Hechos, hombres, héroes

El contenido íntegro de esta entrada proviene de un trabajo realizado conjuntamente por mi amigo Jorge Carrillo y yo para la asignatura “Textos de la literatura española contemporánea”, en la que analizamos la lectura de la tradición literaria realizada por Javier Cercas en su célebre novela Soldados de Salamina. A raíz de la inspiración, manifiesta por Cercas, en la película El hombre que mató a Liberty Valance (de John Ford), realizamos un comentario comparado de ambas obras a partir de algunos de sus temas y conceptos clave. El resultado nos acerca (porque por limitaciones de espacio y de complejidad propia del asunto nos impedían ir a más) a una interesante, lúcida y desmitificadora idea del heroísmo a la que no nos pudimos resistir. Para todos vosotros, algunos apuntes sobre los hombres que nunca llegaron a apretar el gatillo.


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“Dos días más tarde, mientras camino por Enric Granados silbando la música de la película, me pregunto si habrá alguien decente que la oiga sin que se le salten las lágrimas. Al recoger la copia pienso que John Wayne (es decir, Tom Doniphon) no es sólo un héroe porque posea el coraje, sino porque posee algo más importante: el instinto de la virtud. Tom elige lo justo porque su instinto le dicta que es lo justo, no porque vaya a ganar nada con ello; al contrario: lo pierde todo, incluso a la mujer que quiere, que acaba casándose con James Stewart porque éste le promete un futuro próspero, mientras que Tom sólo puede ofrecerle una flor de cactus, que es la flor más pobre y más triste del mundo. En el autobús leo a Ferlosio: “Toda estética es un antigua ética”. Me pregunto si la ética del heroísmo es ya sólo una estética, y me digo que toda ética debe ser una estética de la generosidad y me acuerdo de que, en el Tratado de las pasiones, lo que Descartes llama generosidad se parece mucho al coraje.”

Javier Cercas, “El error de Sancho Panza”, El País, 10 de julio de 1999.

 

A la hora de hablar del libro se ha tratado el motivo del pasodoble Suspiros de España como un tema central, un lugar al que regresar para ayudar al desarrollo y a cerrar momentos inconclusos, no explícitos, como la última puntada en la historia, la vinculación final entre la identidad secreta del miliciano benévolo y la posible atribución de un rostro, una mirada, y un nombre: Antonio Miralles. Pero no es el único tema recurrente en la historia. Si hay otro que merezca igualmente especial atención, es, sin duda alguna, el diálogo que se mantiene entre dos modelos contrapuestos de heroísmo muy distantes entre sí. Defendidos y encarnados en diferentes personajes de esta obra, se postulan como contrarios. Existe una misma idea, la de la perpetuidad. La diferencia fundamental es qué se busca perpetuar: los nombres, o las acciones.

El primer modelo de heroísmo con el que topamos es el relacionado con la concepción de Sánchez Mazas, uno vinculado a la permanencia de los nombres y los grandes valores, uno ligado a la consecución de fines valerosos y que se postulen como ejemplo de comportamiento moral. Es este el principal planteamiento de la Falange, la pretensión de resultar moralmente superiores al enemigo, la de defender una patria y unos valores conservadores en contra de la irracionalidad que se postula como alternativa. Encontramos aquí el sentido a la frase lapidaria de Sánchez Mazas: en los momentos cruciales, ha sido siempre un grupo de soldados el que ha salvado a la civilización.

De manera que nos encontramos ante una visión épica del héroe, una percepción del heroísmo como una cualidad grandilocuente y propagandística premiada con nombres en las calles y monumentos a los gloriosos guerreros caídos en combate por una causa justa. Es el heroísmo premiado.

Frente a este, tenemos el segundo modelo de heroísmo. Lo introduce en la novela Roberto Bolaño, precisamente quien pondrá al Cercas ficcional sobre la pista de Miralles, nuestra cara para esta segunda concepción.

