¿Para qué?

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Recupero y reviso un artículo del viejo blog (ya desaparecido). A pesar de que tenga ya tres años, sigue siendo de actualidad. Y mucho me temo que seguirá siendo así por muchos años más.

Nada. Otro año en el que espero en vano que el frívolo eunuco dorado me sorprenda. Y seguro que dentro de un mes (y esto no es vanagloria) comprobaré que esta será la enésima edición en la que haré pleno o casi-pleno con mi quiniela. No lo vean como un triunfo: llegar a intuir de antemano los resultados a los Oscar supone anular cualquier sorpresa y anular toda intención de ver una gala que no podría emocionarme. Otro año más, en definitiva, predecible: de ganadoras por los pelos, perdedoras morales pese a acumular estatuillas, y ninguneadas que se van de vacío.

Ahora bien, digo yo que para qué me sirve. Para qué me dedico desde septiembre a seguir cada detalle (filtrado por excelentes webs de cine a las que desde aquí doy las gracias) de esta carrera. Para qué acumulo mentalmente listas de premiados de todos los certámenes habidos y por haber de una a otra costa de EEUU, y de ahí extraigo probabilidades de éxito en la Academia. Por qué hablo de injusticia en los nominados o ganadores, cuando esa maldita cualidad está implícita en ellos desde sus comienzos. Por qué mi interés aumenta en la recta final, cuando los sindicatos y gremios entregan sus galardones y nos encontramos en la última oportunidad para que las apuestas giren violentamente.

¿Qué es, al fin y al cabo, un Oscar? Un premio concedido a las películas que unos académicos -con una media de edad de 62 años, ojo al dato- consideran las mejores del año, solo entre aquellas más publicitadas durante el último trimestre.

Lo cual es descorazonador, si lo miramos friamente.

No son sino un gran escaparate. Termina el verano, comienzan los festivales “independientes” (ay, dónde quedó su espíritu) y despuntan pronto las que fueron fabricadas para ganar y arrasan, las de espíritu triunfador que se vienen abajo nada más salir, las que no causan revuelo al princpio pero ganan confianza y relevancia con el tiempo, y las que pierden fuerza y aguantan el tirón por compasión. Pero en un estadio tan temprano nada es seguro. Todo consiste en hacer ruido: no vence quien más méritos tenga, sino la que mejor se venda; más aún, quien tiene oportunidad de hacerlo. Y tienen tiempo por delante.

“For your consideration”, se llama: las productoras solo escogen de entre su catálogo a aquellas películas que mejor se adapten a las expectativas de la campaña, gastan ingentes cantidades en publicitarlas en todo medio posible, y entregan copias gratuitasde la cinta (con la pegatina “FYC”) a los jueces. Para “su consideración”. Todo dentro de las tácticas “legales” más abusivas del márketing de manual. Para convencer a los académicos de que la calidad de la película es directamente proporcional a su omnipresencia en prensa, eventos y pases privados. Tanto da que una película menor haya sido un éxito crítico, porque si el mundillo no habla de ella, se ha estrenado muy pronto o no responde a los patrones impredecibles de la campaña, no tendrá ni siquiera la oportunidad de competir.

Avanza el semestre, y solo mantienen en la campaña a aquellas que resisten o, mejor aún, crecen en buenas impresiones; las rechazadas, condenadas al ostracismo, mueren olvidadas. A partir de aquí, solo hay espectáculo. Pisamos terreno resbaladizo y traicionero: una simple sucesión de listas con las que llenar nuestras papeletas. Y nada más.

Los Oscar, no nos engañemos, son la oda al conservadurismo de Hollywood: al interés casi patológico por el biopic de héroes traumatizados, el cine independiente vendible, el drama de personajes discapacitados, la película británica del año, la cinta nostálgica y el patriótico ensalzamiento de la Segunda Guerra Mundial. Las escasas menciones a rompetaquillas, thrillers, fantasías, comedias y ciencia ficciones no deben verse sino como vacíos intentos por aparentar modernidad. La Academia está muy cómoda en su anquilosamiento, sus etiquetas, sus productoras que le siguen el juego más por la apariencia que por el reconocimiento: por perpetuar un modelo de negocio que se confunde con el arte; una explotación comercial consciente que incide en la forma de concebir, desarrollar y distribuir cine.

El tiempo pone a cada producto en su lugar, y nos demuestra la futilidad de estos premios. Pero aquí están otra vez. No sé si este año volveré a hacer pleno, o casi pleno. Lo veo, antes que como un triunfo, una señal de que el glamour falla. Pero es endiabladamente divertido: nuestro querido cotilleo cinematográfico. Y como muchos otros, ahí seguiré durante esta recta final, dándolo todo. Es mi placer culpable.

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