Más poetas en la metrópoli

lorca

Tengo que reconocerlo: Poeta en Nueva York fue uno de los libros más difíciles de la carrera, y con él, mientras en grupo debatíamos (intentábamos, que ya es mucho) descifrar durantes largas tardes-noches su contenido, sufrí momentos de casi-desesperación. Pero en ningún momento renegué de él. Se convirtió, no sin esfuerzo, en una de mis lecturas, si no imprescindibles, sí imperdibles: fascinante por (y pese) a su impenetrabilidad, es puerta abierta a modelos de poesía radicales aun a día de hoy, cuánto más necesarios para aquellos que, como yo, entramos en las Letras como incultos de la lírica, y salimos de la carrera con un bagaje de lecturas pequeñito (por cuestiones de tiempo y de programación) pero, si somos avispados, suculento como punto de partida.

Lorca jamás pasa de moda. En él los innumerables homenajes no constituyen motivo de hartazgo, y ni mucho menos, como algunos ineptos claman, un innecesario martilleo político. Cuanto mayor es orgullo de nuestras letras, tanto más es nuestra mayor vergüenza como país. Una de tantas víctimas de la auténtica Guerra Civil: no aquella que enfrentó a dos bandos antagónicos, sino la que despedazó a millones a través de odios latentes, primigenios y descarnados en la vorágine de la tierra sin ley, del enfrentamiento cazurro, caciquil y revolucionario que había dominado al país durante siglos hasta convertirse en fatídica seña de identidad. Lorca: una de tantas víctimas no del maniqueísmo rojo/facha, sino de los impredecibles espacios intermedios. Claro que murió por “rojo”, también por “maricón”. Pero, sobre todo, por ser él: intelectual en un país de imbéciles, señorito en una tierra donde otras familias “de bien” aprovecharon el polvorín como excusa para la venganza, objetivo fácil en un conflicto guiado solo por el ansia de poder y la canalización de la rabia interna. En ese brutal episodio nacional, horror nunca superado (y que nunca se superará), llenan las cunetas los blancos del sinsentido. Por encima de ley, ideología, moral y credo. Uno de ellos fue un poeta, y sin él la lengua española (nuestra identidad, por tanto) perdió demasiado.

Lo que no me lleva a ningunear ni menospreciar sus puntos oscuros. Su vida acomodada, por ejemplo. Puesta en entredicho por las convulsas circunstancias históricas que tal vez requerían más acción y auténtico y total compromiso. Yo siempre he sido más de Cernuda, de Aleixandre, y cómo no, de Hernández. Lorca vivió “demasiado” bien. O no. Cuán difícil es la psicología humana, y qué interesante es la figura del escritor, sobre todo el poeta, que solo muestra su auténtico interior en lo escrito. Las huellas documentales objetivas solo nos mostrarán una vida frívola y despreocupada: Lorca salió, bebió, trasnochó, rió, bailó, cantó, durmió, solo o en compañía, en la alocada Nueva York. Pero al mismo tiempo, pobre Pagliacci, comenzó a componer su doloroso poemario. Hablen si quieren de la desfachatez de un autor que promulga su desconsuelo sin haber vivido la auténtica desolación. Plantéense, entonces, lo terrible que es el convivir con un “yo mismo” diferente al resto, bajo la aplastante certeza de que el resto de los años que te restan de vida, y pueden ser muchos, tendrás que luchar día a día contra caras largas, cuando no abierta hostilidad. El debate está servido.

Lo cierto es que no deja indiferente. Leer a Lorca es acercarse a un enigma, y las “respuestas” son infinitas.

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El álbum Poetas en Nueva York es, partiendo de aquí, un experimento impagable. En sus sonidos ya desfasados cristaliza un poemario vanguardista de los años 20 en una época muy posterior, al mismo tiempo que demuestra su eternidad en su capacidad implícita de reinvención. Poesía y música de nuevo unidas. No deja de sorprenderme, al tener este disco como base un texto tan libre y rupturista que difícilmente puede adscribirse a ritmo y rima. Al menos, en apariencia.

Porque he aquí que once artistas se atreven con el reto de añadir música. Y funciona. En apenas once canciones, superando los estrictos límites métricos, acentuales, prosódicos de todo tipo de lenguas (español, inglés, catalán, griego, hebreo, portugués, italiano, alemán), la poesía de Lorca revela aquí su potencial capacidad de fascinación intrínseca, adaptable a toda forma. Con mayor o menor fortuna: porque el “Son de negros en Cuba” sin ritmos tropicales de Moustaki y Theodorakis es insoportablemente fallido, del mismo modo que el trabajo de traducción (y adaptación, lo que es más difícil) que realiza Cohen con el “Pequeño vals vienés” es, sencillamente, magistral; que el “Grito a Roma” se interprete en italiano (por Braundardi) es un acierto, la versión de Llach de “Los negros” es sublime, los hermanos De Lucía recuperan el inevitable espíritu gitano lorquiano en “Asesinato”, y la interpretación de Andion de “Oda a Walt Whitman” es una horterada deliciosamente ochentera.

En cualquier caso, once visiones particulares. Asombroso. Es en la lírica donde, más que en otro género literario, se aprecia tanto la intimidad del autor como la particular recepción del lector. Si la literatura habla de un humano a otro, y se estructura sobre experiencias vitales con las que ambas partes, en continuo diálogo, se sienten identificadas, un poema puede llevar esta intensidad de conexión mucho más lejos. La poesía nos exhibe sin pudor alguno el sentimiento íntimo e inconfesable del lírico, en un precioso y enternecedor ejercicio de egocentrismo; ante esto, las reacciones del receptor son tan infinitas como innumerables son los potenciales lectores, cada uno producto de sus circunstancias. Y de ahí surge el homenaje: la obra original se retuerce sobre sí misma para materializarse en formas inconcebibles de un medio completamente distinto. Lorca puede ser flamenco, canción de cantautor, pop, experimentalismo, balada; tal y como cada nuevo poeta haya leído el llanto del granadino.

Escucho las canciones y reconozco aquellas “letras” de las que acabé hastiado. Y sonrío. Tengo mis propias puntos de vista sobre los poemas, está claro, pero como experiencia de literatura comparada en la “transmedialidad” es altamente recomendable. Nunca es mal momento para regresar a uno de los libros capitales de nuestra literatura. Nunca está de más volver a Lorca y hacer examen de conciencia. Nunca, en definitiva, debemos dejar de curiosear. Tanto da que carezcamos de sentido lírico, o metodología lectora académica: la música es capaz de cautivar y emocionar tanto al profesional como al novato. La poesía también, aunque le cuesta más; apoyada en la canción, por tanto, puede entrar mejor. Y quién sabe: a lo mejor es otro medio legítimo de crear nuevos poetas.

 

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