Amanece en Castroforte… que no es poco

Amanece_Que_No_Es_Poco

Al fin. Terminé La saga/fuga de J. B. Obra monumental de nuestra lengua castellana; y por monumental, me refiero a insufrible; y por insufrible, quiero decir necesaria. Necesaria de escribir, de leer, de comentar. También de alabar, así como de denigrar. Con nuestro vocabulario más encendido y virulento, sea cual sea la vertiente de nuestra opinión, hiriente o benévola.

Obra colosal, pese a todo: falsa “fuga”, apariencia improvisada sostenida sobre un sólido armazón donde todo tiene cabida. Es digresión lingüística (con lengua ficticia incluida), parodia de la literatura española, catálogo del imaginario medieval, repaso a la historia de nuestro país, defensa del regionalismo gallego frente al asolador avance de la capital, resistencia contra el oscurantismo dictatorial, victoria de la fantasía sobre el raciocinio, trabajada mitología cíclica y verosímil (aunque evidentemente falsa). Una experiencia límite. Es todo eso y mucho más, porque una única y simple lectura ha resultado a todas luces insuficiente. Tampoco ardo en deseos, después del esfuerzo realizado, de releer semejante tostón. Pero obligación tengo encima por “deformación profesional”: y es que esta es, en definitiva, la obra de un absoluto maestro de las letras. Responde, dicho mal y pronto, al manido tema “Por qué los filólogos no deberían escribir novelas”. Porque en realidad no lo hacen: componen tratados, cúmulo de inquietudes y reflexiones, alejadas tanto en lo formal (lingüístico) como en el contenido (impenetrable) de los esquemas y cánones ya no solo populares sino, sobre todo, habituales. Y resultan mamotretos desquiciantes, insoportables, aburridísimos. Pero también sorprendentes, absorbentes, maravillosos (en su sentido fantástico). Necesarios, en definitiva: pues son muestra de hasta dónde puede llegar nuestra lengua cuando sus posibilidades expresivas se retuercen hasta volverse incomprensibles y, a la vez, llenas de sentido.

Disculpen el tostón. El caso es que también, al fin, he visto Amanece que no es poco. Película imprescindible del cine español; por imprescindible, bizarrísima (en el sentido anglosajón); y por bizarrísima, hermética. No es apta para todos; y, de nuevo, entrar en su juego no significa superioridad. Simplemente, implica entrar en el ¿selecto? grupo de los “amanecistas”. Que no es poco.

Tal vez nos encontramos ante el mayor ejemplo de película de culto española. Ignoro si Torrente tiene en su haber “jotabecistas”, pero seguro que son menos ruidosos que los fanáticos que atesora Cuerda. Y es que díganme si no es irremediable adorar a ese pueblo de pastores intelectuales, donde las putas se deciden por votación, crecen hombres en los bancales, los sudamericanos o flotan o huelen bien, la Guardia Civil/Policía Secreta gana las elecciones (menos Fermín), es terrible crimen plagiar a Faulkner, los pueblerinos son muy primitivos, se tiene un enorme respeto por las minorías étnicas, “se llama corazón”, todos son contingentes pero solo el munícipe por antonomasia es necesario, y el alzamiento de hostia es un prodigio de fama mundial. Y mucho más. De nuevo, obliga, que no invita, a la revisión: porque son infinitos los detalles contenidos en dos horas de surrealismo puro. Pero surrealismo castizo, muy nuestro, inimitable, y por tanto a años luz por encima en calidad respecto a otros “surrealistas” que sí han conseguido notoriedad internacional. ¿Argumento? Ninguno. ¿Coherencia? Toda la posible. Cuerda crea su propio mundo y lo hace explotar en una sucesión de grandiosos gags que provocan tanto incredulidad como aplauso. Porque no buscan la risa fácil, sino la que te haga usar el coco. En este caso, con diatribas intelectualoides de por medio. Ahí es nada.

No sé si Cuerda había leído la obra de Torrente antes de ponerse de lleno con sus paranoias, pero el caso es que no puedo evitar situar a Castroforte del Baralla y al anónimo pueblo de Albacete en un mismo universo paralelo, con sus propias reglas; a la vez que reflejo de este, nuestra contrapartida deformada, surrealista, donde lo cotidiano se retuerce bajo las garras de un sentido del humor corrosivo que no duda en sacar al exterior nuestros impulsos internos e inconfesables, aquello que nos hace gracia sin que sepamos por qué. Garras de dos genios que conocían a la perfección la idiosincracia española, y se atrevieron a parodiarla despiadadamente por medio de obras con las que el espectador medio puede conectar porque entroncan directamente con sus raíces de identidad, pero al mismo tiempo puede repudiarlas sin tapujos por ridículas.

Antes que influencia mutua, ambos son parte de esa maravillosa corriente artística que vino en el momento preciso: cuando un infausto régimen caía, al fin llegaban (con retraso) nuevos aires al país (si fueron buenos o malos no me compensa debatirlo ahora) y proliferaron todos aquellos puntos de vista que, hasta entonces, habían estado prohibidos por “atentar” contra una Verdad única, auténtica y oficial, legitimada por el cielo y el suelo pero no por la razón. No fue producto, entonces, de un “rojerío demagógico” (otro tema discutible), sino de un necesario movimiento de hartazgo. Y por ello la tradición y la ruralidad son el ambiente perfecto: sin ocultar su respeto hacia ellas, mirándolas llenos de cariño, son Cuerda y Torrente genios a tal nivel que se permiten convertir los retratos más fidedignos de la estupidez, la cerrazón, la incultura, la garrulería de este país incivilizado en experiencias terribles para los parodiados. Y les da igual no contar con ellos. Hablan no a la intelectualidad caduca ni al gañán ibérico, sino a quien no tenga miedo en reconocer las incontables faltas del toro de Osborne del mejor modo posible, con la herramienta que nos permite amar lo que precisamente vapulea: el humor.

Y por eso, tanto en Albacete como en Castroforte el clero rancio, los ciegos poderes civiles y los intelectuales desmitificadores son vapuleados por sus propias incongruencias; la “patria” nunca se menciona, si no es de pasada, y nunca condescendientemente; la escatología, el sexo y la ironía son poderosas e imbatibles armas contra los poderes establecidos. Y la fantasía, cómo no, como escape de la realidad y reveladora del sinsentido al que este país quedó relegado, metaforizada en impagables golpes de gracia finales: pueblos que levitan y amaneceres por el Oeste. El surrealismo extremo.

Expresividad, creatividad, habilidad llevadas al máximo de la mano de unos pocos “elegidos”, los auténticos Creadores. Los que me dejan exhausto y, cual sentimiento masoquista, con ganas de más, de perder completamente el sentido. A cambio, me habré llevado enormes lecciones de Arte (y sus consiguientes dosis de humildad: ¿cómo siquiera desear emular a tales genios?). Aguantando, eso sí, el sindiós: cagándome en el misterio mientras que el Reloj del Universo se harta de dar las horas.

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