Otra gran aventura

hook 3

Vía praverpralereouvir.blogspot.com

Me obsesiona el tema del paso del tiempo. El natural, irremediable y desolador hecho de hacerse mayores está siempre ahí, preparado para darme cualquier nuevo asalto. Esa sensación de incredulidad de cuando echas la mirada atrás y ves que desde un momento particularmente feliz, o especialmente duro, ya han pasado dos, tres, cuatro, cinco años o más, y ya no eres el mismo, ni tampoco quienes te rodean. Parece que no, pero las necesarias experiencias límite, aquellas que marcamos con un círculo en el calendario para no olvidarlas, sí que señalan puntos de inflexión en nuestra vida; solo que los cambios que producen son lentos, imposibles de organizar, pero ahí están, haciéndonos sentir más “viejos” incluso con veintipocos años. Porque hace nada (cinco años, ¡no es nada!) éramos secundarios, bachilleres, niños aún. Y ahora…

Y el cine, esa llamada “fábrica de sueños”, es una de las principales creadoras de referencias para nuestra línea de tiempo. Decidme si no es duro darte cuenta de que hace ya dos años del esperadísimo estreno de la última de Batman, que parecía no llegar nunca; cuatro desde el de Toy Story 3, que esperamos durante once; cinco desde el de Watchmen, y para lo que sirvió…; ocho desde el de V de Vendetta, no solo una moda del 15-M; diez desde Los Increíbles, y ya preparan secuela; trece desde La Comunidad del Anillo y Harry Potter; quince desde Matrix y La Amenaza Fantasma; diecinueve desde la primera película que recuerdo, Goofy e hijo. Y etc.

Son muchos años, vistos ahora con perspectiva. Y no éramos conscientes de lo que significarían semejantes referencias en un futuro que ya ha llegado. Y del paso del tiempo queda, más que nada, la concepción del mismo: cómo se mantienen y siguen actuando ahora esos recuerdos del pasado, para bien o para mal.

No me gusta escribir obituarios, porque pienso que son el espacio perfecto para caer en alabanzas empalagosas y palabrería superflua. Pero hoy debo hacerlo: hoy se nos ha ido Robin Williams. Hook, Flubber, La Sra. Doubtfire, El Hombre bicentenario, Patch Adams, Jumanji, Jack, cuando éramos niños; El club de los poetas muertos, El indomable Will Hunting, El rey pescador, Insomnio, cuando fuimos más mayores. Y muchas más.

No voy a mentir: lo interesante de todas estas “experiencias” es lo que queda de ellas cuando aparcas la nostalgia. Y quienes me conocen saben que para mí Hook es un Spielberg menor y fallido, pero enormemente divertido y emocionante por momentos. Seguro que Flubber no aguanta un revisionado serio. La Sra. Doubtfire quedará solo como vehículo de lucimiento a la cola de Tootsie, por ejemplo. Dicen que el doblaje del Genio en Aladdin de Josema Yuste supera al de Williams. El hombre bicentenario y Patch Adams se ven con otros ojos cuando descubres que existen películas efectistas, hechas solo “para hacerte llorar”. Puede que Jumanji me sorprenda como un excelente entretenimiento si la vuelvo a ver. Y El club de los poetas muertos, una de mis películas de cabecera, puede pecar de idealista.

Pero todo eso poco importa a la luz de lo único objetivo: fuesen cintas mejores o peores, ahí estuvieron. Para hacernos reír de niños, sentirnos especiales de adolescentes, hasta ruborizarnos en la actualidad (“¿de verdad de niño me gustaba eso?”). Siempre había una película que ver en el momento justo, una para cada estadio en el camino, para cada nuevo “yo”; y por alguna extraña razón Williams estaba presente, como pez en el agua. Ese tipo entrañable, ese rostro bonachón, esa lágrima escondida: capaz de conmovernos tanto con sus payasadas como con sus desgracias, incluso de intimidarnos si se daba el caso. Siempre el que llenaba películas, las hacía suyas, “esa de Robin Williams, ¿la has visto?”.

Sí, ese tipo. El que, mirándolo con perspectiva, ha estado siempre “a nuestro lado”. Marcando a generaciones enteras de una manera muy profunda, más allá de ser el tipo que aparece en la película de moda del momento. Ahí estaba, dejando él también su huella con su forma de ser en nuestro paso del tiempo. Nunca sabrá, por desgracia, hasta dónde llegó su magia; ni siquiera el revuelo de las redes sociales ante esta terrible noticia le hará justicia.

Es lo que tienen los iconos en este mundo actual tan loco. Y es que, a fin de cuentas, da igual cómo hayan envejecido conmigo todas esas películas. Aún recuerdo con cariño Hook, que me sabía casi de memoria. Aún me seguiría riendo con las patochadas de Flubber. El hombre bicentenario fue de las primeras películas que casi me hizo llorar, aunque ya no lo consiga. Y los días en los que echan en la televisión El club de los poetas muertos y, por lo que sea, no puedo verla entera, al menos sí me escapo de mis obligaciones para emocionarme con sus últimos minutos: porque sé que la poesía, en realidad, no cambia el mundo (ideal de adolescente…), pero todavía prefiero creer que sí.

La infancia nunca muere, pero hoy se nos ha ido una parte. Descanse en paz uno de sus más grandes responsables. Bangarang!

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