¿Por qué nos caemos? | La seducción del caos

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-¡No se trata de lo que quiero, sino de lo que es justo! Pensasteis que podíamos ser hombres decentes en tiempos indecentes. Pero os equivocasteis. El mundo es cruel, y la única moral en un mundo cruel es el azar. Imparcial. Sin prejuicios. Justo.

Un hombre en traje gris y con máscara de payaso camina en silencio entre rehenes, pistola en mano, en un banco de Gotham propiedad de la mafia. A su alrededor todo se derrumba: sus cómplices en el atraco se matan por la espalda para no tener que repartirse el botín, las balas vuelan por todas partes y en el ambiente flota una acechante sensación de fatalidad (la mafia ni olvida ni perdona). Pero el payaso está tranquilo. Todo está calculado: Joker, desde el primer momento, permite que el caos entre en la ecuación y corrompa su propio plan.

El primer asalto de Batman concluyó con breves pinceladas acerca del concepto de “escalada”: una vez un revulsivo irrumpe en el conflicto y se posiciona a favor de uno de los dos bandos, el contrario ha de reaccionar con igual virulencia para poder sobrevivir. Por eso mismo es pertinente que Joker entre ahora en escena: será el introductor de la anarquía que traerá de vuelta a los viejos fantasmas que generaron al símbolo y que cíclicamente han de reforzarse para demostrar su poder y plantear nuevos conflictos. Actuará como el escalofriante reverso de la moneda y su terrible simetría: la nueva materialización criminal de la muerte.

Sobre todo, porque el peligro de este siniestro payaso reside en que demuestra la fragilidad de nuestra existencia, como criaturas fáciles de ejecutar y miembros de una sociedad hipócrita. Él, obsesionado con el concepto de caos controlado, perfecto conocedor de las bajezas y debilidades humanas, simplemente enciende la mecha y se queda a observar la matanza. Fruto de la paranoia post-11S, aboga por la destrucción total sin remordimientos, origen ni sentido; injustificable, incomprensible, y por tanto inaprehensible. Terrorífico. Es el lobo solitario que prueba la existencia de un Mal eterno, omnipresente, vastísimo y desolador: incipiente en cada uno de nosotros, que solo necesitamos un día de perros para corrompernos.

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En este contexto, Harvey Dent –la figura pública mediática, el político espectáculo– llena el vacío de poder en el sistema legalmente establecido que dirige Gotham. Para él resulta muy cómodo (aun siendo fiscal y representante electo del sistema) tener a un vigilante por encima de lo humano con el que poder aplicar eficazmente la ley. No obstante, Dent es consciente de la limitación corporal del héroe y de su necesidad de perpetuarse en seguidores. Y sin embargo, y contrariamente a sus confesas ambiciones, jamás podrá aspirar siquiera a ser Batman: la herencia no debe caer en un funcionario del sistema artificial, sino en algo más abstracto, primario y aterrador.

“La vigilancia es el precio por nuestra seguridad”, afirma categórico al mismo tiempo que recalca que el sistema jamás negociará con terroristas. Pero no aclara cuánto ha de perder el héroe por vigilar. No lo sabe. Y cuando las consecuencias de la guerra y las contradicciones del sistema explotan, Dent pierde el control. No hay lugar para la familia o el amor. Y el Caballero Blanco, la piedra angular de este prometedor futuro que acaba desmoronándose, no es más que un ser humano (“perdido en su loco afán de satisfacción personal”). Con su moneda trucada, Dent manifiesta en un principio su confianza en el poder de elección y control sobre la suerte. Nada más arder una de las caras, la ilusión se viene abajo e irrumpe el caos: todos estamos sujetos al azar. El mal implícito, las inconfesables dos facetas de la psique que todos negamos, emergen violentamente. No hay escape posible a lo que uno mismo esconde.

Por eso Joker es terrible: él comprende la gran broma, no se deja amilanar por ella. Practica un juego retorcido, un mundo al revés: libre del instinto y de toda clase de concepto, seduce al ciudadano de a pie. Pero ahí es donde también reside su debilidad.

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El experimento social en los ferris es el clímax temático de este tenso pulso entre dos modelos éticos antagónicos. La ciudadanía gothamita está a punto de sumirse en la perversión total en el momento en que, bajo un pretexto loable, pretenden usar las armas democráticas del sistema para legitimar el genocidio. Pero finalmente se resisten a ello. Y cuando su plan fracasa, el autoproclamado agente del caos decide hacer trampas: abandona su oda a la contingencia y se convierte por primera vez en actor en vez de intermediario, al querer hacer explotar ambos ferris. Y es que hasta los ideales del Mal pueden caer, defraudados. Y, al contrario que Batman, no pueden alzarse de nuevo.

Batman ansía la trascendencia, pero tras este brutal escollo termina por comprender que el camino catárquico que ha decidido recorrer es largo y doloroso. Y solo adquirirá las herramientas necesarias para configurarse completamente como símbolo a través de traumáticas decepciones, y tomando nuevas decisiones límite ante este necesario nuevo careo con la muerte: poner en entredicho la sacralidad de su propio símbolo, que comenzaba a erigirse, y convertirse públicamente en otra víctima del caos, otro mal día. Asumir los crímenes del legítimo ídolo caído.

El paso final, el último nivel de la escalada, llegará cuando los dos polos en pugna restablezcan sus posiciones, de una vez y para siempre, en la batalla final por el alma de Gotham. Tendrá que llegar otro agente del caos con apariencia de inestabilidad y relativismo moral, pero en el fondo sirviente de la oscuridad. Y el pueblo no podrá aguantar mucho más sus más bajos instintos: para sorpresa de Batman, la gente corriente sí estaba cerca de ser despreciable. Ante esto, el hombre murciélago solo podrá contraatacar volviendo al objetivo primero: ser un símbolo que, por encima de la sociedad, le dicte los términos irrefutables de lo correcto y lo inmoral. Reducir el desafío a su germen original: el miedo y la muerte. Bien y Mal puros.


 Análisis de la trilogía El Caballero Oscuro:

1. Resucitando al murciélago.

2. El desafío del miedo.

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