Lo introduce con el relato de aquel hombre que, anónimamente, apareció de entre la sombra y se adentró en una casa en llamas para rescatar a quienes se encuentran dentro ante la mirada expectante de bomberos y cuerpos de seguridad ciudadana. Pudo salvar a unos cuantos, pero no al último. Ya no se sabrá jamás quién era, si era una buena o mala persona, qué pensó a la hora de arrojarse al abrazo de las llamas, cuáles fueron sus palabras para la última persona a la que entró a buscar. Pero nos da lo mismo. Ahí reside la esencia de esta segunda vía heroica, en la acción particular y consciente frente a una adversidad mayor de la que podemos afrontar, pese a correr el riesgo de caer en el olvido.

Entra en juego aquí el papel de Miralles. Necesitamos (tanto el autor como el lector) la posibilidad de atribuir estas características a alguien, un cuerpo y un rostro, una realidad tangible a la que laurear o contra la que manifestarse. Aunque tan solo se trate de una posibilidad.

Miralles puede ser aquel miliciano piadoso que perdonó la vida a Sánchez Mazas, de la misma manera que podría no serlo. Pero también nos da lo mismo. Lo importante es que Miralles estuvo donde se le necesitó en el momento en que era necesario que estuviera. No tendrá un recuerdo como los “héroes de la guerra”, o quizá acertaríamos más si nos refiriéramos a ellos como “héroes de la historia”, pero en ello consiste esta segunda visión: en el cumplimiento con un deber moral, con un impulso para emprender una empresa mayor que el peso que se puede soportar sobre los hombros, aun a riesgo de que todo perviva como una acción anónima y no haya una firma en el remitente.

Esto es lo que hace Cercas, enfrentar los dos modelos, medirlos en potencia para terminar, finalmente, postulándose del lado del heroísmo anónimo. La decantación de Javier es evidente al narrar la posterior historia de cada uno. Sánchez Mazas, ya acomodado y enriquecido en la época de posguerra, no hace nada por recuperar aquellos “grandes valores” propuestos por la Falange de los que el Franquismo se apropió y a los que destruyó. Pudiendo presentarse nuevamente como ideólogo y defensor de lo que de su puño nació, opta por el silencio más absoluto y espera a ir apagándose lentamente mientras ese mundo que luchó por construir en España, su mundo, se vuelve una caricatura incompleta y sus ideales se derrumban.

Frente a este, Miralles aún resiste. Sabe que después de todas las campañas bélicas por las que nadie le ha dado las gracias ni se las dará, todo lo que le queda es morir en el más absoluto anonimato con el peso de la viudedad y una hija que ha roto su relación con él. Pero en eso consiste precisamente. Por eso Cercas retoma la frase de Sánchez Mazas para referirse con ella, ahora sí, a Miralles y sus compañeros, para admitir que puede que fuera verdad que al final de todo siempre ha sido un pelotón de soldados quien ha salvado al mundo. De lo que se da cuenta es de que el error estaba en la consideración de quiénes formaban ese pelotón. Ese grupo tiene que ser necesariamente anónimo, porque no importa quiénes fueron; importa lo que hicieron.

De esta idea se deriva que lo fundamental no es averiguar si Miralles aquel miliciano o no. Aparte del leitmotiv de Suspiros de España no tendremos la confirmación final. Pero nos da lo mismo. Lo importante es que hubo quien lo hizo.


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“Los dioses han ocultado lo que hace vivir a los hombres.”

Hesíodo, Los trabajos y los días

 

El western ha sido definido como la “épica cinematográfica”: en una tierra desconocida tiene lugar la última gran gesta de descubrimiento de nuestra cultura; la última gran expansión de la “civilización” va acompañada de los relatos mitificados de pioneros, supervivientes en una tierra salvaje donde luchar, vencer y morir eran algo más que conceptos manidos. En semejantes circunstancias es fácil que surjan las leyendas y nazcan los héroes: individuos sobre los que una población ansiosa por enriquecerse pero dominada por las adversas circunstancias deposita su identidad, aún en construcción.

