Un largo adiós

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El mundo de las franquicias cinematográficas no es demasiado complejo. Máxima 1: todo es por la pasta; quien diga que no invierte doscientos millones para recuperarlos con beneficios, miente. Máxima 2: una franquicia ha de aguantar el paso del tiempo, amortizar y estirar la inversión todo lo posible, cueste lo que cueste. Máxima 3: el nivel de reinvención de una franquicia es inversamente proporcional al riesgo asumible por parte del guionista, en continuo enfrentamiento con los conservadores (y mutables al mismo tiempo) gustos del público. Resultado: Indiana Jones, Star Wars, Marvel y DC, Terminator, Star Trek, James Bond son productos destinados a oleadas sucesivas de nuevas generaciones, potenciales consumidores; son historias que, como cualquier otro relato, sostienen su perdurabilidad en su continua y peliaguda capacidad de transformación y adaptación.

También El Señor de los Anillos. La odisea emprendida por Peter Jackson hace veinte años se ha asentado como una de las franquicias multimedia más lucrativas: pero ni todos los videojuegos de la Tierra Media pueden suplir el suculento banquete que solo ofrecen las multimillonarias recaudaciones cinematográficas. El proyecto de El hobbit, que dio tumbos durante muchos años, era un imperativo para mantener la saga viva en la taquilla y el imaginario colectivo.

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Triste proyecto. No es cuestión de la edad, aunque sin duda influye. Es cuestión de que estamos curados de espectacularidad, que los defectos de Peter Jackson como mente maestra son ya más evidentes que antes; que El Señor de los Anillos no ha podido sobrevivir a sí misma.

Solo puedo calificar a la trilogía original como un maldito milagro. Por méritos extracinematográficos. Como adaptación de la obra literaria, es prácticamente imposible dentro de los parámetros de Tolkien: el libro, insoportable a la que vez que fascinante, abunda en intensos momentos que sobrepasan todo lo que cualquier película podría ofrecer. Pero dentro de los parámetros de la industria el juego cambia: El Señor de los Anillos es la única adaptación posible en su contexto determinado. Cuando a finales de los 90 y comienzos de la década siguiente los medios ya son los apropiados: el CGI está a punto de transformar nuestra manera de ver cine y la fantasía cinematográfica abandona el cartón piedra y la estética televisiva. Nótense las diferencias abismales de tono y actitud entre las tres partes de la trilogía: en apenas cinco años, en un proyecto débil y escurridizo que se realiza a trompicones y se reescribe atendiendo a los caprichos del público antes que a la voluntad creadora del director, Peter Jackson consiguió acumular en pantalla las tendencias fantásticas del momento y darles nuevas vías de desarrollo. El Señor de los Anillos, para bien o para mal, fue el necesario punto y aparte en la forma de crear cine comercial: dejar de lado las películas de aventuras más centradas en personajes y escenarios y pasar a sucesos colosales apoyados en el CGI.

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La trilogía de El hobbit, por su parte, planteaba un curioso experimento: cómo le sienta a la franquicia el recoger diez años despues el modelo de entender y hacer cine épico que ella misma inició. Y fracasa. No se trata solo del burdo y descarado (incluso para un no lector como yo) estiramiento de la trama, de las lentas escenas con eternas miradas al vacío e insustanciales reflexiones, de los diálogos reiterativos, de los flojos personajes que resultan indiferentes, de cómo la estética de videojuego excesivo ahoga toda posibilidad de conexión emocional con la historia, de la película que apuntaba a ser un cuento sin complejos y por presiones externas ha acabado degenerando en una mala y tediosa épica impostada. Se trata de que Jackson no ha sabido comprender qué consiguió con El Señor de los Anillos, cuál es su significado e importancia tras tantos años. Y así, perdido, solo nos puede dar una sucesión de golpes de efecto totalmente desangelados, sin trascendencia alguna.

