Viento del Este y niebla gris…

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Cuando P. L. Travers, en la última escena de Al encuentro de Mr. Banks, asiste al estreno de Mary Poppins, la película te ha hecho empatizar tanto con la protagonista que el despliegue de pirotecnia, infantilismo y frivolidad en technicolor que recibe a los invitados al Teatro Chino te resulta casi intragable. Te parecen exagerados los hombres disfrazados de pingüinos, los números musicales con dibujitos animados, los deshollinadores bailarines por los tejados de Londres. Todo muy “naif”, muy colorista, muy idealizado. Muy Disney.

Pero por contraste me encuentro con que solo necesito escuchar, que no ver, la melancólica música que acompaña al Sr. Banks de camino a su empleo, para reparar de nuevo en que la autenticidad de la Mary Poppins de Disney no reside, en absoluto, en lo que su fastuoso envoltorio musical nos hace creer. En su fondo esconde una durísima fábula para adultos que nunca debieron dejar de ser niños.

Ahí está el enorme acierto de Al encuentro de Mr. Banks, correctísima película que parecería un telefilm de sobremesa de no ser por tres factores: un presupuesto más holgado que permite que el típico conflicto se desenvuelva con mayor soltura técnica, un guión muchísimo más dramático e intenso de lo que me imaginaba, y dos magníficos actores que sostienen a dos caracteres muy opuestos con los que este dignísimo homenaje a la última gran obra de Walt Disney de verdad consigue emular el auténtico espíritu de la cinta original. A saber: que la verdadera virtud de Mary Poppins reside en cómo consigue hacernos pasar con un poco (¿tal vez demasiado?) azúcar la amarga píldora de la realidad.

Así, en la actitud de Travers tenemos una mirada objetiva: la parafernalia, fuera de su contexto, es ridícula. Pero en Mary Poppins funciona: el espectador firma el pacto de ficcionalidad con la película y acepta lo que le echen. Son las reglas de todo musical (estadounidense, para más señas) que se precie. Lo poco que llevo leído del libro original me confirma que los códigos estadounidense y británico son tan distintos que una adaptación del segundo al primero es una tarea casi imposible. Así pues, la rigidez (entrañable a su manera) de la Mary Poppins original jamás podría plasmarse en la película salida del imperio del tío Walt. Partiendo de esto, nos queda una cinta donde esos mundos intentan conjugarse. Y, a pesar de las dificultades, el resultado es una necesaria adaptación, en el sentido estricto del término.

Es muy fácil disfrutar de las secuencias simplemente fantásticas, donde la creatividad se desboca y solo necesitamos recostarnos en la butaca, divertirnos y reír. Pero si tuviese que quedarme con una parte de la película, sería con su acto final. Mary Poppins sube a la habitación de los niños tras la caótica entrada de los deshollinadores en el hogar de los Banks. “Nunca doy explicaciones”, dice. No las necesitamos. Porque justo a continuación el Sr. Banks se hace dueño y auténtico protagonista de la función. Y en ese preciso momento catárquico en que descubre lo errada que ha ido su vida los espectadores que ya no son niños se dan cuenta de que la película les ha hecho suyos: les ha metido de lleno en dos horas de inofensivas aventuras infantiles, justo para devolverles de lleno y sin avisar a la dura realidad. Y ninguno querrá ya enfrentarse a ella solo: necesitarán recurrir al desenfado animado de la señorita Poppins (no exento de sentido de la responsabilidad). Y, solo por eso, la imaginación habrá ganado la partida.

Así que me da igual que el mensaje moralista de Disney quede intacto y el Sr. Banks acabe volando una cometa con sus hijos. Al principio de la película este padre ha destrozado la carta de Jane y Michael. Al final, es un hombre nuevo. Esto, señoras y señores, es la materia con la que están construidas las historias verdaderamente humanas, las que perduran: el ansia de superación, la redención, el final feliz. Una pequeña ficción que nos permita soñar y conservar algo de ilusión para afrontar lo que está fuera de la pantalla. Pues solo con esa ilusión puede cambiarse, o al menos intentarlo.

En la imaginación todo es posible, y en ella conseguimos hacer posible lo que en la realidad jamás ocurrió. Solo en la fantasía podemos encontrar la “purificación” que nos permite seguir adelante. Solo unas pocas obras de ficción lo consiguen. Yo coloco a Mary Poppins entre ellas, y sin titubeos. Es una absoluta genialidad: ya no solo del entretenimiento, sino del cine en general. Una obra entrañable, positiva, sensible, emocionante. Una inigualable obra maestra.

Así que vivan los pingüinos, los deshollinadores, los hombres que vuelan por el techo, los animales que hablan y los desenfadados números musicales. ¿Película de mi infancia? Sí, lo es. Pero a día de hoy aún sigue en mi podio. Otras tantas cayeron. Será porque Mary Poppins tiene algo que la hace perdurar. Permítanme llamarlo magia. Y, si me disculpan, voy a ponérmela otra vez: solo con sus primeros acordes en los títulos de crédito me tienen ganado. Incluso me crearé mis propias teorías: es curioso el personaje de Bert, ¿verdad? Hace poco llegué incluso a figurarme que Bert fue un niño al que Mary Poppins cuidó años atrás. Piénsenlo. Podría encajar.

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