Maltrecha divulgación

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No hay insensatez mayor que la de quien se cree sabio solo por hojear los resultados de la didáctica.

Quien se conforma con la consulta de un manual escolar o de bachiller, o un documental, o una enciclopedia en red, o asiste a una exposición, o incluso (¿por qué no?) prueba un videojuego. Me da igual la materia. El caso es que la simple (y loable) acción del aprendizaje, fruto de la necesaria inquietud, tristemente se pervierte en manos de los supuestos eruditos que se consideran duchos en la materia simplemente por memorizar, en lugar de saber.

Pues saber no implica recopilar datos, sino comprenderlos. Y comprender no solo significa argumentar, sino también arriesgarse. A que la sabiduría, nunca irrefutable, se trastoque y desactualice en un instante.

Quienes nos queremos dedicar a este mundo de la investigación tenemos que hacernos a la idea de que la frustración será el pan nuestro de cada día. Ya no solo porque los resultados muchas veces sean inalcanzables, dando carpetazo a largos e inútiles períodos de estudio; también porque ese mismo proceso podría dejar de ser válido tarde o temprano. Y, en última instancia, porque nuestro trabajo será tanto ignorado (como es habitual) como, por desgracia, malinterpretado. Empleado como arma por esos nefastos nuevos sabios que se las darán de entendidos cuando jamás se atreverán a ir más allá de la aprehensión; esos sabios que no se dan cuenta de que no basta solo con plantearse porqués, que hace falta también adquirir las herramientas necesarias de cuestionamiento para que las preguntas adecuadas merezcan respuestas completas. Hay que, en resumen, saber trabajar con el conocimiento: ir más allá de los resultados, centrarse en el proceso.

Ninguno de ellos lo hará. Solo se conformarán con lo que el investigador gratuita y desinteresadamente les regale. Porque en su ceguera no ven que quien de verdad es útil al apasionante periplo del conocimiento es el que encuentra nuevos saberes. Y que lo que la sociedad recibe, a fin de cuentas, no es más que nuevos descubrimientos adaptados para la recepción, cuanto más amplia y cómoda mejor. Información a través del filtro de la didáctica.

Lo que esos “sabios” recogen no es el conocimiento completo, con todos sus pormenores, todas sus incongruencias, sus desequilibrios, sus enigmas, sus suposiciones y hasta sus rellenos inventados. El producto de la didáctica es la divulgación: y en ella todo está claro, no hay flecos sueltos, los datos encajan en una sucesión lógica de causalidades y efectos. Todo es perfecto, maravilloso, apasionante, sin polémicas ni incongruencias.

La realidad es bien distinta. Dentro ya de lo que a los de Humanidades nos ocupa (tarde o temprano tenía que salir la formación profesional a la palestra), nos encontramos con textos incomprensibles, períodos de transición confusos, complejas lenguas. Que la Edad Media es por completo una gran suposición, la música grecolatina plantea una gran incógnita y el texto del Lazarillo presenta problemas de transmisión frente a los que palidece el culebrón de su autoría. Pero el aprendiz no necesita tanta incertidumbre, que colapsa. Y tiene, porque es necesario, su Generación del 98 (que como tal nunca existió), sus manuales de lenguas extranjeras (auténticas obras de ingeniería didáctica, que lamentablemente han de simplificar la extraordinaria flexibilidad de toda lengua), sus períodos históricos bien clasificados y delimitados (¿pero es que acaso alguien sabe hasta cuándo dura la Edad Contemporánea?), sus grupos de música celta (aunque un celta jamás tocase una gaita) y su Quijote perfectamente maquetado (tal vez, incluso, en versión adaptada; y, por supuesto, corregidas las múltiples erratas de su primera edición impresa). Aprender, en definitiva, se define como el acto de asumir constructos que manipulan la realidad.

No. El libro de Historia no miente. Solo ofrece pequeñas dosis, migas de pan para atraer a los espíritus hambrientos. Pero solo los ingenuos se quedan en esa superficie. Una parte de ellos, la prepotente, será atroz. Y el que verdaderamente quiera saber seguirá, cómo no, leyendo, investigando, informándose. La divulgación es el acceso al conocimiento, no el conocimiento en sí mismo.

No me malinterpreten. Los auténticos sabios no están en Universidades, o en laboratorios, o en aulas: la cátedra, por defecto, no origina brillantez. Están en todos aquellos hogares donde haya alguien que, sencillamente, no se conforme y siempre quiera saber más. Aunque cueste, aunque desmitifique, aunque duela.

No en la mente de aquellos que se creen brillantes, eruditos, licenciados, graduados con leer solo un manual. Para ellos va este post, en el que (qué curioso) yo mismo he caído en los brazos de la divulgación, resumiendo malamente para comodidad del lector una complejísima polémica. Empleando como imagen de cabecera, incluso, una extraída de la inefable Wikipedia. Pero esto no hace sabio a nadie por leerlo. Ni siquiera a mí por escribirlo. Así es como funciona.

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Un pensamiento en “Maltrecha divulgación

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