Y todo es vanidad

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Vía screen.planetivyltd.netdna-cdn.com

AVISO: en esta entrada revelo detalles importantes de la película Malditos bastardos.

Cuando hace tiempo me paraba a reflexionar sobre Django desencadenado, saqué a la palestra un tema de conversación al que estamos curtidos los fans de Tarantino: la desagradable capacidad de su cine de resultarnos atractivo, divertido y electrizante a pesar del ingente desfile de barbaridades “inmorales” que desfilan en él. Es tan intensa la atmósfera de desenfreno que envuelve sus historias que anula toda nuestra capacidad de crítica y nos permite disfrutar de secuencias que, en otras circunstancias, nos resultarían inadmisibles. Muertes cruentas, torturas horribles, insultos ofensivos: cosas así.

Ante este mismo dilema nos sitúa Malditos Bastardos, cinta que no titubea en ningún momento al ofrecer una visión maniquea y simplista de la realidad histórica para satisfacer el hambre de casquería del espectador occidental medio: Aliados santos y libertadores-libres de toda culpa, nazis asesinos y crueles bestias inhumanas de Satán. Bajo este panorama queda, como es natural, justificado el desfile de explícita venganza a manos de Raine y sus judíos. Solo que me falta sustancia, nudo, desarrollo: por qué los “héroes” son tan temibles más allá de una única ejecución sumaria en el bosque, por qué el “villano” al final resulta ser un cobarde oportunista. Del mismo modo que me falta ver el ascenso de este comando comanche para poder regodearme (aún más) con la relevancia de su golpe final maestro que decapite a la cúpula nazi. Me faltan más Bastardos, más Landa, y me sobra conspiración.

No quiero parecer un crítico despiadado (de esos a los que Tarantino, por cierto, dedica una bofetada muy bien disimulada) con una película que, ciertamente, me ha satisfecho. Es puro descontrol al estilo de la casa: violencia gráfica, diálogos magistrales, tempo dilatado hasta la desesperación, excelente reparto. Poco importa, pues, que el guión sea menos brillante que lo acostumbrado, construyéndose sobre “set pieces” unidas por circunstancias casuales antes que por giros coherentes. Quiero pensar (y así parece ser) que hay mucho, muchísimo metraje descartado que sin duda redondearía la experiencia.

Por eso recalco: esto es un simple y llano divertimento de Tarantino. Desfase sin prejuicios y sin depurar. Por eso mismo no quiero entrar en el debate historiográfico, o en la inmoralidad del asunto (que por primera vez levantó más ampollas de lo habitual incluso en los fans, y lo entiendo perfectamente). No, porque prefiero tomarme todo esto como una dantesca broma. No me refiero solo a la desvergonzada “reescritura” de la Historia que se nos arroja a la cara en el último tercio. Hablo, más bien, del magistral “mise en abyme” que articula toda la película y ante el que muchas críticas negativas quedan, si no invalidadas, sí obligadas a reformularse bajo una enriquecedora nueva perspectiva. Y el resultado es escalofriante.

Doble “puesta al abismo”, más allá de las múltiples y divertidísimas referencias cinematográficas que salpican (como también es habitual) todo el metraje. Es Malditos Bastardos un brillante ejercicio de metacine que se revela en su gozoso clímax final. En una proyeccionista judía que decide que el mejor modo de articular su venganza es rodando ella misma una película. En un soldado alemán que es incapaz de ver en forma de plástica ficción sus “hazañas” bélicas. En el cine, en definitiva, como poderosísima y trascendental herramienta capaz de sostener ideales y sacudir conciencias.

Pero también en el hecho de que la insultante proyección sorpresa sea una recreación del argumento de toda la película en sí. En que cuando la vengadora en éxtasis grite a los aterrados nazis (que no alemanes; nunca, nunca alemanes) “esta es la venganza judía”, al fin y al cabo ese ha sido el mismo mensaje de Malditos Bastardos desde el Capítulo Dos: judíos asesinando inmisericordemente a nazis. Punto.

Y, sobre todo, en que la “obra maestra” ficticia de Goebbels que Tarantino nos propone no es más que una orgía bélica de un joven soldado acribillando al “deleznable enemigo” americano, acumulando muertos en su contador cual trofeos, asentando así su condición de héroe de la patria. Y los nazis en el auditorio aplauden, porque los Aliados, malvados por naturaleza, han sido ejecutados en masa. Y el prejuicio ha triunfado en el bando del Mal. Mientras que nosotros, como espectadores herederos del ideal Aliado, instantes después vamos a tener nuestra propia ración de represalia vengadora de los intachables americanos contra los repulsivos nazis. Se completa el círculo.

Como en un juego de muñecas rusas, el cine en pantalla es un reflejo de la película al completo que lo contiene, la estructura mayor. De fondo nos queda un aterrador mensaje: Tarantino, al fin y al cabo, ha realizado la misma labor que Goebbels. O, más bien, que el Goebbels retratado en la película. Se ha convertido en narrador efectista del prejuicio, del blanco contra negro sin posibilidad de gris, de los altos ideales manidos y falseados: de los “buenos” contra los “malos”. Y nosotros, como espectadores, solo sabemos hacer como el alto mando nazi en un pequeño cine de Francia: berrear, gritar y aplaudir porque, aunque sea en pantalla, se ha hecho justicia. “Mise en abyme”. Olviden, pues, dilemas morales. Tarantino nos ha colado en su película una reflexión sobre el propio proceso de construir dicha película.

Aunque no me quedan claras sus intenciones al equipararse con el gran ideólogo propagandístico nazi. Pero bueno: es Tarantino. Rematemos el debate con la respuesta de siempre: “es un loco presuntuoso”. Si no quieren que esto se alargue demasiado, será lo mejor.

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