>> Sin duda, la noticia acabó por derrumbar a la pobre niña, que veía cómo sus ilusiones caían una detrás de otra y solo le quedaba la obligatoria realidad: sus deberes como mujer, esposa y futura madre.

>> Pero a partir de aquí la historia se vuelve confusa. Por lo tanto, tenemos que recurrir a las leyendas, para intentar esclarecer qué hay de verdad detrás de lo inventado.

–¿Entonces, qué fue de ella?

-Dicen que gastó sus últimos días encerrada en su dormitorio: no volvió al jardín, no volvió frente al Cristo; pues desde arriba contemplaba toda la ciudad, incluso aquello que no estaba a la vista, y le asaltaban los recuerdos que no necesitaba revivir con inútiles visitas. Seguramente se vio incapaz de afrontar una vida en el exterior que ya no le interesaba.

>> Pero quizás hubo otra razón. Quizás su amor prohibido dejó plantada una funesta semilla… Algunos sostienen que, tras la marcha del escribiente, la mujer descubrió que estaba embarazada. Pasó los siguientes nueve meses encerrada en su cuarto, protegida por el silencio cómplice del servicio, aunque nada evitó que corriesen las habladurías por toda la villa. ¡La esposa de Blázquez, por entonces ausente, estaba encinta!

>> Fíjate aquí, en este trozo de corteza. ¿No te parece que tiene forma de rostro de bebé?

–Como en todos los troncos de higuera, ¿no?

–¿Entonces, dónde está la magia?

>> Cuando el marido regresó, durante una noche tormentosa de invierno, tras una larga estancia en el Nuevo Mundo con la que intentó sin éxito mantener sus cada vez más débiles negocios, se encontró con el recién nacido, al que su mujer estaba amamantando. Entonces montó en cólera. Arrancó al pequeño de los brazos de su madre y lo asfixió con sus propias manos. Cuando por fin reaccionó y fue consciente del horrible crimen que había cometido se apresuró a ocultar toda prueba. Enterró al pequeño en el jardín… bajo la higuera. Y quién sabe por qué razón sobrenatural al poco el tronco del árbol comenzó a llenarse de extraños bultos, protuberancias que parecían caras de recién nacidos, que se multiplicaban sin parar, y que a él le recordaban su culpa cada vez que simplemente paseaba por su propio jardín. Incluso cuando estaba en otra estancia de la casa sabía que el rastro de su culpa seguía allí. Rostros que le señalaban, sí, le acusaban en un rictus de dolor, con sus ojos muy abiertos, sus bocas retorcidas grotescamente, sus facciones hinchadas…

>> No pudo ignorarlo. Se volvió loco. Descuidó así sus deberes como señor. Por la casa circularon sacerdotes, médicos, supuestos expertos, pero nadie pudo descubrir la fuente de su mal. Sus alaridos continuos fueron espantosos, y horrorizaron al servicio y a los vecinos. Una noche lo encontraron en el jardín, intentando arrancar la corteza con sus propias manos. Se había destrozado la piel de las yemas de los dedos y había perdido las uñas. A sus pies se encontraba un hacha que apenas había conseguido hacer mella en un tronco en el que se vislumbraban tenues, repetidas y desesperadas señales de cortes. Y él balbuceaba lamentos sin sentido, y señalaba tembloroso, con sus dedos ensangrentados y despellejados, a la capilla del Cristo, al otro lado de la verja.

>> Pero si esto fue así, no quedó constancia en crónica alguna: en realidad, tal vez ella abortó, presa de la pena; o tal vez ni siquiera hubo criatura. Tal vez son solo habladurías del pueblo, que aventuró a dilucidar cuáles fueron los motivos de las escasas apariciones públicas de ambos. Si fue evidente cómo el enlace Blázquez-Carvajal no dio nunca fruto: sabemos a ciencia cierta que el negocio con el Nuevo Mundo nunca prosperó.

>> Lo que sí está claro es que de ella no hay ningún dato más. Solo conocemos la pronta fecha de su muerte, pocos años después. Coincidió con el fallecimiento del Rey, protector natural de la familia Carvajal. Cuenta la leyenda que si el bando del escudo pasó a ser negro no fue solo para manifestar la pena por la pérdida del monarca, sino también el último y público lamento de un padre que amó a su hija, pero jamás descubrió su pecado.

–¿Y el marido?

–No hay más datos. Las crónicas solo recogen fecha de deceso. Ningún logro. Incluso las habladurías populares le olvidaron después de la muerte de su mujer.

>> Así, los vestigios de una relación prohibida fueron desapareciendo. El último, durante la Guerra de Independencia: cuando el Palacio ardió, desapareció el jardín guardián del secreto, la higuera acabó convertida en cenizas y la entrada al pasadizo se perdió para siempre. Pero las gentes cuentan que la nueva higuera, tal vez como consecuencia de la pérdida del último escenario de un amor profundo y condenado, dio solo frutos amargos. Y, lo más curioso, aún conserva los enigmáticos rostros en su corteza, aunque cada vez más erosionados, a medida que el tiempo desgasta la historia.

>> Solo nos queda la memoria oral, tan flexible e incierta: una historia en propiedad de quien la escucha.

>> Y, por supuesto, la torre: continúa inclinada, lindante con la capilla.

*

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–Oye, ¿y por eso la calle se llama así?

–¿Qué?

–Fíjate. “Calle amargura”.

–Mmm… nunca me había dado cuenta.

–A lo mejor sí fue por eso.

–A lo mejor.

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