Sobre otros éxodos

exodus2Exodus se enfrenta de entrada con un problema insalvable en toda adaptación contemporánea del mito de Moisés: su inadaptabilidad. Nuestro frenético, falto de inocencia y agnóstico siglo XXI no puede verse reflejado en un relato que, visto objetivamente, describe cómo un pueblo se libera de una cruel y larguísima opresión por medio del genocidio, y gracias a la intervención divina. A día de hoy nuestra hipersensibilidad nos autoriza a ver matanzas en directo, plásticas recreaciones bélicas en pantalla, casquería exagerada en el relato de terror, pero lo que nos chirría y desagrada del mito de Moisés, más allá de la presencia de elementos religiosos en la historia (cualquier voz crítica ante esto debería callarse, porque es un aspecto intrínseco al mito bíblico), es la inconcebible crueldad de las plagas, el exterminio de niños y el maremoto destructor de ejércitos. El príncipe de Egipto, a día de hoy insuperable (como película y como adaptación) se enfrentaba al mismo problema y se resignaba a la fidelidad mítica: Moisés lloraba desconsolado ante la certeza de que la libertad de millones de hebreos estaba sujeta al atroz sufrimiento de millones de familias egipcias. Es duro de narices. Tanto para el realizador que decide afrontar este detalle con todas las consecuencias, como para el espectador que tiene que asumir que los héroes de su historia no dudan en aceptar positivamente el horror.

Exodus, sin embargo, es cobarde. Ante esta dificultad, pretende ofrecer vías alternativas, nuevas interpretaciones: pero es tan grande su miedo de enfurecer a todos sus públicos potenciales (influirá, seguramente, el que la comunidad ultrarreligiosa estadounidense aún sigue siendo un mercado muy fuerte que ya hundió al Noé de Aronofsky) que propone numerosas salidas por la puerta trasera, sin arriesgarse decidida y temerariamente por una en concreto. Quiere ser revisión realista de las plagas bíblicas, quiere convertir a Moisés en líder guerrillero, quiere transformar las intervenciones divinas en alucinaciones tan verídicas como improbables, quiere arrojar a sus personajes a un mundo en la que la presencia de Dios se halla en la sensación de primigenia indefensión humana ante una naturaleza hostil. Pero falla: porque no puedes mostrar explicaciones realistas a las plagas cuando las dos cruciales (primogénitos y Mar Rojo) se resisten a ello; no puedes convertir a Dios en un interlocutor infantil (y enormemente malrrollero) probable fruto del delirio cuando explícitamente empleas el milagro como auténtica fuente de prodigios; no puedes mostrar a un Dios manifiestamente violento y vengativo cuando al mismo tiempo pretendes darle un empaque catárquico a la historia; no puedes iniciar una revuelta subversiva violenta si argumentalmente no la llevas a ninguna parte. Exodus fracasa. Y ya no solo por su acartonado acabado general, sus patéticas actuaciones recién salidas del manual de gestos de matón de instituto, sus efectistas planos carentes de toda épica, o esa desagradable sensación que me produce el pensar qué demonios le pasa últimamente a Ridley Scott. Exodus no sabe conjugar sus pretensiones realistas con su miedo a mostrar a un Moisés genocida. Mito y razón son antagónicos y se repelen: las posiciones intermedias aquí no valen.

exodus3Adaptar el mito hoy en día es enormemente complicado. Obviamente, ya no nos puede revelar las verdades de la naturaleza, ni mucho menos justificar nuestras raíces identitarias. Somos científicos y globalizados, por suerte. Pero por alguna inconcebible razón aún seguimos necesitando mitos. La tarea del adaptador, pues, es dura: la mentira es necesaria, y al mito no le queda otra que ser modificado. Pero nunca tergiversado. Ahora, más que nunca, es necesario hallar, reinventar, imaginar un nuevo mensaje intrínseco a los mitos de siempre. Exodus, por desgracia, lo intenta, pero se diluye en una cadena de fallos que una versión extendida solo podría solucionar durante la primera mitad, cuando los agujeros en la trama son más evidentes; durante la segunda solo nos quedan insalvables y vergonzosos titubeos, y esa generalizada mentalidad del cine actual que rehúye de la trascendencia. No me refiero a transmitir creencias elevadas, sino a la voluntad de perdurar en el tiempo, de ser películas clave en el futuro. El cine palomitero, sin embargo, se ha amoldado tanto al hambre de inmediatez actual que poca inmortalidad podemos esperar.

Ante esto, el mito, que siempre destaco por su maleabilidad, ha quedado petrificado, convertido en material de academia, e ignorado en un polvoriento rincón de museo. Exiliado. Abogar por su revitalización, por tanto, no es una posición tradicionalista y reaccionaria: es pretender recuperar lo que, nos guste o no, nos define. Esa intención, no me cabe duda, existe en Hollywood, pero las herramientas son a todas luces insuficientes. Por no decir nefastas. El mito del siglo XXI se hace de rogar.

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