Mientras escribo | El autor ha muerto

Obra de Chema Madoz

Obra de Chema Madoz

Siempre que se acercan estas fechas fabulo menos y estudio más. Aunque, cuantitativamente hablando, mantengo el mismo volumen de escritura. Desde el momento en que decidí dedicarme a las Letras no he soltado la pluma ni el teclado. Y, como todo buen aprendiz de scriptorium, acumulo hojas y hojas de prácticas que, en el 90% de los casos, no llegarán a nada. Pero al menos son evidencias de evolución: ejercicios de estilo, asentamientos de la gramática y la fluidez narrativa, experimentos dispares con géneros que he de conocer.

Cada texto nuevo que firma un escritor o juntaletras pasa inmediatamente a formar parte de su producción particular. Y todos importan. Cualquier clasificación  (siempre necesaria e insuficiente) realizada sobre una obra completa tendrá que abstraer el contenido de esa marea de textos: desde la irrelevante notita suelta hasta la novela de mil páginas, cada elemento es fruto particular de una serie de tendencias anteriores, y en el total del recorrido origina otras nuevas. No somos conscientes de las enormes implicaciones que tiene un acto insignificante (en apariencia) como es escribir una sola palabra más.

La literatura, ese monstruo vastísimo, inabarcable en el tiempo y el espacio, se ensancha a cada segundo con las miles de aportaciones de decenas de manos a su denso catálogo. Eterno, infinito, no entiende de naciones, sobrevive y evoluciona a base de enrevesadas influencias mutuas entre sus elementos que tienden incontables ramificaciones en dos direcciones: los clásicos proyectan su influencia hacia un futuro incierto, y leemos el pasado con ojos del presente. Toda frontera desaparece. Me río de quienes dicen que las Humanidades son cosa de risa: no hay estupidez mayor que la de quien se cree sabio solo por hojear los resultados de la didáctica, y desprecia a la ligera nuestro riquísimo océano de trabajo.

¿En qué posición deja esto al autor? La artificialidad de los géneros, corrientes y adscripciones nacionales afecta también a la supuesta impunidad del creador. Cada vez estoy más convencido de que este no existe.

La individualidad se diluye en un mundo en el que todo ya se ha creado. La única novedad residiría en el modo en que se recombinan los materiales previos en los que los autores están sumergidos. Pero ni siquiera esta es posible: aprendes más y más, y descubres con sorpresa, horror y alegre resignación que todas tus “nuevas” ideas ya tenían dueño. Porque todos somos humanos, enfrentados a las mismas inquietudes, educados en similares formas de comprender el mundo y reaccionar ante él: las coincidencias son inevitables.

También planteaba Valle-Inclán una contradicción consciente: el genio creador que se anuncia como ente distante, no implicado, pero que en realidad es otro diablillo que se descojona ante la desgracia ajena. Ningún “autor” puede vivir ajeno a su mundo, por mucho que crea en abstractas utopías literarias donde solo existe el arte (inmutable, inmanente): la literatura proviene de la realidad y a la realidad influye; pero en cierto modo también es independiente, porque la lectura es libre y la difusión, a cada día que pasa, es cada vez más extensa.

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La red se ha convertido en un tremendo revulsivo para esta maraña. Construir un blog, por ejemplo, es un proceso continuo, sujeto a pequeños e insignificantes cambios que salpican a todo el recorrido, pasado y por venir. Los límites de la autoría desaparecen cuando podemos manipular todo texto con un simple copia-pega. El bombardeo de datos a la que podemos acceder con un sencillo clic es inconcebible. El océano parece (no lo hará) a punto de desbordarse, y ya es difícil saber quién es quién.

Aquí tu poder, “autor”, es increíble. No es solo que en este terrible medio tu palabra incendiaria se reviste inmediatamente de autoridad no contrastada (ni falta que hace para el lector borrego). Considera tu posición: recibes la realidad, y plasmas tus impresiones sobre ella. Pero incluso si intentas escribir una objetiva descripción, siempre será bajo tu prisma. Todo retrato social, incluso el más “fiel”, es más bien un relato particular más o menos modificado a través de un filtro estilístico. No es la novela social una crónica; no escribe Delibes sobre cómo es la dictadura, sino cómo él la recibe. Pero el lector la leerá creyendo ver en ella cómo se vivía entonces, se pensaba, se sentía. Generalización necesaria en lo estético, mas siempre incierta.

Aún seguimos enarbolando nuestra romántica individualidad, egocéntrica y elitista. Tal vez porque no queremos correr el riesgo de permanecer en el anonimato en este mundillo caótico, mutable y olvidadizo. Es inútil. Las Humanidades tendrán en el futuro la colosal tarea de poner orden en el barullo de la red. Tal vez fracasen, y con ello desaparezca por fin la dictadura del canon. O no.

Comprobé hace tiempo que el inconsciente me jugó una mala pasada: el título de este inconcluso diario “literario”, Mientras escribo, es un calco descarado de la obra homónima de Stephen King. Otro manual de reflexiones. Un título que saqué de mi depósito de todo aquello que descubro. Vaya. Así que soy un desvergonzado plagiador. Entonces no me llamen “autor”. En estas circunstancias, el pretencioso plural mayestático adquiere un nuevo sentido: no escribo yo, escribe un “nosotros”; yo y todo el peso del ayer, consciente e inconsciente, que cargo en mi muñeca.

Decía Gil de Biedma que el juego de escribir es un placer solitario, fruto de la nostalgia adolescente y de la copia de los maestros, que más tarde (de)generará -si la práctica, “mucha vocación / y un poco de trabajo” conforman un arte que controle al sentimiento desbocado- en un vicio. Biedma no llegó a ver estos tiempos, pero los adelantó expresándose con un tópico ya entonces viejo: los clásicos desembocan siempre en el individuo, cuya originalidad, por mucho que marque orígenes, en realidad siempre remitirá al origen. Estamos condenados al eterno círculo.

Así es mi vida, he sido el inventor de todo y el que todo el mundo olvida.

Ahí están estos versos, sugiriéndome que aún existe el “yo”, derrotado ante el tiempo, olvidadizo, y ante la realidad, compleja. Profetizándome un desenlace que auguro cada vez más cercano y del que intento escapar, quién sabe si en vano. Estoy seguro de que la falta de arrojo bien podría convertirme en (otro más) espadachín de causas perdidas.

Desvarío, se hace tarde, y aún tengo que seguir leyendo. Sin parar.

 

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3 pensamientos en “Mientras escribo | El autor ha muerto

  1. Lo que dice Gil de Biedma es muy real, el respeto por lo que nos gusta es excesivo. Muchos autores trabajan delante de un altar de dioses literarios y eso es nefasto, eso es lo que lleva a ese círculo eterno.
    Un saludo.

    • En mi opinión, está muy bien seguir a los maestros; pero siempre de una forma crítica, y sabiendo que si están en ese altar es porque alguien les ha puesto ahí por razones generalmente extraliterarias, y no por méritos propios y calidad interna a su producción. Lo bueno sería leer variedad, y “copiar” de ella hasta encontrar una voz propia.
      Muchas gracias por comentar. Un saludo.

  2. Pingback: Mientras escribo | Crónica de un traspiés anunciado | DESCENDIENDO DESDE ORIÓN

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