Nuestra tierra y hogar de valientes

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En un precioso y revelador plano de Sin perdón, cuando Will Munny ha culminado su venganza, vemos al forajido y a la bandera de los EEUU compartiendo encuadre. Cae la lluvia, la ciudad está en silencio, y el pistolero, arma en mano, deja las cosas claras con sus últimas palabras:

… y como alguno de vosotros vuelva a maltratar a otra puta, volveré aquí y os mataré a todos, malditos hijos de perra.

Y ahí tenemos la esencia del carácter estadounidense concentrada en una deslenguada y aterradora amenaza, en boca de un desalmado asesino que, azarosamente, se ha convertido en el “héroe” de la función.

En una escena de El jinete pálido, los buscadores de oro (emprendedores individuales) se enfrentan al cacique local que les oprime, pero la ley es insuficiente. Indefensos, han unirse para resistir, y legitiman sus decisiones en el voto comunitario (masculino, ojo); pero solo surge su conciencia social cuando aparece un justiciero vengador que hace lo correcto “fuera de la ley”, y que se convertirá en nuevo modelo a seguir. Y resulta que no es un sucio pistolero, sino un predicador, enviado de Dios. Religión, prosperidad económica, individualismo, justicia por encima de la ley: los pilares del modelo americano. Nación construida por europeos con ansias superación personal que se lanzan a la aventura para enriquecerse a cualquier coste, solos en un ambiente desconocido y hostil: ante esto, el provecho propio será el objetivo primordial, defenderse a tiros será una necesidad básica, la comunidad democrática asegurará el bienestar social, y la moral ha de servir como instrumento de cohesión. En otras palabras: Norteamérica nace de su necesidad de (co)existir.

Todos estos elementos han conformado la nueva épica. Y si el western ha conseguido esta envidiable posición (quitadme a cabezas de chorlito con mallas y poderes, por favor), se debe ante todo porque culturalmente quien domina el cotarro de la cultura de masas en Occidente es EEUU. Así que no nos sorprendamos (ni indignemos) si nos damos cuenta de que los productos culturales que nos fascinan y han definido nuestros estándares heroicos actuales provienen de la tierra del Tío Sam: ya estamos alienados desde hace mucho.

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Pero no nos deprimamos. Porque si hemos claudicado frente a “yankilandia” es principalmente porque sus historias fundacionales consiguen conectar con nosotros, apelar a valores universales que han conformado nuestras creencias, forma de ser y de actuar frente al resto del mundo desde hace siglos: el individualismo, la sociedad, el buen gobierno, la familia, la actidud hacia el “otro”, la riqueza, la masculinidad y la feminidad, los fundamentos del heroísmo. Nos pone en la piel de personajes sumidos en reto más acuciante y desesperante de todos: la supervivencia. Es el último gran viaje-conflicto de la Historia, la última hazaña humana, y en ello nos descubrimos a nosotros mismos y hasta dónde podemos llegar.

Claro que ahora renunciamos a las dualidades morales clásicas en las que el blanco sea blanco y el negro, negro. Hemos vivido (y superado) la filosofía de la sospecha, los horrores de las grandes guerras, las barbaries de la economía, el descrédito de los ideales y la muerte de los dioses. Nuestros ideales de heroísmo pasan por la aceptación comunitaria, tácita e inconfesable de la transgresión de aquellos límites de lo bueno, rotos en pos de conseguir el bien: justicia conseguida gracias al incumplimiento “legítimo” de la ley. Así reinventó Leone el género, tan fascinante como fácilmente anquilosable. Eastwood recogió el testigo. Y Ford se adelantó a todos ellos.

Sin perdón solo era posible de realizar en los 90, la última etapa con redaños del cine estadounidense. Cierra el western porque poco más se podía extraer de él: solo aventurar qué sería de los vaqueros ya no tan inmaculados, ahora que los cánones estéticos de la era post-Reagan sí aceptaban la crudeza explícita. Ya no hay reticencias: los límites entre el “héroe” y el “villano” se diluyen, todos se rigen por principios inamovibles y, he ahí el conflicto, perfectamente comprensibles. Familia, justicia, enriquecimiento personal: valores por los que merece la pena matar, en pos de recompensas imposibles.

John Ford no podía ser tan violento, pero sí fue un auténtico visionario al predecir la muerte del western en El hombre que mató a Liberty Valance. El fin de este particular heroísmo una vez llega un timorato abogado a uno de esos pueblos perdidos de la mano de Dios. Y al traer la ley, el acuerdo comunitario conquista a la sociedad. Surgen los prejuicios, los remilgos, el puritanismo y un constructo de moral impuesto, para nada consecuencia lógica de la experiencia límite del Oeste. John Wayne no puede seguir viviendo: el triunfo (político, heroico y, cómo duele, amoroso) es de Stewart.

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Pero, si se dan cuenta, esta nueva épica se permite el lujo de reinventar. No es solo que nuestra retrospección fascinada nos haga ver mitos y justificar nuestra actualidad en una Historia falseada y no tan ideal; lo importante es el propio hecho de la manipulación: toda épica demuestra su calado en la población si esta luego es capaz de crear sus propios mitos fundacionales, convertidos después en Historia legítima. Y la cultura norteamericana, tan necesitada de ello, tiende a ver en los colonos y vaqueros el origen de sus hazañas y virtudes, pocas veces de sus defectos.

Por eso mismo es encomiable la labor desmitificadora aquellos relatos que abrazan, con no disimulada fascinación, dicha condición fundacional, pero a la vez conservan su sentido crítico. Que aceptan que la “nación de naciones”, al igual que todo Occidente, se construyó sobre los hombros de canallas. Aún queda una agradable simplificación nacionalista en El jinete pálido, pero ya a través de un filtro escéptico. Brillantes son el personaje del biógrafo en Sin perdón, enfrentado a un Oeste más salvaje y menos caballeresco de lo que escribía, donde la oralidad miente y cuenta más la sangre fría del borracho que la velocidad en el tiro del novato; o la estructura narrativa retrospectiva de El hombre que mató a Liberty Valance y su propia condición de gran mentira que ni la prensa se atreve a desmitificar, para no destruir la leyenda identitaria (hasta en eso Ford fue precursor).

Tal vez una nueva épica surja cuando de verdad colonicemos nuevos mundos y tengamos que enfrentarnos a nosotros mismos en los impulsos con los que irremediablemente queramos actuar en el reto de la alteridad; cuando afrontemos auténticos peligros y necesitemos reafirmarnos como ciudadanos, raza, género, especie, etc. Hasta entonces, o bien nos figuramos cómo será el futuro, o bien nos entretienen los grandes hitos del pasado. Porque en la actualidad, cuando nos creemos que hemos llegado a los límites del saber, cuando todo puede contradecirse, la identidad, más aún la nacional, no parece tener mucho sentido.

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