Así, la trilogía original queda como un afortunado accidente. Hizo historia, cuando no lo esperaba en ningún momento. El hobbit intenta emularlo conscientemente, y por eso fracasa. Porque no es capaz de mirar con madurez su propia condición de hito cinematográfico. Ni siquiera es capaz de construir un relato memorable para aquellas nuevas generaciones que podrán encadenar el visionado de ambas trilogías y experimentarlas como algo nuevo. Y donde antes hubo películas visionarias en las que la espectacularidad era un indispensable, ahora tenemos solo vacíos y genéricos fuegos de artificio.

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Tampoco voy a engañarme: los defectos siempre han estado ahí. Los trucos videocliperos de Jackson, la nefasta influencia del rol más efectista, la aún peor huella del new age de mercadillo, la falta de comprensión de la mitología tolkiana más allá de unas cuantas referencias aisladas. Pero antes había enormes aciertos: había una sensación de concisión, de ilusión ante nuevas técnicas desconocidas hasta la fecha, de incontrolable sensación de trascendencia. Elementos de una época pasada que convierten a la trilogía original en un suceso irrepetible a día de hoy. Ahora solo tenemos una trilogía-producto que se ve sin problemas y entretiene, pero no dice nada ni deja poso alguno. Y me da pena.

Los créditos finales de La batalla de los cinco ejércitos nos dicen adiós por última vez y tratan de evocar las mismas sensaciones de aquel viaje hacia el Oeste de hace diez años. Pero ya no tengo amigos de los que despedirme, emociones que purificar ni mundos que atesorar. Solo me quedan pereza, indiferencia y pálidos reflejos de desenlaces que ya no volverán. Solo resta el alivio de que este es el punto final. Espero.

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6 pensamientos en “Un largo adiós

  1. ¡Cuánta razón! Salí del cine totalmente horrorizada. Insultada. Decepcionada. Me costó creer que semejante conjunto de planos mal llevados, dotando a la historia de un ritmo de dudosa calidad, fuera una película profesional. De hecho hasta tuve que reprimir un par de carcajadas en las escenas que mencionas de las miradas porque parecían una parodia de una telenovela o algo así. Probablemente fue de las cosas que más odié de la película, en especial las miradas entre Tauriel y Kili, dónde este tarda en morir más de lo necesario, no sé si en el afán de ver a Tauriel por última vez o si en busca de aburrir aún más al espectador. Los personajes en esta entrega a penas son desarrollados, no le coges especial cariño a ninguno y lo peor es que para mi gusto abusan del ordenador. Todos los extras generados por ordenador, moviéndose como peleles sin hueso, de manera irreal, creando unas batallas bastante difíciles de digerir.
    Me decepcionó mucho este desenlace y me cuesta creer que detrás de esta película esté la misma persona que detrás de la trilogía del señor de los anillos. Cuánto daño hace el dinero que ha hecho que un director desmerezca un universo al que él mismo dio imagen.

    • ¡Buenas! 🙂

      Tauriel y Kili… brrrr… escalofríos… Por favor, eso tendría que pasar a los manuales de cine sobre “Cómo no escribir una historia romántica”. Es terrible.
      En general esta saga huele a desgana desde lejos. Por mucho que escriban artículos sobre las agotadoras sesiones de rodaje, o el infernal ritmmo de trabajo de los de atrezzo, y por mucho que intenten hacernos creer que esto es igual que ESDLA, esto es mucho distinto: es una trilogía que intenta aspirar a su hermana mayor cuando nunca tuvo ni capacidad ni oportunidad para ello. Una lástima. Es un caso que me recuerda a las precuelas de “Star Wars”.

    • ¡Redondeo, señor, redondeo! XD

      Quince desde inicio del rodaje, que fue en el 99… ¿pero Jackson no estuvo desde el 96 o así buscando financiación, cuando el proyecto no estaba en New Line y pedían que fuese en dos películas? Seguramente me equivoque, no sé.

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