“Luchad, castellanos: no tengáis miedo”

fernangonzalez

Mi hermano (graduado en Historia) y yo discutimos muchas veces sobre el género de la novela histórica. Él me ha comentado en muchas ocasiones la especial (a veces furibunda) tirria que le tienen los profesionales de su campo, considerando que es una creación usurpadora, intrusista y falsaria, y que perjudica gravemente al deseable desarrollo de la ciencia.

Bueno, aquí es donde ambos coincidimos: en denunciar la insensatez de semejante planteamiento. Aunque bien es cierto que la situación es mucho más compleja y afecta a los dos “contendientes” del mismo, pues básicamente surge de un problema de incomunicación mutua. Entre profesores que no tienen en cuenta que la novela histórica es simplemente literatura, nunca un riguroso manual, y escritores que no entienden que no están escribiendo crónicas, sino novelas.

¿El resultado? Morralla novelizada y prejuicios académicos.

Es la novela histórica un género injustamente infravalorado y absolutamente necesario para conocernos a nosotros mismos. Pero dentro, evidentemente, de una vocación exclusivamente divulgativa, nunca didáctica.  No debe escribirse para educar, sino para entretener y enseñar. Y nunca, jamás, ha de ser propagandística ni adoctrinadora.

Hacerlo bien es terriblemente difícil. Precisa de un proceso de documentación tan exhaustivo que va más allá de la simple acumulación de datos. El mal novelista histórico (que abunda) es aquel que cree haber cubierto el cupo de su obligación incluyendo infinitas referencias anecdóticas: es detallista en el quién, el qué y el cuándo. Pero muy pocos se centran en el cómo, ni mucho menos en el por qué. Escribir novela histórica requiere transmitir en todos los aspectos narrativos del texto la propia mentalidad del contexto que se está recreando: y esta actividad implica que el escritor trascienda sus propias construcciones ideológicas contemporáneas y trate de ponerse en la piel de individuos imbuidos en espacios culturales tremendamente distintos.

Por poner un ejemplo: El nombre de la rosa es un retrato histórico excelente, Los pilares de la Tierra es un burdo culebrón tópico. Los monjes intelectuales de Eco son acordes con el sentimiento medieval: cuestionamiento racional de la realidad pero desde una perspectiva cristiana que cree firmemente en la caducidad de la vida y en la existencia de un Más Allá. El hombre medieval en la ficción ha de hablar, comportarse y actuar, en definitiva, bajo la idea de que su sufrimiento es pasajero. Es una idea tan radicalmente opuesta a la contemporánea que pocos se atreven a conceptualizarla y ficcionalizarla. Por eso mismo los personajes y los hechos de la novela de Follet son falsamente medievales: no son más que hombres y mujeres que siguen a rajatabla los sucesos históricos recogidos en los manuales pero actuando y pensando como ciudadanos del siglo XX.

Es cuestión, pues, no de disfrazarse de Historia, sino “ser” la Historia. Y siempre desde la mencionada perspectiva lúdica.

En España, como en tantas otras cosas, lo hemos hecho mal. Muy mal. Y reincidimos. Hemos tardado en escribir novela histórica porque siempre hemos tenido miedo a nuestra Historia. No hay cobardía más vil, ignorancia más dolorosa que la del pueblo que desprecia el sustento de su existencia. Bajo el rancio absolutismo perdimos el carro del Romanticismo, y nuestros productos literarios decimonónicos posteriores son sencillamente bochornosos: insufribles mamotretos folletinescos que, para más inri, revelan lo ingenuamente que asumimos como cierta la leyenda negra que otros en el extranjero nos colgaron como sambenito.

Peor aún fue el desastre cometido por el inefable Paco y sus secuaces: cómo en su empeño por sobrecargar de gloria a nuestra historia la acabaron pervertiendo, transformándola en una versión pagada de sí misma, hinchada de autocomplacencia, terriblemente manipulada para ajustarse a los cánones de la “raza”; presentada con la ingenuidad de un cuento de hadas, confundiendo patriotismo auténtico con nacionalismo de casino, ignorando por el camino siglos enteros que no se ajustaban a su idealizado “imperio”. Y, así, el Cid, Pelayo, Fernán González y compañía quedaron relegados al olvido, identificados inmediata e injustamente con el aparato propagandístico facha.

No se lo merecían. Como tampoco se merecen el desprecio de esta sociedad complaciente, políticamente correcta, que desprecia hipócritamente la violencia y malinterpreta la multuculturalidad histórica como un crisol de tolerancia en realidad inexistente. Esa sociedad “buenrrollista” devota del “new age” de moda, ingrata con su pasado mientras construye su presente con retazos de ideales blandos y cobardes, ingenuo sincretismo de ideales que desconoce (o incluso desprecia) por separado.

Maldita sea la hora en la que los colores políticos acabaron adueñándose de los valores puramente humanos. Dicen que en esta sociedad globalizada los ideales nacionales están condenados a desaparecer: que asistimos a sus últimos coletazos de rabia, en los que se debaten entre la resignación o los repuntes violentos de resistencia. Que es la época del “ciudadano del mundo” frente al “ciudadano nostálgico”. Y así lo creo. Somos todos igualmente los testigos del descrédito de la épica clásica. Simplemente, ya no está de moda. Y en una década en la que las Termópilas o Troya son una metáfora de la guerra en Oriente Medio, un emperador y un gladiador se enfrentan en una arena siguiendo el canon comercial, los reyes medievales luchan por un ideal de libertad ciudadana cinco siglos posterior, o la liberación de los esclavos está a manos de hombres de justicia y bondad en realidad cuestionables, nadie en este país se atreve a recuperar siquiera a nuestros héroes pasados que nos han definido durante mucho, mucho tiempo.

Pero me asusta el preferirlo: corremos el riesgo de que, de nuevo, la leyenda usurpe a la realidad. Peor aún, que se oculte inútilmente la Historia, creyendo que su no mención la hará desaparecer. Y si todo ello responde a un aparato propagandístico al que no le interese marcar la diferencia y actuar con cabeza, entonces el fracaso está asegurado. Otra vez. Porque, desengañémonos, nunca aprenderemos. A lo mejor nos resulta más conveniente permanecer en la ignorancia.

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