Adiós, Ítaca

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Vía slate.com

A propósito de Llewyn Davis es una película extraña. Ante todo es cinta “de comentario” y sin duda beneficiada por revisionados; naturaleza no peyorativa: al fin y al cabo toda película sobre la que acabo desbarrando en este blog, sin ánimo gafapasta, se presta a ello.

Parece que no va de nada. Y así es: algo más de hora y media de una historia sin avance, progresión, conflicto, viaje del héroe. Inofensiva, insípida en sus situaciones y personajes. Renuncia a todo tipo de narrativa convencional de introducción-nudo-desenlace y pretende hacer de ello su mayor mérito.

Tal vez se explique en que se trata de la película más depurada de los Coen: los antaño rebeldes promesas independientes independientes y ahora académicos consagrados (ahí está la clave) en premios y, sorpresa, taquilla. Lo que antes era nuevo ahora es un sello marcado ex profeso. Con una particularidad: asumida su particular impronta, los hermanos ahora manejan sus rasgos de personalidad con total habilidad, dosifican la comedia surrealista para que no desentone y suprimen la sutilidad del drama para que no inquiete. Es el destino sin retorno al que conduce la profesionalidad: a regresar un buen día a tus orígenes de artista independiente y con hambre de arriesgada renovación, pero ahora desde la perspectiva de la madurez, perdiendo frescura pero ganando técnica.

Pero antes solo necesitaban una mirada de infinita tristeza bajo un sombrero, o una policía regresando a la tranquilidad de su cama de matrimonio tras asistir a un brutal asesinato, o una partida de bolos común, o una seductora mujer tomando el sol en la playa: enigmáticas imágenes que nos obligaban a reflexionar. Ahora son en exceso condescendientes mediante un recurso toscamente explícito que incide en que nada es un accidente: que hora y media de atasco es el auténtico sentido de una película cíclica, de finales que siempre y nunca son principios. Calcar, que no imitar, el prólogo para convertirlo en epílogo.

Pero ya que esta es la nueva faceta Coen a la que nos debemos adaptar, sin ningún tipo de resignación confieso mi sorpresa ante un recurso no tan asequible como parece. El calco explícito consigue que un mensaje de eterna repetición, columna vertebral de toda la narración, gane en connotaciones aún más intensas que lo que la pura apariencia insinúa.

Hemos tenido a una cantante folk de aspecto falsamente angelical y frágil pero en realidad deslenguada, fría y agresiva, y ante todo desesperada por concluir planes de estabilidad futura que solo le sirven para escudar su inseguridad y cobardía a la hora de tomar decisiones auténticas. También a un soldado que, tras cantar folk en sus ratos libres, marcha “otra vez” al ejército. Y a un gordo sureño cargado con anécdotas del pasado y a su joven ayudante que no se preocupa por ser conducido a las cárceles del lugar que “conoce muy bien”.

Y a un gato llamado Ulises que regresa a casa.

Siempre lo mismo, siempre repetición a todos los niveles. Eterno invierno. Todos ellos con propósitos de vida, con destinos que les hacen incapaces de darse cuenta de que andan en círculos. Pero al menos persiguen un objetivo, tienen metas ancladas en el mundo real. Todo al contrario de Llewyn Davis: su pasión idealizada por la música no se traduce en una apasionada práctica. Los Coen se cuidan para que este personaje sea todo lo apático posible a la vez que digno de empatía: siempre perdedor, grosero y canalla por las circunstancias, pero a la vez merecedor de la desgracia por no hacer verdaderos esfuerzos para evolucionar, gustar a su público y ofrecer cosas nuevas. Oscar Isaac da en el clavo con una interpretación falsamente insustancial: como cantante es bueno, pero no carismático; su voz encaja en el estilo folk, pero no pasa de ser una más.

De los griegos viene la epopeya del regreso a casa, pero también la idea del eterno retorno. Llewyn Davis es el único que acaba devorado por esta sensación de hastío y perpetuidad. Y el final, en ese sentido, es más que la clave que explica el sentido de una agotadora película sin continuidad. Es revelador. Condena a los personajes, tanto a los desgraciados conscientes como a los inconscientes, a formar parte del círculo. Atrapados en él, solo podrán seguir cantando, deambulando, haciendo el amor. Se termina de perfilar así un mundo desolador, sin discusiones ni rupturas, pero tampoco alegrías y triunfos: ni siquiera la garantizada seguridad rutina trae comodidad.

Pues Ítaca dejó de ser el destino, pero ahora ni siquiera el viaje sirve de catarsis. Ninguno de los personajes aprovechará el revulsivo que trae Bob Dylan. Volver a casa significa regresar periódicamente cada noche apaleado al mismo callejón, donde un “Au revoir” es un “hasta la vista” más que un “adiós”.

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