Más allá

Fotografía de Pepe Gutiérrez

Fotografía de Pepe Gutiérrez

De nuevo ha sido 12 de octubre. No he visto el desfile este año: poco a poco mi escepticismo ha llegado hasta la fiesta intocable, convirtiéndola para mí en una ocasión especial no para celebrar sino, como ya viene siendo habitual, desbarrar acerca de por qué he preferido tomarme una posición estoica respecto a un día que no tiene relevancia objetiva para mí al mismo tiempo que le connoto un importante significado. A fin de cuentas, tampoco me apetecía ver ese deslucido simulacro de buenaventura, de un “España va bien” que aún no ha muerto pese a los visibles recortes en Defensa y la presencia en el palco presidencial de la denostada panda congresil.

¿Sobre qué desbarrar esta vez? Pues sobre el otro deporte nacional: la dichosa, recurrente y no siempre bien ponderada memoria histórica. Un acto de revanchismo inconsciente e inútil (para todos, entiéndanme) antes que un deseable ejercicio de reflexión. Parto de dos actitudes desgraciadamente extendidas que, en sus extremistas posiciones renegadoras o idólatras, demuestran un desconocimiento total de los entresijos de la Historia: una interminable serie de casualidades, causalidades, consecuencias encadenadas y efectos de mariposa que, en el intrincado tapiz de la vida, acaban conformando a cada segundo miles de individuos lanzados a un complejo mundo, que otros han decidido volver más caótico por medio del perpetuado constructo de la ideología. Lo único cierto es que somos hijos del pasado, que a nosotros, como a cualquier otra generación del pasado o venidera, nos configura como participantes solo de instantes de cultura -siempre precaria, cambiando constantemente-.

Por tanto, despreciar de entrada el significado del día de la Hispanidad me parece una insensatez. Ceguera histórica y selectiva, que impide a muchos darse cuenta de la futilidad del berrinche: es imposible escapar de ese concepto, esa “hispanidad” de límites difusos y contenido impreciso, que en sí es el ambiente en el que respiras, la lengua que hablas, la administración que rige tus estudios y empleo, las fiestas que celebras, la comida y bebida que degustas, la música que disfrutas, las películas con las que te identificas, los libros que te deleitan, la villa que te vio nacer y el modo, en fin, en que afrontas la vida, y de lo que el desfile de todos los años solo es una llamativa aunque limitada plasmación en un acto físico y convenientemente cargada de contenido patriótico (como debe ser, por otra parte: ni todo el prestigioso cuerpo de legionarios sería capaz de representar lo que significa un término tan arcano e inconmensurable como el de “español”).

Lo que no implica que el patriotismo rancio, glorificador y presuntuoso deje de ser una actitud anciana, opaca, estéril y risible. De que sentirse español de un modo autárquico tiene poco o nulo sentido en un mundo cada vez más globalizado. Y que, a fin de cuentas, la visión mitológica de nuestro pasado e idiosincracia es tan falsaria e hipócrita como la ya mencionada del desprecio fácil y rápido. Sus consecuencias, todos lo sabemos, fueron un nacionalismo decimonónico de folletín y una dictadura terrible y cobarde que lamentablemente desprestigió a todas las posibles posturas intermedias.

Con el tiempo, mi particular definición de “patriotismo” se ha ido perfilando. Este año, pues, he vivido el Día de la Hispanidad de acuerdo con él: porque para mí ser español significa, ante todo y como punto y final, un acto de autoconsciencia. De reconocer que hemos sido grandes, pero también grandes hijos de puta. Que hemos de luchar contra la injusta leyenda negra, pero al mismo tiempo purgar nuestras muchas faltas que hemos tapado con la leyenda de la desinformación. Y que patriotismo significa, más que unos efectivos símbolos, comprender quiénes somos, de dónde venimos y por qué somos así. No es juzgar sin antes conocer; no es renunciar a un pasado que, aunque detestes, te ha hecho tal y como eres hoy en día (y con un nivel de detallismo meticuloso contra el que no puedes luchar).

Del mismo modo, uno tampoco puede definirse exclusivamente mediante ese concepto: no en un mundo que jamás ha tenido límites, y en el que las identidades han surgido del continuo contacto cultural y de la eterna y complicada relación de diferenciación con el otro. Lo español se diluye y magnifica en una tremenda marea de diferentes perspectivas: el nacionalismo rancio las limita; el antinacionalismo estridente las excluye. Y nuestra vida, mientras tanto, sigue adelante, y lo que ahora consideramos que significa “ser español” multiplica sus significados, transformando los previos o añadiendo otros nuevos. Nunca ha habido un sentimiento intrínseco inamovible a lo largo de los siglos: solo una Historia que se ha ido escribiendo a cada segundo, y muchos constructos identitarios puestos por encima para hacernos sentir bien.

Afrontar el Día de la Hispanidad con cabeza implica necesariamente, en mi opinión, romper fronteras mentales: darse cuenta de lo inaprehensible del cambio, aceptarlo y actuar en consecuencia. Esto es, dejarse de extremos, y emocionarse con el himno si uno quiere, o vivir el Pilar con indiferencia si a otro no le interesa. Pero, ante todo, no caer en el dogmatismo barato. De eso, amigos, solo se consiguen dolores de cabeza.

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