La hora de los monstruos

Me gusta el cine palomitero, término por lo demás pretendidamente descalificador pero que en realidad lo define a la perfección: cine de desconexión sin pretensiones. Y bajo estas premisas un realizador cualificado puede hacer maravillas: sin la presión del prestigio, puede experimentar, jugar, desfasarse sin traba alguna. Siempre he creído que todo crítico que por dogma desprecie este género (generalmente de forma furibunda e injustificada) no es sino un espectador frustrado, que ha olvidado la función primordialmente lúdica del medio cinematográfico y que, lástima de él, ya no consigue divertirse ante algo tan simple pero a la vez tan fundamental como es la narración de una historia (algo que hemos hecho desde que el Tiempo es Tiempo). Relatos que no quieren exceder sus propios límites “sui géneris” porque no lo necesitan. Porque quien no respete la cara explosiva de la moneda es, para más inri, un crítico vacío e incompleto, incapaz de superar la fachada colorista para descubrir las virtudes del método. De quedarse con el cómo, no tanto con el qué.

pacificrim

Sin ningún reparo coloco en ese ámbito Pacific Rim. Guillermo del Toro para mí siempre ha sido un enigma: un simpático frikazo del copón y evidente y reconocido conocedor del folclore. Pero, pese a todo, enciclopedia andante a la que todavía le falta una puñetazo en la mesa que le permita pasar de la constante referencia a la obra ya por sí misma referencial.

Con Pacific Rim, por suerte, se libra de toda imposición de calidad académica que perjudicó a películas como El laberinto del fauno (más que recomendable, por otra parte). Brillante su prólogo, en el que en dos simples entradas de diccionario nos resumen el contenido de la película, y en quince minutos nos ofrecen las bases argumentales: robots contra monstruos. ¿El resto? Peleas colosales y un continuo esfuerzo por alcanzar un “más grande, difícil y ruidoso todavía”. ¿Profundidad? Cero.

Y, sabiendo que la propia base tiene unas gravísimas carencias argumentales, Del Toro las asume con gusto y se dedica a lo que mejor sabe: contarlas bien. Rematadamente bien. Pacific Rim no es solo un desfile de impresionantes FX: es también un gozoso espectáculo de batallas filmadas con apabullante ritmo y claridad. ¿Frases rimbombantes, tópicos, personajes humanos más que justitos? Da igual. Es la hora de las tortas, y no he venido a ver otra cosa. Y cuando los titanes chocan veo auténtica interacción entre los monstruos y su medio, noto sensación de enormidad y siento el terrible impacto de los golpes. Y Del Toro tiene tiempo incluso para, con pocas pinceladas, crear su propia “mitología”, explicándonos breve y eficientemente el funcionamiento, las categorías y las habilidades tanto de jaegers como de kaijus. Y así todo, dentro de sus limitaciones, funciona.

Añadid a eso una desoladora escena en la que una pequeña Mako huye presa del pavor de un kaiju, instantes después de perder a su familia. Del Toro demuestra en qué es un auténtico genio: en conocer y plasmar el miedo infantil. Y, de ese modo, conectar con una audiencia que nunca será capaz de olvidar cuáles son los monstruos que les obligaban a esconderse bajo las mantas por la noche, y cuáles son los guardianes que les protegían. Por detalles como este Pacific Rim se erige como líder absoluta de este género: es una simple cuestión de profesionalidad.

godzilla

En un ámbito similar, con menor fortuna pero igualmente satisfactoria, juega la última de Godzilla.

Gareth Edwards no lo tiene fácil. Quiere rodar una película de monstruos intimista, pero se encuentra que su material es de lo más tópico: militares, bombas, experimentos, patriotismo, japoneses tecnológicos, pirados en busca de la verdad. Así que no le queda otra que conjugar estos elementos tan discordes lo mejor que puede. No le sale bien siempre. Al final se ve obligado a convertir en su recurso dramático una tópica bomba de megatones que durante todo el metraje ha ido dando tumbos, al mismo tiempo que tiene que encargarse del combate de rigor entre monstruos.

Aquí es donde todo choca y surgen algunos flecos que chirrían. En más de una ocasión, en el gozoso clímax final, tenemos de fondo a dos monstruos peleando y, en primer plano, seis soldados cargando cómicamente con el dichoso misil. Y no es solo que Edwards enfoque a los soldados cuando a mí lo que me interesa, a estas alturas de la película, es ver simple y llana destrucción: es que por el simple hecho de focalizar sobre ellos su atención está intentando cargar de relevancia a un aspecto del guión que, en realidad, no es relevante. Nunca lo ha sido. El drama humano flaquea por sí mismo, no porque los fuegos artificiales le resten rimbombancia.

Entonces Edwards debe jugar en la misma liza: ante unas bases insuficientes, hay que recrearse en la forma de narración. Y es una gozada: el caos desde el punto de vista humano. Perspectivas indirectas durante buena parte del metraje, sugerir antes que mostrar. Fugaces imágenes en televisión, paisajes destruidos, testimonios ajenos. Se usan planos abiertos durante los combates, mientras que Godzilla es introducido mediante un fabuloso plano secuencia que involucra todos los elementos de desolación que ha causado. Muy limpio, elegante, diferente. Sobresaliente.

Claro que a la película le sobran 20 minutos de estiramiento de chicle, que retrasa hasta la desesperación el deseado choque final. Pero hasta entonces hemos asistido a una brillante clase de realización. Y cuanto más abraza Godzilla su auténtica naturaleza, la de la furia de titanes, mejor le sale la jugada. Sobre todo, porque tiene al mando a un director que sabe hacer cosas nuevas e interesantes con el formato a pesar, más encomiable aún, del lastre que carga.

Transformers-4-Crosshairs

Y luego vendrá Transformers y se hará un huequecito en un panorama que, con estas últimas aportaciones, le viene grande. Su productor se defiende: es que el crítico no entiende que este cine no sirve para reflexionar. Pero se equivoca: claro que es un cine irrelevante, plano, artificioso, pero eso no justifica la estupidez.Y si bien la primera entrega fue una entretenidísima y meritoria cinta de acción, un placer culpable, ya en la segunda reinaron el caos, el ruido y la parafernalia: chistes ridículos, combates imposibles de seguir, habilidades aleatorias y pretensiones estúpidas. Porque Michael Bay no llega a entender qué está contando, cómo funciona el género, y se empeña en exceder burdamente unos límites estrictos en lugar de perfeccionar su técnica narrativa dentro de ellos.

Pasé de la tercera. Ahora llega la cuarta, y lo triste es que ni siquiera intentará irrumpir con la cabeza bien alta. No lo necesitará para amansar fortunas con las que los kaijus, a día de hoy, no pueden ni soñar. Pero seamos positivos: ya están anunciadas secuelas de Pacific Rim y Godzilla. Y yo que me alegro.

Porque el día en que un director con redaños se libre de las coletillas y escollos, elevando a una “película de monstruos” a lo que la crítica pomposamente califica como “cine auténtico”, ese día, señoras y señores, tendremos motivos para aplaudir. Cuando llegue la hora de los monstruos, y parece estar próxima, ya estaremos preparados. Hasta entonces, palomitas, refresco, infancia y a disfrutar.

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2 pensamientos en “La hora de los monstruos

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