“Ihs Xpo”, para quien lo entienda

sms2

De vez en cuando, Whatsapp, Facebook o similares (¿dónde habrán quedado las cadenas de correo?) vuelven a sacar a la palestra ejemplos como el que corona esta entrada. Entonces salta la alarma: ¡paren las rotativas, llamen a la policía, movilicen los tanques! ¡El lenguaje sms ha llegado al aula! ¡Enseñan a nuestros jóvenes a ser bestias incultas! ¡Oh, los males del relativismo! Y casi nos arrojamos al cataclismo “kraheiano”: se rompen los vasos a millares, poco nos falta para que los yankis envíen aviones, y todos, si nos da la gana, nos ponemos a practicar el deporte nacional. Qué toros ni qué puñetas: lo nuestro es opinar.

Y un servidor, que de entrada no se manifiesta en contra, tiene que sacar el paraguas para evitar el chaparrón, casi fusilamiento. Cosa que entiendo, pero que gustoso vengo a rebatir. Opinemos sobre un tema injustamente candente, y que entronca directamente con una de nuestras inconfesas obsesiones; sí, nuestras, a pesar de que todo lo que se refiera al lenguaje, paradójicamente, nos interese más bien poco. Qué le vamos a hacer, si nuestra intocable Academia está siempre en el punto de mira debido a decisiones más polémicas que negativas: resulta muy fácil vomitar improperios contra las novedades ortográficas, gramaticales y léxicas, pero no tanto plantearse el porqué de esos cambios. No todos son positivos ni pertinentes, cierto, pero por lo menos deberíamos, como sociedad supuestamente inquieta y hambrienta de saber, estar dispuestos a debatir. Deberíamos.

Lo mismo pasa con el lenguaje sms y similares. Igual de fácil resulta colocar el sambenito a esta variante de escritura más bien juvenil (aunque estoy seguro de que una estadística poblacional nos sorprendería). Una actitud, si me lo permiten, con un tufillo elitista, incluso académico: lo “bien” escrito frente a lo “mal” escrito. Ignorando que la lengua avanza, irónicamente, gracias a los usos normativamente incorrectos, que revelan aspectos poco económicos del habla y la escritura y que, por comodidad, adoptamos en masa hasta que su regularización se hace inevitable.

También nos olvidamos, por desgracia, de que este lenguaje es, de entrada, un modo de expresión juvenil, de creación de una identidad que se manifiesta explícitamente como rebelde y transgresora, diferente al mundo adulto. Tal vez por eso mismo pervive incluso ahora, cuando su justificación primera (ya lejana), el ahorro de unos pocos céntimos al mandar el mensaje, se ha vuelto irrelevante con los programas gratuitos de mensajería móvil instantánea. Y a la vez es un riquísimo medio de creatividad máxima, que revela la enorme multiplicidad y flexibilidad de nuestra lengua. Más aún, en nuestro desesperado esfuerzo de hacer la escritura tan instantánea como la oralidad, el lenguaje sms vino a comenzar a romper esa, hasta el momento, infranqueable barrera. Estamos cada vez más cerca de escribir casi al mismo tiempo que hablamos.

sms

Así que abandonemos posturas orwellianas. Escribir abreviadamente no nos hará más imbéciles, no será el reflejo inequívoco de una mente simple que solo puede escribir, por consiguiente, con un estilo paupérrimo. El peligro está ahí, no lo niego, pero me atrevería a sostener que esos desoladores casos son minoritarios: creo que vencen por mayoría quienes, sin ser eruditos, tienen mucho que contar y son capaces de hacerlo con menos caracteres.

Lo que no justifica en ningún momento la incorrección inconsciente e ilimitada. Uno puede tener mucho que contar, pero jamás debe emplear su código abreviado particular en un aula. De ahí que defienda la inclusión de estos contenidos en los libros de texto: porque la realidad no se puede censurar, y solo basta con promulgar cual inquisidor desde el encerado que “el lenguaje sms es obra de Satán, y yo, oh desventurados alumnos, os lo prohíbo” para encontrarse con treinta exámenes de evaluación final que, en un arrebato de venganza adolescente, adolecen de horribles faltas de ortografía. Al contrario, la verdadera riqueza está en enseñar a manejar los dos códigos. El lenguaje sms no es un sustituto del lenguaje “normal”, sino un complemento; mejor, una variante más del lenguaje intrínseco, interior, inmanente a todas las manifestaciones existentes (orales o escritas).

Eso sí, temerario idealismo el que lleva a los manuales a ofrecer unas “normas de escritura sms”. No existen. Nunca han existido. Jamás existirán. Como manifestación popular, es múltiple, poliédrica, variada y fascinante. Ahí debe aplicarse la pericia de un buen profesor, quien deberá ser capaz de manejar este resbaladizo contenido para no convertir a sus alumnos en terroristas maquinales y legitimados contra la norma académica. Me figuro que llevar a buen puerto actividades como las propuestas en ese “infernal” libro de texto sería tremendamente instructivo: comparando sus propios mensajes en lenguaje sms, los alumnos comprobarán que no hay dos códigos iguales y se darán cuenta de su mutabilidad; enfrentados a mensajes extremadamente crípticos reconocerán las dificultades de este código si no se le pone freno; animados a “traducir” textos normativamente correctos pondrán a prueba su creatividad. Todo ello, con el cierre conveniente: jamás podrán utilizar este lenguaje en un examen, un trabajo, un currículum, un texto público. El alumno debe aprender lo que significa emplear un lenguaje en una comunidad: comunicarse, entendimiento mutuo. El lenguaje sms debe quedar donde debe: entornos cotidianos y familiares, grupos afines que compartan el conocimiento del código. Fuera de él, es imposible.

Abreviaban romanos para aprovechar el espacio de la piedra. Abreviaban los medievales para no desperdiciar papel. Abreviaban los notarios para escribir más rápido. En realidad, no hemos cambiado nada. Solo que, desde entonces, hemos creado, afortunadamente, la ortografía. Y debemos defenderla a capa y espada, si hace falta. Pero si este propósito nos vuelve ciegos, insensibles ante lo que es lengua viva, entonces más nos vale enfundar el acero. Mejor recordemos que la ortografía no es infalible: al igual que el lenguaje sms, es un constructo convencionalizado. Aceptarla en detrimento de otros códigos es, bueno, cuestión de modas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s