Pero en El hombre que mató a Liberty Valance no encontramos glorificación del sheriff, demonización del indio, fiebre del Oro ni colonos en carretas blancas. En realidad nos situamos en un inestable período de transición. La épica no puede germinar en contextos así: al contrario, necesita escenarios firmes, no momentos en los que la realidad está cambiando a cada instante. Y en el pueblo de Shinbone somos testigos del proceso mismo de cambio: un territorio donde aún perdura la ley del más fuerte, mientras que un abogado introducirá la ley del papel. Y una bofetada en el rostro de las leyendas: todos los habitantes son pobres diablos, borrachos y analfabetos acomodados en un régimen de terror que perciben como injusto pero contra el que no tienen herramientas para defenderse. Incluso los héroes, en principio tanto el abogado Studdard como el imponente Doniphon, son imperfectos: uno, un jove que cree que con los inútiles libros podrá someter al criminal; otro, un veterano que se está tranquiloen su papel de protector legitimado por la mayoría.

El dilema es claro: para poder instaurar un sistema considerado como justo, el democrático, Studdard tendrá que traicionar sus creencias y “dilapidar” el sistema. En pos del bien común deberá matar a un bandido, acogiéndose a una ley de palabra, una ley primitiva de “defensa propia”, una ley que ampara solo al más fuerte. Es la democracia lo que trae nuevas definiciones de lo que es “bárbaro” y lo que es “civilizado”, pero se ve atada de pies y manos ante la realidad, ante individuos que están por encima de toda moral.

La trama amorosa no es solo sino la fachada de un enfrentamiento más profundo, de carácter ideológico. Porque Studdard trae en su maleta, a priori cargada de libros inofensivos, una poderosa arma: el futuro. Y es que el Congreso ha llegado al pueblo, ya arcaico, en forma de elecciones; la prensa ha avanzado, convirtiendo en público (y, por tanto, en real más que verídico) todo lo que anuncia; y el tren pronto tendrá su propia estación en mitad del desierto, conectando a Shinbone con el resto del país, con el progreso. Doniphon no es ajeno a esto: y sabe que solo puede ofrecerle a la irascible pero indefensa Hollie un futuro atascado en el pasado, en la incultura y la ley de la supervivencia; Studdard, por el contrario, es el puente que la llevará hacia el mañana.

Por eso mismo, es irónico que el medio por el que la democracia llega al Oeste sea un último asesinato en defensa propia; una última “hazaña” de la ley del más fuerte nunca escrita. Y a manos, en apariencia, del primer defensor de otra ley abstracta, pero esta vez puesta en papel. Pero en realidad quien aprieta el gatillo es, paradójicamente, quien ni siquiera pertenece a ese nuevo sistema, pero comprende que su implantación es inevitable, y acepta hacerse a un lado silenciosamente. Doniphon no solo aprieta el gatillo por amor, para que Hollie tenga un mejor futuro: también porque es consciente de que el pueblo que él conocía, en el que era alguien relevante, ya nunca volverá a ser el mismo. De nuevo, otra dosis de realismo: el mañana siempre termina por llegar, para no marcharse nunca.

“He llegado demasiado tarde”, dice Doniphon cuando, tras la muerte de Valance, observa a Hollie, por fin enamorada de Studdard, abrazada al abogado. Nunca tuvo valor de sincerarse con ella, y ahora jamás podrá. Y, así, el verdadero héroe de Shinbone nunca verá recompensada su hazaña: la chica nunca le “pertenecerá”, no tendrá aplausos ni un cargo en el Congreso. Al contrario, será Studdard quien se lleve todos los honores pero solo porque las circunstancias y el progreso lo exigen así. Y en el futuro nadie le recordará: el destino de los héroes es una simple y tosca caja de pino, y ser enterrado sin un revólver, pues ya dejó de ser útil en el sistema que, de hecho, fue construido gracias a un disparo.

“Estamos en el Oeste. Cuando la historia se convierte en leyenda, es preferible no publicarla”. La verdad no será fijada, y por tanto revelada, por escrito, o el misterio que alimenta a toda épica se desvanecerá, y la mentira sobre la que el “héroe” Studdard ha erigido su fama se vendrá abajo (y, con él, todo el sistema). Doniphon, por el contrario, tiene el verdadero desenlace de los auténticos héroes: habrá hecho lo que es debido, pero no tendrá su propia épica. Aunque tampoco le hace falta. No importa saber quién mató en realidad a Liberty Valance: lo que importa es el significado del disparo. La única opción posible para hacer lo correcto era tomar una decisión por encima de cualquier hombre o mujer: tener poder sobre una vida. Y nada más.

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Un pensamiento en “Hechos, hombres, héroes

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